Caerse del guindo

Mi hermosa lavandería

Las maniobras inconscientes de un alma pura son peores que las maquinaciones del vicio», decía Raymond Radiguet en la sublime novela de iniciación El diablo en el cuerpo. En el mundo de hoy  se produce una inquietante paradoja: la bondad siempre ha tenido mala prensa (al menos tan mala como la mismísima maldad), al tiempo que en nuestro insconsciente está grabado que en realidad el mal en estado puro no existe.

Muchas veces nos sorprendemos a nosotros mismos cuando tras la lectura de un crimen espantoso  hablamos del perpetrador con horror, pero, con frecuencia, asumiendo que debe de estar sumamente perturbado o totalmente loco. Por sistema, nos negamos a creer que el asesino (o el torturador o el violador o el violento) haya cometido su crimen por pura maldad, por eso buscamos infinitas  razones (el pasado, enfermedades mentales, psicosis temporal, lo que sea) para explicarnos sus acciones, como si nos fuera absolutamente necesario excluirla de la ecuación. Como si todavía creyéramos que los seres humanos somos esencialmente buenos y es la dura existencia, la vida,  la que nos hace comportarnos como alimañas. Las tertulias radiofónicas, que tanto entretienen a los taxistas, son las que más contribuyen a este fenómeno. Basta que se produzca un atentado terrorista o un crimen de género (femenino, que son el 92 por ciento de ellos) para que el apelativo ‘psicópata’ o directamente ‘loco’ se aplique al criminal, sin que los tertulianos hayan tenido tiempo de consultar fuentes veraces. Nos explicamos la sinrazón del terrorismo como una condición psicopatológica de los terroristas. Buscamos infinidad de argumentos para explicar por qué un hombre decapita en directo a otro semejante, o mata a sus hijos y a su mujer, o cualquier suceso que altere nuestra certidumbre. En el mejor de los casos, calificamos de ‘malas’ a las acciones, sin que nos atrevamos a tildar de ‘malo’ al que las comete. Durante mucho tiempo también he caído en ese error y, por miedo, por no querer abrir los ojos a la realidad, por desidia, por las razones que sea, me he negado a creer que exista gente mala. Afortunadamente me he caído del guindo a tiempo y hoy me atrevo a decir que hay gente más mala que la tiña. Gente que insulta, veja, agrede, roba, mata. Sin ninguna necesidad. Porque les gusta matar, vejar, insultar, robar. Gente cuyos únicos objetivos en la vida son hacer del mundo un lugar más chungo, y amargar todo lo que puedan la vida a los demás. Sé que es un despertar tardío, pero al menos ya no tendré que pasarme el resto de mi existencia buscando justificaciones para comportamientos que me asquean. Y créanme, no se vive tan mal sabiendo esto (y si ustedes ya lo sabían, disculpen esta caída del caballo/guindo).

«Dime de qué presumes y te diré de lo que careces» o algo así reza el refrán con que nuestras madres y abuelas nos machacaban en la infancia. Cada vez que alguien delante de mí presume de ser muy buena persona, me echo a temblar.