El mejor trabajo del taxidermista

PALABRERÍA

Plumero.  El taxidermista estaba más que satisfecho con el trabajo. Había disecado un gran número de cadáveres  y sus clientes siempre elogiaban la vivacidad de aquellos seres inertes. El reto principal era borrar la muerte, batirla con ceras, ojos de cristal, colmillos y espumas. Dominaba los productos industriales y tenía la rara virtud de combinarlos de forma que el resultado volvía a ser orgánico. Se consideraba a sí mismo un artista y detestaba a la mayoría de los colegas por la incapacidad de dotar de energía a la materia inmóvil. Más que competencia o rivales, los consideraba vulgares fabricantes de plumeros. Miró de nuevo la pieza, apreció el fulgor de los ojos, la virilidad y apostura del rostro, tocó la piel y se recreó en la suavidad y casi llegó a convencerse de que notaba las palpitaciones. Se felicitó por el fichaje del especialista en vestuario: realmente había elegido las prendas adecuadas. Parecía como  si estuviera a punto de alcanzar la velocidad del guepardo. Le había quedado una figura muy felina.


Moralista. Ciertamente, el negocio clásico de la taxidermia estaba en crisis, arruinado por los nuevos moralistas de izquierdas. Colgar la contundente cabeza de un bisonte, cazado en algún bosque polaco, o de un gamo con sus cuernos arborícolas estaba considerado de mal gusto. Lo que triunfaban eran las imitaciones, de fieltro o de cartón, que vendían en las casas de objetos decorativos. El taxidermista pensaba que si el público apreciaba la imponente presencia y la belleza de una testa saliendo de la pared, lo honesto era colocar una de verdad. Aquellos gabinetes de los viejos aficionados a la pólvora olían a valor y a puro, según el taxidermista, y eran un homenaje a la hombría y a la raza, a la habilidad y a la aventura, a la perseverancia y a la puntería. Gloria a los hombres que abatieron cientos de animales de gran tamaño, a los cuernos, a los colmillos, a los plumajes, a las patas convertidas en lámparas o ceniceros, a los osos en posición de ataque y a los zorros a punto de la huida. La totalidad de ese universo de pelo y pluma había desaparecido y, con él, estaba a punto de extinguirse la casa centenaria del maestro taxidermista, heredero de una saga de vaciadores y rellenadores de anatomías.


Canela. La tarea que desplegaba ahora era secreta: si las autoridades se enteraban de los manejos, acabaría en la cárcel. Volvió a observar al corredor y la satisfacción le tiró de las comisuras de los labios. El porte de la fiera era impresionante: las extremidades traseras apoyadas y las delanteras en el aire, separándose del suelo; el lomo curvado, aerodinámico; el morro, cortando el aire. El pantalón corto blanco contrastaba con la piel canela, realzando la musculatura. Las zapatillas rojas eran una estela de fuego. ¡La recreación del movimiento impresionaba! La camiseta ocultaba la gran cicatriz, imposible de disimular. Había muerto atropellado. Si le hubieran disparado, habría eliminado con éxito el agujero de bala. Tapar los destrozos de un arrollamiento era mucho más complicado. Borró golpes y moratones, pero el gran agujero en el pecho no había tenido solución. Pese a la perfección de la sutura y el tratamiento de la piel, se adivinaban los perfiles del boquete. Suerte de la camiseta técnica.


Fiambre. Esa misma tarde llegaría el camión, así que comenzó a embalar la obra. Cuando el coleccionista la exhibiera en un lugar destacado del salón, sus amigos quedarían extasiados con el realismo, con la autenticidad. Le habían prometido un nuevo cadáver. Aún no tenía la información de qué clase de cuerpo sería. Había disfrutado mucho modelando al velocista, campeón del mundo, fallecido en un accidente de circulación. Tras robar el fiambre, los hombres del coleccionista se lo habían mandado. El taxidermista intuía una edad de oro para su profesión, pues le habían asegurado que el destripamiento y la conservación de los famosos tenían mucho futuro.