Votar por la esperanza

Arenas movedizas

En el disparatado escenario catalán, todo es posible: el caos, la ruina, el hundimiento empecinado, la fractura permanente, la pérdida de oportunidades o la melancolía definitiva. También cabe, aunque menos, la recuperación de alguna esperanza, la génesis de una cierta alegría y un despertar de la sensatez perdida. Pero es más improbable el segundo bloque: pertenezco al nada selecto grupo del «ya lo decía yo» y que viene aseverando la caída en lo más negro de los panoramas desde hace, al menos, dos décadas y media. Lo ocurrido en este permanente sainete catalán no es consecuencia de cinco años de esprint independentista, eso que se le achaca al funesto Artur Mas desde aquel día en que creyó oír voces del futuro musitándole la palabra ‘independenciaaaa’ desde una gruta oscura y húmeda. Antes, mucho antes, ya estaban trazadas las bases de la paciente obra tejida puntada a puntada hasta el tapiz final. Cierto es que aquellos que atisbábamos el mejunje sobrevaloramos en algo a toda esta tropa de tanta eficacia social y tanta pericia en la movilización norcoreana de masas, pero intuimos con acierto el abrupto final del callejón; aun así, como digo, no creímos que todo se desmoronara de manera tan ridícula y dejase una cierta sensación de alivio en la vida cotidiana de la mayoría. Bastó un decreto y el primer empujón, elaborado paso a paso pacientemente por una partida de cretinos e iluminados convencidos de que un Estado se va a dejar arrebatar una parte del mismo por el mecanismo del tirón, se desvaneció ante el regocijo de unos y el pasmo de otros. Cuando ahora se dice que, en realidad, no se estaba preparado para la independencia, no se dice toda la verdad. Claro que estaban listos, con los dineros acordados y los planes más o menos previstos: ¿en qué han trabajado si no los cientos de mangantes que han redactado constituciones y planes de intervención inmediata? Ocurre simplemente que la fuerza de una ley y la voluntad de un Parlamento constitucional pueden más que las florituras de una Administración enloquecida y drogada por cuatro ideas fumadas de psicodelia. Si no han conseguido llevar a cabo sus planes no es porque no hayan tenido suficiente fe en su determinación, sino porque son unos perfectos inútiles incapaces de reconocer la realidad siquiera estando a dos palmos de ella: pasó exactamente todo lo contrario de lo que decían que iba a pasar y fueron incapaces hasta de prever la contundencia de la respuesta del odiado Estado al que pertenecen. Pero, cuidado, son lo que son y están en lo que están. Por muchas declaraciones ante el juez deshaciéndose en excusas con tal de quedar libres hasta que llegue el juicio (que conviene no olvidar que llegará y habrán de enfrentarse a acusaciones muy graves) mienten a todas horas y esconden tácticamente la persistencia en sus afanes. Ha salido mal este intento, pero perseverarán en su objetivo. Por ello es importante que todos aquellos que creen que el futuro de Cataluña no puede estar en manos de locoides de este jaez se movilicen en esta próxima cita electoral de dentro de unos días. Todos aquellos que tradicionalmente miraban de soslayo las urnas autonómicas, todos aquellos que salieron a la calle por dos veces asombrando a unos y otros, todos los que están hartos de sentirse en una suerte de exilio interior, todos los que no quieren renunciar a la compaginación de lealtades, todos los que lamentan la división provocada familia a familia, todos los que quieren volver a comer en Navidad en paz y tranquilidad… saben que han de personarse en un colegio electoral ante unas urnas de verdad. Y saben que ahora más que nunca el voto constitucionalista es el que les puede garantizar el cambio consistente en enviar a esta tropa al trastero y trabajar por devolver a Cataluña el sentido común que dicen que alguna vez hubo, por intentar que deje de irse el empresariado, que vuelva la inversión, que los turistas se sientan bien recibidos y que no se haga el gilipollas más de lo estrictamente necesario.

Si ganan de nuevo todos estos desequilibrados que han llevado Cataluña al ridículo, deberán atenerse a las leyes porque ya saben lo que hay. Pero si los catalanes consiguen despejar el camino de inútiles y perturbados, alguna luz de esperanza se encenderá al día siguiente del recuento.