Gijón-Madrid

Mi hermosa lavandería

El tren cruje y las curvas y las subidas se notan muchísimo: esa es la mayor diferencia que el viajero acostumbrado al tren de alta velocidad nota al subirse a un tren de los de toda la vida. Y el tren que une Asturias con Madrid lo es. Dicen en estos pagos que las obras del AVE están casi listas desde hace años, pero que cuando excavaron los túneles encontraron demasiada agua y que desde entonces están paradas. Son pues cinco horas de tren con muchas paradas entre valles de un verdor refulgente bajo un poderoso sol de invierno, pueblos de nombres curiosos y rotundos –Boal, Lena, Sobrescobio–, ríos, campos de maíz y prados que siempre me recuerdan un chiste que se cuenta por aquí: «¿Cómo se llama un campo magnético en Asturies? Prau que atrapa». El tren culebrea cruzando la parte norte de España, sin un ritmo uniforme, y el cuerpo se acostumbra poco a poco a un vaivén cambiante y caprichoso que, cuando terminas el libro que tienes entre manos y el bocadillo que compraste en la estación, te sumerge en un duermevela muy placentero. En ese momento, en esa especie de estado flotante, te vienen a la cabeza imágenes de estos últimos días en el Principado. La austera melancolía del barrio de Cimadevilla. Los surferos atacando sin miedo las fieras olas bajo la lluvia. Los oricios al natural. El dueño de la taberna que compartió generosamente un chorizo acabado de empezar. El bar delante del mar donde sirven un cortado con un minibollo y un chupito de zumo (¡maravilloso detalle que los de mi generación calificaríamos de ‘desayuno de la señorita Pepis’!). La magnificencia extravagante e imponente del edificio de la Laboral de noche, iluminado por luces azules que acentúan su aspecto de fortaleza digna de albergar a los durmientes soldados de El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati. El ambiente de Berlín de los años veinte que se respira en el precioso bar adyacente al Teatro Jovellanos. La gente que se queja de la falta de lluvia. La gente que aplaude la falta de lluvia. La gente que hace chistes sobre el calentamiento global y sus consecuencias. La gente cálida, tierna, lista, astuta, generosa, complaciente, única que has conocido fugazmente cuyas miradas, abrazos, halagos y desdenes te llevas contigo. Esa sensación reconfortante de que se pueden encontrar almas gemelas en lugares muy alejados de tu casa. Por las ventanillas del tren desfilan pueblos, territorios, salimos de Asturias, llegamos a León, el verde va desapareciendo diluido en el gris y el marrón, suben pasajeros al tren, otras voces, otros ámbitos. Sigues en ese estado suspendido entre las realidades de tu vida cotidiana. En un entreacto sumamente placentero que te permite fijar lo que te ha sucedido y distanciarte de lo que te aguarda. El largo trayecto en tren y su vaivén te permiten recuperar de manera indeleble momentos, imágenes, intercambios, fragmentos de vidas que por un instante se han cruzado con la tuya. Y eso también se llama vivir.