Lladró, una elegía

Artículos de ocasión

La muerte de Juan Lladró, uno de los fundadores de la marca de porcelanas, me obligó a recordar la primera vez que una de sus figuritas entró en mi casa. Tuve la suerte de crecer en un hogar bastante humilde y superpoblado. En contra del recurso fácil de los decoradores de cine a representar las casas de la gente humilde como lugares sucios y las mansiones de los ricos como lugares limpios, la realidad que yo viví es la contraria. En mi casa todo estaba reluciente y mi madre no permitía que una bacteria se posara sobre algo que íbamos a usar sus hijos. Más adelante, cuando tuve algún amigo que procedía de familias ricas, descubrí el grado de suciedad en el que solían vivir, rodeados de ácaros y falta de higiene porque la familia tenía dedicaciones más altivas que las de agacharse a limpiar. Esa humildad de origen hizo que en mi casa apenas hubiera decoración barroca. Además, cualquier figurilla que no se fijara a la pared podía ser destrozada por los juegos de los niños y, un poco después, por la afición de mi padre a la gimnasia sueca. Cada mañana, antes de ir a trabajar, se empleaba a fondo en estiramientos que culminaban con la rotura de cualquier adorno cercano.

Pero un día recibimos una visita de nuestros parientes de Estados Unidos. Una parte de la familia de mi madre emigró a las minas de California en los años 1920 y sus descendientes terminaron por ser norteamericanos. Uno de ellos, de gran generosidad, le trajo a mi madre una figurilla de Lladró que pululó por casa durante años, siempre a resguardo de que mi padre se la cargara de un manotazo o nosotros de un balonazo. Representaba una especie de hada madrina, con incluso unas alas y una varita de un material flexible. Los colores celestes del traje completaban una estampa tan idílica como ya entonces desasosegante. Pero, para mucha gente, esa figurilla de Lladró y otras similares de su ingente producción representaban el buen gusto, la decoración de sueño. Desde entonces siempre estuve atento a las vicisitudes de la marca, nacida desde un humilde horno valenciano. Conocí su éxito norteamericano, donde casó de manera perfecta con el carácter algo naíf de las clases populares, y percibí la decadencia que acompañó en los últimos años a esa marca tan conocida y respetada.

En nuestros días goza de una enorme popularidad el escultor Jeff Koons. Los españoles tenemos especial debilidad por él gracias al entrañable perrito de flores, Puppy, que flanquea la entrada del Museo Guggenheim de Bilbao y completa la escenografía exitosa de acceso a ese icono urbano. Además, es alguien que ha abrazado conceptos estéticos de abrumador éxito que van de Elton John a Madonna o Michael Jackson. Aunque tuvo periodos eróticos que lo alejaron del buen gusto dominante, con una leve corrección ha llegado a ser el más cotizado y visitado artista de nuestros días. A nadie con dos dedos de frente se le escapa la enorme influencia que las figuritas de Lladró tienen en los posados fotográficos de la familia Beyoncé o las Kardashian y por supuesto en la obra de Koons. El suyo es uno de los casos de apropiación de estilo más formidables desde que Tarantino expolió el legado de Sergio Leone.

Toda expresión del gusto tiene siempre, si es dominante, un periodo de expansión y un periodo de contracción. Lo que agrada, si se convierte en masivo, termina por empalagar. Las figuritas de Lladró fueron deglutidas por la sociedad del buen gusto y los estudios Disney hasta convertirse en iconos kitsch. Del rechazo altivo vino a rescatarlas Jeff Koons para trasladarlas a un universo artístico que quería ser una patada en los cojones a la cultura de élite y a la desmadrada beatificación del abstracto y la performance. Ya desde entonces las figuritas de Lladró no terminarían en las casas de la gente, sino que formarían parte de las colecciones estatales y los museos más receptivos. Puede que las disputas familiares, ya se sabe que la herencia es algo mortal para cualquier idea de justicia, hayan terminado por hundir el imperio Lladró, pero siempre quedará su barro en el origen de nuevos artefactos (del latín, arte factum: hecho con arte).