Presidente Y, el reformador

Palabrería

Plomizo. El presidente Y se veía a sí mismo como un reformador. El recorrido para capitanear el Consejo de Ministros había sido largo y en ese camino –con tantas chinas en los zapatos que a veces reunía más piedras que dedos– había abrasado a los amigos, la familia e incluso a las mascotas, como aquel caniche que escapaba en cuanto veía su sombra y el pez ángel que se ocultaba en un atolón de la pecera cuando pasaba cerca. La suya era la estrategia del hastío: era el más plomizo de entre todos los aspirantes y, por tanto, el más persistente.


Dinámico. El persistente Y, antes que presidente Y, se ensanchaba y fijaba como la mancha de aceite en la camisa: imposible hacerla desaparecer. Aburrió a los que le disputaban la dirección del partido, a los candidatos a la presidencia de los otros partidos y a los electores, que le dieron los votos por pesado, para que se callara. Escuchar sus mítines o los debates televisivos había sido peor que soportar todos los sermones de todos los Papas. Pasar por plasta era algo que a Y le importaba relativamente porque sabía, de forma íntima, que tenía un alma aventurera y atrevida. Pronto sabrían que bajo la armadura del pelma vibraba un corazón dinámico.


Velcro. Nada más tomar posesión del cargo, comenzó a legislar. La primera decisión, con un Consejo de Ministros que le daba la razón sin debates para no escuchar las peroratas, fue prohibir los cordones de los zapatos. La medida fue tomaba con asombro por la población que no entendía el porqué, no así por los fabricantes de cordones, que sintieron la herida de la ruina, a diferencia de la industria del velcro, cuyos jefes saludaron la medida con júbilo. Solemnemente se dirigió a la nación para anunciar una era de prosperidad gracias al velcro, pues facilitaba la rápida sujeción, lo que permitía ahorrar un tiempo que podía ser invertido en otras tareas.


Plátano. A poco tardar, decidió que las sudaderas con capucha fomentaban la delincuencia y que, por tanto, debían desaparecer del mercado. Según su lógica, si el delincuente no encontraba con qué ocultarse, no delinquiría. Era el único punto de la nueva ley de seguridad, que también regulaba el uso de medias en la cabeza, gorras, sombreros y máscaras. El comandante de la policía intentó hacerle comprender que solo los ladrones de los chistes se cubrían con medias, comentario que a punto estuvo de costarle el cargo, sumado a la amenaza por parte del líder de sustituir las porras por plátanos porque eran nutritivos, llamativos y ergonómicos.


Zurdo. La tercera orden causó algunos disturbios, que fueron reprimidos por los cuerpos de seguridad a golpes, satisfechos de seguir llevando porras y no plátanos. Para regular el tráfico de las grandes ciudades al presidente Y se le ocurrió que unos días saldrían a la calle los zurdos y los otros, los diestros. A los zurdos les pareció una pésima idea, pues su número era menor que el de los diestros, por lo que se sentían perjudicados. Así, fueron los zurdos los que se manifestaron más veces y los represaliados con mayor saña, junto con algunos diestros solidarios. Muchos zurdos pasaron a la clandestinidad.


Codo. Las leyes se sucedieron: se abolieron los calcetines cortos para salvar las fábricas de calcetines largos, se sustituyó dar la mano por el chocar de codos para prevenir enfermedades, algunos días al mes había que avanzar a la pata coja para desgastar menos las suelas de los zapatos. Cuando el presidente Y encarceló a los opositores, prohibió los partidos, intervino los medios de comunicación y suspendió el derecho a huelga y a manifestación, los ciudadanos, extenuados y distraídos por las decenas y decenas de nuevas leyes, hartos de salir a la calle para protestar por gilipolleces, comprendieron el porqué de tantas, variadas y latosas reformas. Fatigados, eran incapaces de una queja más.