Atrapados en la red de nosotros mismos

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Entre todas las malas noticias, es una buena noticia que el documentalista Adam Curtis haya visitado España, y sus piezas para la BBC se puedan ver en el Museo Reina Sofía hasta el mes de diciembre. Un museo no deja de ser un peculiar lugar para ver espacios televisivos de calidad. ¿Querrá eso decir que definitivamente la televisión en España ha vetado lo interesante en favor de lo rentable? Lo evidente es que las televisiones públicas en España no podrán ser nunca la BBC, sino un instrumento tosco al servicio del poder puntual. Los optimistas pensamos que eso aún tiene remedio con normas, legislación, libertad, periodismo y empeño. Conseguir desactivar el manejo de la televisión de todos por el partido que gana las elecciones formaría parte de un plan general para acabar logrando que ciertas instituciones respondan valores fundamentales de la democracia. Los realistas, por el contrario, preferirían ver cerradas las cadenas públicas, todas, lo cual nos dejaría en manos de las cadenas privadas, cuyos intereses particulares quizá no pagamos a cuenta de los impuestos, pero condicionan el día a día de la sociedad española hasta límites insostenibles. Una democracia necesita siempre el contrapeso de informaciones públicas, de un valor social en lo audiovisual, así que habrá que aplicarse a la reforma más que a la destrucción, mala noticia para los apocalípticos.

Pero volvamos al ciclo sobre documentales de autor. Las mejores obras de Adam Curtis reproducen un modelo de collage, donde se aúnan imágenes variadas del enorme archivo televisivo británico para ofrecer un ensayo crítico audiovisual, pegado a la voz de su responsable, que más que narrador es un editorialista. En un reciente trabajo, Hipernormalización, elabora la tesis ofrecida por un historiador ruso, Alexei Yurchak, en la que se reconoce la manipulación de la realidad hacia intereses particulares como una hipertrofia mundial. En un mundo dominado por las ecuaciones matemáticas que generan apuestas en Bolsa cada milésima de segundo, surgen los profetas del hecho consumado. Ese peligro de deshumanizar la vida cotidiana para concederle todo el poder al algoritmo ya estaba presente en su trabajo The Trap, donde se analizaban los usos sociales de la teoría de los juegos de Nash que terminaron por diseñar el mundo actual basado en depredadores en todos los ámbitos frente a ciudadanos atrapados. Por extensión, la gran mentira de las redes sociales se ha tejido a través de la multiplicación mecánica de impulsos en línea, generando la más abyecta derrota del concepto de opinión pública jamás conocida en la humanidad.

La desunión, la falta de arraigo, la rotura de la hermandad entre las personas son las armas de su desolador muestrario de la evolución humana, con acento especial en la caótica deriva de la geoestrategia que nos llevó a las invasiones de Irak y Afganistán, retratada con rigor en su pieza Bitter Lake. En ella reciben su ración de crítica los desmanes que todos conocemos, esos de los que Aznar sigue presumiendo como el interés general de los españoles sin que la vergüenza le lleve al silencio. Pero también son aguijoneadas las actitudes de esa radical chic que pudo representar Patti Smith o la revolucionaria Jane Fonda que acaba capitaneando la revolución del aerobic televisado como si estuviera al mismo nivel que la oposición a la guerra de Vietnam. Pero si en algo acierta Curtis es en la denuncia constante de aquellos que reducen los problemas complejos a soluciones sencillas, los reyes del discurso primario que en épocas convulsas se aprovechan de la alergia social por los matices y arrasan cautivando a las poblaciones que son incapaces de moverse por estímulos racionales y una vez tras otra son presa de los vendedores de humo que acarician sus emociones hasta dominarlos y ponerlos a su servicio como quien domestica a un gatito a base de galletas y caricias blandas. Las redes sociales, con su matemática de lo instantáneo, han hecho el resto al vaciar de pausa, análisis y estudio en profundidad, incluso al periodismo, tan necesario para poder llamar ‘democracia’ a eso que conocemos como democracia. Y más aún el periodismo televisivo, que es quien sale triunfante de este ciclo en torno a la obra de Adam Curtis.