‘Postrívoros’

Reinos de humo

La Navidad es la gran fiesta de los niños, pero no deberíamos olvidar a otros colectivos que en estos días encuentran consuelo. Personas que durante el resto del año están condenadas a mantenerse agazapadas sin poder vivir en libertad su opción, temerosas del rechazo de toda una sociedad. Ellos son los ‘postrívoros’, minoría estigmatizada donde las haya, que padece el acoso de parientes, médicos, gimnasios y revistas de moda. Todas ellas personas humanísimas a las que se persigue con el rabillo del ojo y también con campañas públicas en contra del azúcar, adultos ‘postrívoros’ que ya pueden tomar sus propias decisiones y darle a sus cuerpos su tipo de fiesta favorita, sapiens que en muchos casos no son obesos de solemnidad, ni siquiera un poquito. Tipos felices que se sienten mal porque el contradictorio mundo moderno pone todo el hojaldre del mundo en sus manos y libros para hacer magdalenas y al tiempo les dice que tome barritas de verduras secas. En todas las familias hay al menos un ‘postrívoro’. Un señor o señora que si no estuviera mal visto por el prójimo se pediría en cualquier buen restaurante un menú singular compuesto por postre de primero, postre de segundo y de postre, postre. Son seres entrañables y atentos capaces de lanzarse coleto abajo un hondo imperial rebosante de natillas o una Selva Negra de seis raciones en dos sentadas. Lo maravilloso de la Navidad es que durante dos semanas pueden comer todo lo que les da la gana sin reproches y hasta reírse por lo bajinis de aquellos familiares que se sufren tan solo un minuto después de comerse dos polvorones