En el parque

Neutral corner

La otra tarde, bajé a caminar por el Retiro cuando ya había anochecido. Un crepúsculo prematuro, otoñal y neblinoso, apto para la gorra de tweed. Bajo los pies ese ruido, como de pisar cabezas de gambas en un bar, que en realidad es el de las hojas secas: las hojas muertas de Yves Montand. El parque nunca está más bonito que cuando está así, convertido todo entero en un memento mori cósmico. A veces bajo con los niños porque el hecho de que les anochezca en el parque, con una atmósfera como de terror victoriano que preludia la aparición de Jeckyll, es para ellos una aventura sencilla a tan sólo dos manzanas de casa. Si cloquean entre la niebla los cascos de un caballo policial, la fantasía puede desbocarse. Aunque lo cierto es que suelen cloquear los runners.

Este día iba solo. Entré por la puerta del paseo de Coches y me adentré hacia el estanque. En los caminos de tierra la oscuridad era casi total. Me acordé de cuando yo mismo era un chaval demasiado fantasioso y las tardes de invierno idénticas a esta, cuando terminaba de entrenar con mi equipo de fútbol en las canchas de la Chopera, apretaba el paso hasta O’Donnell para acogerme a sagrado en esas hogueras campamentales que eran las farolas municipales antes de que me saltara al cuello el hombre lobo. En aquel entonces, circulaban rumores atroces acerca del parque del Retiro. Violadores y psicópatas emboscados entre los arbustos. Atravesarlo y sobrevivir era una hazaña imposible. Algunos chicos, después del entrenamiento, se esperaban los unos a los otros para no aventurarse solos, sino en formación tribal, como si la muerte segura acechara a los rezagados. Hasta caminaban cantando para darse ánimos. Pido perdón a este parque que tanto me gusta por haberme dejado sugestionar hasta manejar hace muchos años semejante concepto de él. Los únicos peligros a los que me he enfrentado en el Retiro son la posibilidad de naufragio en los botes, algún castañazo en otoño y las tormentas repentinas cuando, en época de Tierno, el cine estival al aire libre se proyectaba allí y nos sentábamos los amigos a verlo con horchatas y patatas fritas. Parecíamos personajes de Tornatore en Cinema Paradiso.

Esa noche en la que paseaba solo de repente ocurrió algo extraño, inexplicable. Mientras caminaba, a mi alrededor surgían de pronto estelas de luz, como flechas lumínicas que atravesaban la oscuridad y desaparecían. Algo así como diminutos ovnis que atravesaban el ambiente y burlaban a quienes trataran de aprehenderlos. Por una parte, me hizo gracia, porque esos proyectiles de luz hacían el mismo efecto que una escena de una película de Blake Edwards con la que siempre me reí mucho: un chiste procaz acerca de preservativos fosforescentes en la oscuridad. Pero al final me inquieté porque las luces se me iban acercando y, resucitado en mi interior el niño fantasioso, temí que estuviera a punto de ser abducido por una raza de extraterrestres enanos. En el mejor de los casos, serían marcianos pacíficos como los de Encuentros en la tercera fase y se comunicarían conmigo, no con un código musical como los de Spielberg, sino con uno de luces y colores. Por si acaso, levanté la mano derecha: «Hola, amiguitos de más allá de nuestra galaxia. Yo os saludo cordialmente en nombre de la humanidad».

Fue entonces cuando una de las luces me enfiló desde lejos y se dirigió a mí a cierta velocidad como una bala láser que alguien me hubiera disparado. Me quedé petrificado, sin reacción, me eché la mano a la cadera para desenvainar el sable, como si llevara sable. Según se acercaba, la extraña luz diabólica emitió gruñidos de bestia. Heme aquí devorado por un Alien, pensé, y cerré los ojos para repasar tantos recuerdos gratos como me fuera posible antes de la primera dentellada.

Era un cocker monísimo que me saltó a las rodillas y me lamió las manos. Resulta que entre los paseadores de perros se ha puesto de moda usar collares lumínicos para no perderlos de noche.