Como bestias

Animales de compañía

Cuando en el colegio hacíamos belenes vivientes, siempre los papeles más solicitados eran los consabidos: que si la Virgen y San José, que si el ángel que anunciaba la Buena Nueva a los pastores, que si los magos venidos de Oriente… En cambio, nadie reclamaba los papeles del buey y de la mula, que se consideraban meramente ornamentales y hasta ignominiosos. Sólo yo insistía en representar al buey, ante el escarnio y la chufla de mis compañeros (y aquí, anticipándome a los bromistas, advertiré que yo por entonces estaba flaco como una anchoa, aguardando mi metamorfosis en ballenato). Pero las monjas del colegio consideraban chifladura que yo quisiera representar al buey; y, para quitarme la idea de la cabeza, alegaban que en el Evangelio no se menciona en ningún momento al buey ni a su compañera la mula.

¡Y el caso es que las monjas tenían razón! El buey y la mula no aparecen por ninguna parte en la narración evangélica del Nacimiento; así que, para la exégesis histórico-crítica, la presencia del buey y de la mula en el pesebre debe considerarse una fábula fantasiosa o un añadido sentimentaloide. Pero en los belenes populares nunca faltan el buey y la mula entibiando con sus hálitos a ese Niño recién nacido. Y entre los belenes populares y la exégesis histórico-crítica hay que quedarse siempre con los belenes, que son hijos de la tradición, frente a la puñetera exégesis, que es hija de la soberbia onanista de cuatro eunucos engreídos. No colaría la tradición dos bichos tan grandes en un sitio tan pequeño si nadie les hubiese dado vela en el natalicio.

Es hermoso pensar que, después de que los posaderos de Belén rechazasen a la mujer encinta y a su atribulado marido (que, a buen seguro, no habría asistido jamás a un parto y estaría hecho un flan), un buey y una mula los estaban esperando en el pesebre, para acompañarlos en tan grave tesitura. Podemos imaginar a María gimiente y a José hecho un manojo de nervios, mientras se refugian en el pesebre; y entonces, en la oscuridad alumbrada apenas por la luna y las estrellas, reconocen un buey y una mula, seguramente amodorrados, que se espabilan con los ayes de la parturienta. Al principio los forasteros se sobresaltarían; pero enseguida, al reconocer aquellas formas cuadrúpedas, volverían a sosegarse. Nada sosiega tanto como la mirada de un buey y una mula: son miradas lentas y bonancibles, miradas que son todo pupila, con su cenefita de legañas, miradas esmaltadas de vagas tristezas en las que parece anunciarse una lágrima dulcísima. Quienes sean de campo (del campo de antaño) sabrán que nada hay tan pacífico y reconfortante como las miradas de estas bestias, que son miradas sin rabillo de aviesas intenciones, miradas sin guiño de cinismo, miradas de limpia benevolencia a las que no temen ni las moscas, que corren a abrevar en ellas.

Y las bestias, además de tener la mirada más pacífica del mundo, desprenden calor. Aquel pesebre estuvo muy concurrido de gentes que vinieron a adorar al Niño, incluso de ángeles encargados de anunciar su Nacimiento; pero lo más elemental y necesario para la supervivencia de sus inquilinos sólo lo brindaron aquellas bestias, abrigando con sus hálitos a la Madre recién parida y al Niño aterido, aquietando sus temblores con la cálida caricia de sus pelajes. Podrían haberlo hecho los pastores con sus zamarras y zagalejos, pero no lo hicieron; podrían haberlo hecho los magos con sus capas forradas de armiño, pero tampoco lo hicieron; podrían haberlo hecho los ángeles, envolviéndolos con el plumón de sus alas, ¡pero ni siquiera ellos lo hicieron! Y lo que no hicieron los hombres más sencillos, ni tampoco los hombres más sabios, ni siquiera los espíritus más puros, ¡lo hicieron unas bestias que no fueron mencionadas por el Evangelista! Pero la tradición, que es sabia, quiso reparar ese descuido y rendirles homenaje, para recordarnos que las bestias pueden darnos ejemplo, para recordarnos que las bestias saben distinguir instintivamente lo que los hombres sólo reconocemos después de muchos titubeos y resistencias, para recordarnos que las bestias son más diligentes y hospitalarias que los mismísimos ángeles. Para recordarnos, en fin, que a veces hace falta ser como bestias para darse cuenta de lo que verdaderamente importa.

Aquella noche, nos cuenta el Evangelista, una multitud de ángeles entonó el Gloria; pero para mí que el mugido del buey y el rebuzno de la mula sonaron mucho más benditos y armónicos a los oídos de los accidentales inquilinos del pesebre. Así que yo me seguiré pidiendo hacer de buey, si todavía tengo la oportunidad de participar en algún belén viviente (¡y tradicional!). Feliz y sacra Navidad a todos.