El ‘deíto’ de Pascual

Arenas movedizas

Pascual González, ese genio renacentista sevillano, se lleva el dedo al cuello y habla. Eso, que no tiene mérito, incluso sin dedo, en usted y en mí, lo tiene de manera extraordinaria en el hombre que más y mejor le ha cantado a Sevilla. Ese larguirucho, delgado y bigotudo individuo que sigue luciendo su célebre coleta creó en su día con Juani Calceteiro, la voz emblemática de Cantores de Híspalis, un grupo de música que se escapaba de los esquemas habituales de la ciudad del Guadalquivir. Ensayó, arriesgó y probó nuevas fórmulas de expresión musical a las que el público se entregó sin dudarlo y dinamizó el mercado de las sevillanas hasta el célebre boom que compartió al final de los ochenta con otros grupos excelentes. Pascual tuvo siempre un tiovivo en la cabeza, y de ese festival de colores y sonidos surgieron piezas memorables que, escuchadas veinte o treinta años después, siguen siendo frescas, intensas y deliciosas. Su obra dedicada a la Semana Santa, copla a copla, es el catálogo perfecto de la espiritualidad y hondura de la semana grande de Sevilla, sea en la gravedad de San Lorenzo como en la alegría popular de Triana: no es fácil cantarle al Silencio por sevillanas, con saeta de por medio, pero Pascual lo hizo, como con el Cachorro o Pasión. Y así con todo.

Y de repente le vino un desafío. No era una composición enrevesada ni un éxito pendiente ni un concierto trascendental. Era la vida y la muerte, el combate decisivo, el hachazo difícil de esquivar. Un bicho en la laringe. Y la mudez. Y las intervenciones. Y los tratamientos. Quien tanto había declamado las cosas de su barrio de La Calzada, de la Feria de Sevilla, de los niños de su tierra, de toda la Andalucía que sostenía con sus cantos debía callarse y perder toda esperanza de volver a cantar y, casi casi, a hablar. Bastante tenía con estar vivo. Imagino su lucha. La rebeldía e inconformismo que siempre le guio tenía que salir por alguna parte: ha sido un tipo que siempre ha sabido aguantar las embestidas críticas que suelen acompañar las carreras de los rompedores, de los innovadores. Se puso el mundo por montera, hizo lo que le dijeron los médicos y, a los pocos meses de la última intervención, el que no iba a hablar en mucho tiempo aprendió a ponerse el dedo en el cuello y habla como una cotorra.

Su cabeza enfurecidamente creativa no podía estar quieta: durante este tiempo Pascual González ha escrito y grabado una obra cumbre dedicada al Nacimiento, Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo asombrosamente hermosa. Son doce pasajes musicales, acompañado por la Royal Filarmonic de Londres y las voces reestructuradas de Cantores. Pascual no canta en este disco, pero tú estás oyendo a Pascual. A Cantores se han incorporado Diego Benjumea y Álex Hernández para, con Juani y Carlos, formar un cuarteto soberbio. Y te preguntas si ahí está cantando Pascual. No canta, pero ha metido su puñetero duende y, por supuesto, sus impagables monólogos y recitados. Con su ‘deíto’. Es él, con otra voz más queda, pero diciendo esas cosas que sólo sabe escribir él y que también sólo sabe recitar él. No dejen pasar la oportunidad de escucharlo.

Sevilla le debe a Pascual González el pregón de su Semana Santa. Es imperdonable que quien mejor ha cantado a la ciudad no haya dejado para la historia una hora y media prodigiosa que estaríamos repitiendo año a año sus seguidores. Ignoro qué ha hecho que todos los Consejos de Cofradías hayan perdido la oportunidad de apuntar para la memoria colectiva retazos tan bellos y hondos como los que ha grabado en sus diferentes piezas del Rincón Cofrade, pero si yo fuera algún día miembro del jurado que elige pregoneros no tendría ninguna duda en convencer a todos de que no sólo Sevilla, sino el mundo entero merece la emoción de un creador insobornable. Con el dedo en la garganta. O sin el dedo, que todo se andará.