‘Rock star’

Neutral corner

Una vez quise ser estrella del rock. Ocurrió a la edad en que el hombre empieza a hacer las cosas con una sola intención que ya no lo abandona durante el resto de su vida: gustar a las mujeres. Las proezas de los hombres son el resultado, o bien de intentar gustar a las mujeres, o bien de compensar la frustración por no haberlo conseguido. Pensemos en la hazaña de Neil Armstrong cuando se convirtió en el primer hombre en pisar la Luna. Eso ni se molesta en intentarlo un tipo que no necesita impresionar a las mujeres porque consigue gustarles en cualquier bar con sólo decir: «Hola, ¿estás sola?». Piensen en los grandes playboys de la historia y comprobarán que ni uno solo se dejó picar por los mosquitos palúdicos ni declaró guerras ni se propuso llegar a pie al Polo Norte.

Antes de sufrir esa epifanía, la del descubrimiento de la mujer, yo era un preadolescente feliz que jugaba al fútbol y al baloncesto –influido, como todos los chicos de entonces, por la rivalidad Celtics-Lakers– y se atizaba bocadillos de chocolate con leche limpiándose la boca con el dorso de la mano. Eso sería el paraíso de la infancia, intacta la inocencia, al que se refieren tantos líricos. Todo lo perturbó el dichoso erotismo. Con lo a gusto que yo estaba siéndome ajeno.

La pandilla de mi entorno escolar era opuesta a las de las películas americanas ambientadas en una High School. Mi mundo de entonces estaba saturado de ínfulas intelectuales y voluntades revolucionarias y el deporte no sólo no gozaba de prestigio ante las chicas, sino que practicarlo te invalidaba en los rituales de cortejo. Nada podía resultar menos atractivo a aquellas mozas que un chaval con un balón de baloncesto debajo del brazo. No te cuento si encima, en la otra mano, llevaba un bocata de chocolate con leche. Hubo que inventarse un personaje que rompiera los cerrojos de la sensualidad, y quién sabe si el Cacaolat Granollers no perdió un alero por culpa de esa decisión. No, creo que no se perdió nada.

Primero lo intenté pretendiéndome un misterioso letraherido. Empecé a aparecer con libros de Lovecraft, de Poe y de Rimbaud impostando la sensibilidad agónica de un poeta dotado de una percepción especial para conectarse con lo ultraterrenal. No digo que funcionara mal, ¿eh? Conocí más chicas que con el baloncesto. Pero me venían todas las raras, las que prendían incienso y ponían como fondo musical cantos guturales budistas. Decidí que no compensaba. «No era esto», habría dicho Ortega. Lo intenté entonces con las aguerridas, dinámicas muchachas llenas de compromiso político, podemitas avant-la-lettre, que abundaban en ese colegio mío. Decidí hacerme comunista. O fingirlo. Porque la de los comunistas sí que era una pandilla cohesionada y llena de chicas para las cuales el amor libre formaba parte de un compromiso existencial. Salió mal por culpa de mi cinismo, la más precoz de mis cualidades. En las conversaciones asamblearias, no me habría costado tanto fingir que me lo creía todo. Era el camino hacia una serie de tálamos sin Dios ni amo. Pero no hubo manera. Hablaban como apaches alrededor de la hoguera, traficaban con utopías y con idealizaciones proletarias graciosísimas en esas criaturas de colegio de pago, y yo me partía de risa o argumentaba en contra como un ‘reaganito’ que se hubiera colado en el guateque. Salí del comunismo sin debutar.

Entonces llegó el rock, ¡ah! A través de un amigo que aprendió con la guitarra a imitar cosas de Leño y Led Zeppelin y montó una bandita colegial que era para las chicas tan atractiva como las luces moradas en las que se electrocutan los insectos. El tío, que no fumaba, hasta colocaba un cigarro encendido entre las cuerdas, para agregar encanto rockero. Esto es, me dije. Pero, y no me pidan mucho detalle, soy la única persona que conozco que se ha roto un dedo haciendo escalas para aprender a tocar la guitarra. Tampoco con esto ligué, pero al menos descubrí los grupos que me gustaron ya para siempre.