La culpa la tiene Rimbaud

Mi hermosa lavandería

Hay momentos en la historia en los que es tremendamente difícil saber dónde se está, qué es lo que se piensa y cuáles son las razones que nos llevan a ello. Cada día las noticias del procés y sus derivados me dejan atónita, sin palabras y, a estas alturas, sin energía para entender qué les pasa por la cabeza a los procesistas. Es como que lo que creía equivocadamente como una inagotable reserva de empatía, respeto y simpatía se me ha terminado. El poeta Jean Arthur Rimbaud, cuando salió de su pueblo natal para ir a París a luchar en La Comuna, escribió un gran poema, Le Cœur Volé, en el que habla con una belleza salvaje y arrebatadora del estupor que le produjeron los revolucionarios rufianescos y la decepción que sintió en lo más hondo ante una revolución que en nada se parecía a la revuelta que él se había imaginado: la realidad vertió sobre su corazón calderos de sopa agria y el adolescente Rimbaud entró de repente en la edad adulta con sus medias verdades y su hipocresía. Ese poema y todos los de Una temporada en el infierno marcaron mi adolescencia, mostrándome el lado oscuro y ruin de las grandes palabras y haciéndome desconfiar de los demagogos que se llenan la boca de ellas. Para resumir, gracias a Rimbaud, soy alérgica a las consignas, los mítines, los discursos y las marchas, y he desarrollado una notable aversión por los grupos de más de tres personas discutiendo. Si me apuras, no me gusta ni discutir con una persona. Vamos, que no me gusta discutir. Mirando estos días la ingente cantidad de gente que decidió pasar el puente de la Constitución yéndose a Bruselas a ciscarse en ella y a los grupos que, como si no hubiera un mañana, se presentaron en la puerta del Museo Diocesano a defender aguerridamente la salida de las obras de Sijena hacia Huesca, no puedo dejar de pensar que yo debo de estar muy mal de la cabeza porque soy absolutamente incapaz de entender tanto fervor por el autonominado «president en el exilio» y esa repentina pasión por el arte románico que han desarrollado sus partidarios. Leo una y otra vez lo que el señor Puigdemont dice sobre las obras que vendieron unas monjitas que se vinieron arriba y pienso «este hombre no está bien»; veo que en el Telenotícies de TV3 repiten hasta cuatro veces el término ‘expolio’ en los 15 minutos (¡5 minutos más que al Barça!) que le dedican al tema y pienso «esto no es normal». A veces pienso que el procés no es más que una conspiración para volverme tarumba, que es imposible que Puigdemont piense de verdad lo que tuitea, que no puede ser que los alcaldes de los pueblos de Catalunya no tengan nada que hacer en sus hábitats naturales, que estos últimos años han sido tan sólo un experimento entre cutre y sofisticado de algún científico sin escrúpulos para llevar al límite la resistencia y la paciencia humanas. Al menos, las mías. Y para acabar de rematarlo, ni siquiera he empezado a hacer las compras de Navidad, y este año la comida del 25 es en mi casa.