El año en el que dice Raúl Castro que se marchará

Arenas movedizas

Este año 2018 volveremos a oír hablar de Cuba de forma asidua. No será por éxitos concretos en la lucha contra las miserias que protagoniza la Revolución en su estéril trabajo por darles un mejor futuro a sus ciudadanos; ni por aperturas esenciales destinadas a garantizar libertades elementales a sus súbditos; ni por decisiones estratégicas que sitúen al país en la órbita de los países prósperos y verdaderamente libres. No; oiremos hablar de Cuba porque este es el año en el que el segundo de los Castro asegura que abandonará sus labores al frente del Gobierno, lo que no quiere decir, obligatoriamente, que vaya a abandonar el poder. ¿Cuándo?: iba a ser en febrero, pero, al parecer, lo ha retrasado hasta abril con la excusa de los huracanes pasados. La razón parece estar en dejar debidamente atado el proceso de sucesión, que tiene señalado al vicepresidente Díaz Canel como el hombre elegido… por el momento. Todos hemos conocido a varios sucesores al castrismo que han ido cayendo en desgracia a medida que tomaban fuerza como tales y eran considerados futuros mandatarios por la ciudadanía. Eso pasó con el mulato Carlos Aldana, con el pintor Roberto Robaina y con el médico Carlos Lage. Al primero lo liquidó Fidel cuando era número tres en la fila por sospecha de coquetear con tímidas evoluciones del Régimen. Al segundo, por no ser demasiado enérgico en una conversación con el ministro español Matutes cuando este le sugería estar al frente del futuro de la Isla (Robaina, de lejos, era el más interesante de todos y un auténtico líder de la juventud), y al tercero lo enviaron a una consulta de un policlínico después de calificarlo de indigno y de adicto a «las mieles del poder». Los tres eran vistos desde fuera de la Isla como políticos con los que se podría estudiar alguna futura transición. A Pérez Roque, también titular de Exteriores, le sucedió algo parecido. Por supuesto, no incluyo aquí a aquellos a los que liquidó Fidel físicamente por hacerle alguna sombra en algún momento o por poner en duda sus métodos de gobierno.

Ahora Díaz Canel está midiendo sus pasos de forma milimétrica: cuando surge algún comentario acerca de la posibilidad de ser aperturista en un futuro no muy lejano, Canel se encarga de difundir un vídeo en el que muestra una actitud casi estalinista destinado a que no dude ninguno de los que soplan al oído de Raúl y le invitan a tener siempre a mano la guadaña. No son pocos los viejos resistentes del Régimen que prefieren la figura de Bruno Rodríguez, canciller cubano, hombre de la línea dura, la que ha llevado a Cuba a ser lo que es, pudiendo haber sido una cosa muy distinta e infinitamente mejor.

Raúl se marchará del gobierno (ya veremos), pero seguirá marcando el rumbo de las cosas desde el Partido y vigilando junto con la gerontocracia cubana que nadie se despiste. Algunas de las cosas que cambiaron en Cuba son debidas a la necesidad de dar salida a apremiantes problemas que no siempre soluciona Venezuela, que no está en situación de solucionar nada a nadie, pero que, a pesar de eso, sigue manteniendo en marcha la anquilosada maquinaria cubana con su petróleo. Se permitieron algunos trabajos por cuenta propia, pero de forma muy tímida: usted puede, si consigue unas tijeras y un peine, cortar el pelo en la puerta de su casa a cambio de algún peso, pero poco más. En realidad, Raúl ha sido un espejo algo difuminado de su hermano Fidel. Y habría que preguntarse si también lo sería su hijo Alejandro Castro Espín, que es otro nombre que merodea por la lista de herederos, del que se sabe poco debido a su nula visibilidad (es coronel del ejército), pero de quien se observa su gran cercanía argumental a su padre. Se dice en Cuba que ocho de cada diez cubanos hablan mal del gobierno, pero que a los únicos que escucha Raúl es a los otros dos, uno de los cuales es su hijo. El modelo norcoreano puede no estar tan lejos del Caribe por mucho que Mariella Castro, hija de Raúl, haya dicho que «más nunca un Castro estará al frente del gobierno de Cuba». No se fíen y permanezcan atentos a la pantalla.