Harry Dean Stanton

Mi hermosa lavandería

Su cara era un elegante zapato de cuero viejo, curtido en mil caminos polvorientos. Sonreía a menudo, pero siempre tenías la impresión de que lo hacía a pesar suyo. Era un personaje de Faulkner encarnado en un ser de una delgadez de alambre, pálido, ceniciento, de ojos mates y dedos nudosos. El bar donde cantaba a menudo en Los Ángeles se llenaba siempre de amigos y acólitos y fans como yo, que asistíamos con solemnidad y aguantábamos sus cambios de humor, sus crípticos monólogos, sus desplantes, sus canciones marchitas que él desafinaba con un estilo único. A menudo, repetía una frase de Twin Peaks, que todos coreábamos: «Llevo 75 años fumando, nunca me he sentido mejor». Recuerdo esas actuaciones con fervor: él y Frank Sinatra son los artistas más carismáticos que he visto nunca sobre un escenario y a ambos los vi cuando ya cumplían más de 70 otoños. Cuando acababa de actuar, se paseaba por las mesas del bar, ufano, te preguntaba qué estabas bebiendo, a veces se acordaba de que te había visto antes, de que os habían presentado, que eras de Barcelona, que le gustaban tus gafas, que hacías cine. «¿Cuándo me vas a contratar? ¡Yo sé hablar español!». Y empezaba a hablar en lo que él creía español y tú le alababas el acento y le decías que algún día escribirías algo para él, algún día.

En 70 años de carrera solo fue protagonista de dos películas: París, Texas (1984) y Lucky, la última que protagonizó en sus 91 años. Lucky es un filme creado, pensado y concebido para él. Es imposible pensar en otro actor al ver la película. Lucky es Harry Dean Stanton. Sus andares titubeantes. Su manera de balbucear. Su voz ronca y fina a la vez. Su mirada sardónica que otea el horizonte sin esperar que el horizonte le devuelva una respuesta. Su manera de fumar sin tasa, como dándole el esquinazo a la enfermedad y a la muerte, con la certeza de que nunca se le puede dar esquinazo. Y su manera de estar en silencio, de ocupar el espacio sin palabras, concentrado en el humo gris del primer cigarrillo del día.

Sam Shepard decía que el rostro de Harry Dean Stanton era ya historia, que no había que esforzarse mucho en escribir diálogos para él porque cualquier cosa que saliera de su boca, fuera un capítulo del Antiguo Testamento o un folleto médico, sonaría fascinante. Más de cien películas, papeles grandes, pequeños: siempre inolvidables. ¿Cuántas veces habremos visto en la pantalla a monstruos reventar el pecho de la víctima de turno? ¿Y de cuántas nos acordamos? El alien maligno y escurridizo saliendo del cuerpo de Harry Dean.

En Lucky hay un personaje que interpreta David Lynch, su gran amigo. Es un hombre que habla con pena de su tortuga centenaria, una amiga que ya formaba parte del paisaje, que acaba de morir. Harry Dean Stanton le acompaña en el sentimiento y tras un largo silencio enciende parsimoniosamente un cigarrillo.