El brazo y la tostada

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Salí del taxi y crucé la Gran Vía. Tenía una cita justamente en el número uno de esa calle. Entré en la portería y cinco segundos después oí un crac procedente de mi brazo. Creo que perdí el conocimiento por una fracción de segundo. Estaba en el suelo, mi bolso a varios metros de mí, un dolor difícil de explicar, una angustia procedente del estómago, la cabeza dándome vueltas. A mi lado, el amable portero de la finca me ayudaba a levantarme, la amiga que iba conmigo me miraba con cara de preocupación. «No es usted la primera persona que se cae aquí ni será la última; ayer, sin ir más lejos, a un hombre se le rompió el ordenador. Hay un escalón pequeño que nadie ve». No conseguía sujetar mi brazo, lo sentía ajeno, con una vida propia increíblemente dolorosa. El portero me ofreció una botella de agua, también se ofreció a pedirnos un taxi. Mientras estaba sentada en la portería bebiendo el agua y notando cómo me invadía el dolor, pensé con angustia en todas las cosas que todavía tenía que hacer esa tarde y al día siguiente y al otro. Mi mente corría frenéticamente entre todos los escenarios posibles: sólo es una caída, seguro que no te has roto nada, podrás volver enseguida a hacer todo lo que tienes que hacer, te has roto el brazo, tienes para meses de recuperación, no podrás volver a valerte por ti misma en la vida… Ya en el taxi intentabas creer a tu amiga: «Ya verás, no te has roto nada; si tuvieras algo roto, te dolería aún más». Te aferrabas a esa idea con fervor. Salir del taxi fue aún más difícil que entrar, el brazo se revelaba, aullaba, había algo demoledor dentro del brazo. Las lágrimas me caían por la cara sin que pudiera pararlas. Me avergonzaba de ellas, pero no podía evitarlas. Y me había caído bastantes veces en mi vida para saber que aquello no era una caída normal. Una vez más, dentro del hospital, di gracias por vivir en un país donde sabes que tengas lo que tengas van a atenderte lo mejor que pueden. En la sala de espera, otras personas en mi misma situación. Caídas, accidentes, dolores intempestivos, vejez, embarazos: una comunidad de dolientes en busca de soluciones, cuidados, consuelo. A mi lado, una pareja de mediana edad hablando en detalle de su vida sexual; unos bancos más allá, una mujer con el cuello girado hacia la derecha hablando sola enfrente de un anciano en silla de ruedas con la cara magullada. Todos esperando turno. Yo intentaba respirar, para dominar el dolor que ya era difícilmente soportable. Mi nombre, por favor, que digan mi nombre. Con una mano me sujetaba el brazo herido, cualquier movimiento, hasta la respiración, era un esfuerzo. Pensar en otras cosas, pensar en otras cosas lejos de este dolor, de este lugar. Pensar que esto pasará. Pero ahora el resto del cuerpo también se despierta al dolor: el costado, la rodilla, el hombro. Estar sentada es un suplicio; de pie, te mareas. Ahora dicen mi nombre. Y veo las estrellas al levantarme. Una radiografía. Tengo el húmero roto. Completamente destrozado. Seis semanas de reposo. En diez días otra radiografía para saber si me operan o no. El brazo, en cabestrillo inmovilizado. En esa zona no pueden escayolarlo. Dormir bocarriba. No mover el brazo bajo ninguna circunstancia. Me dan una inyección que me deja agradablemente zombie. Me recetan paracetamol, Tramadol, bolsas de agua helada en el brazo. Bendigo al inventor de los analgésicos y, especialmente, al que inventó la inyección que me han dado. ¿Dónde están los monumentos a los inventores de los analgésicos? Las frías luces del hospital se vuelven cálidas. Los rostros estresados de los trabajadores se destensan. El mundo es infinitamente más amable, y mucho menos raro. En el taxi de vuelta al hotel, con el brazo en cabestrillo y el dolor abandonando momentáneamente mi cuerpo, suena el teléfono, me preguntan cómo estoy, qué brazo es el que se me ha roto, y yo digo, casi riéndome: «Vamos a ver, cuando se cae una tostada con mantequilla al suelo, ¿por dónde se cae?».