Cervantes y los catalanes

ANIMALES DE COMPAÑÍA

De todos es conocido el elogio que Cervantes dedica en el Quijote (Segunda parte, capítulo LXXII) a la ciudad de Barcelona: «archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades». Podríamos preguntarnos si es un elogio puramente retórico, una especie de floritura verbal que Cervantes ensarta por adornar su prosa, o si nace de una convicción profunda. Pero no hay sino que leer con atención los capítulos dedicados a la estancia de don Quijote en Barcelona para descubrir que la viveza de las descripciones revela un conocimiento directo de la ciudad y de sus gentes.

Hace algunas semanas escribía un artículo sobre el carácter de los catalanes, basándome en los juicios mayoritariamente elogiosos de nuestros clásicos, y un lector me escribió, airado, diciéndome que no venían a cuento, en tan dramático momento, «opiniones de literatos». La brutalidad de aquel comentario me pareció muy expresiva del grado de decadencia que la pérdida del sentido de la tradición ha causado entre los que se denominan ‘patriotas’. Pues, si no hacemos caso a Cervantes, a Calderón o a Tirso de Molina, ¿a quién se lo habremos de hacer? ¿A los cantamañanas que nos han hecho creer que nuestra ‘integración’ en Europa solventaría el problema catalán? ¿A los energúmenos que se ponen cachondos llenando de catalanes las cárceles? ¿O tal vez a los cínicos que siguen erre que erre defendiendo un ‘orden constitucional’ que ha enterrado la unidad histórica de los españoles y la ha sustituido por una unidad artificial fundada en el soborno? Un español que no ha leído con aprovechamiento a Cervantes no es digno de tal nombre; y una España que no toma en consideración a sus clásicos merece que Cataluña le pegue una patada en el culo.

En el elogio de Cervantes a Barcelona merecen destacarse dos aspectos: por un lado, se declara que una de las gracias del carácter catalán es su aptitud para las firmes amistades; por otro, se resalta su temperamento vengativo. La ponderación de la amistad catalana es recurrente en todos nuestros autores clásicos (con la única excepción de Quevedo): Baltasar Gracián, por ejemplo, llega a afirmar en El Criticón (Segunda parte, crisis X) que es la más firme y constante de cuantas pueden hallarse en el mundo, y tal vez la única verdadera. El catalán -afirma Gracián- se lo piensa mucho «antes de comenzar una amistad; pero, una vez confirmada, hasta las aras». Aunque también señala que, si «los catalanes saben ser amigos de sus amigos, también son malos para enemigos». En lo que coincide con Cervantes, que insiste mucho en este reverso oscuro de la amistad catalana, señalando en su novela ejemplar Las dos doncellas que los catalanes son «temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos».

Cuando Cervantes se refiere a Barcelona como «venganza de los ofendidos» no está haciendo retórica, sino destacando un rasgo del carácter catalán que para entonces ya se había vuelto legendario (no había más que recordar la expedición de los almogávares catalanes a Bizancio). Con razón podría escribir luego Cervantes en el Persiles (Libro III, capítulo XII) que los catalanes «con facilidad dan la vida por la honra, y por defenderlas entrambas se adelantan a sí mismos, que es como adelantarse a todas las naciones del mundo». La «venganza catalana» se convertiría luego en uno de los temas más recurrentes de nuestra literatura clásica, encarnada en la figura de bandoleros como Perot Rocaguinarda, al que Cervantes hace comparecer en el Quijote, bajo el nombre fingido de Roque Guinart. En cierto pasaje de la novela, Guinart le confesará al hidalgo manchego: «A mí me han puesto en [este modo de vivir] no sé qué deseos de venganza, que tienen fuerza de turbar los más sosegados corazones. Yo de mi natural soy compasivo y bien intencionado; pero, como tengo dicho, el querer vengarme de un agravio que se me hizo, así da con todas mis buenas inclinaciones en tierra».

A lo que don Quijote replica: «Señor Roque, el principio de la salud está en conocer la enfermedad y en querer tomar el enfermo las medicinas que el médico le ordena. Vuestra merced está enfermo, conoce su dolencia, y el cielo, o Dios, por mejor decir, que es nuestro médico, le aplicará medicinas que le sanen, las cuales suelen sanar poco a poco, y no de repente y por milagro». Pero esta solución ya no puede ser entendida por una generación descreída que ha dejado de leer a los clásicos y ni siquiera sabe en qué consistió nuestra tradicional unidad histórica, fundamentada en la aceptación agradecida de la medicina divina. En el pecado llevamos la penitencia.