Músico callejero

Neutral corner

Hace años, el joven John Caldwell, natural de Hoboken (Nueva Jersey), decidió interrumpir los estudios universitarios durante un año y entregarse a la aventura viajera en Europa. Era conocido en el vecindario por su afición a la música. A la edad en que los niños de Hoboken solían formar pandillas, lo que Caldwell intentó montar fue una banda de rock. Con la edad, había desarrollado una profunda admiración por Guns N’ Roses. Se peinaba como Axl, con la melena desprolija, iba a sus conciertos cuando podía y cantaba sus canciones haciendo unas imitaciones clavadas. En los eventos familiares, siempre le pedían que saliera a cantar una de los Guns, Paradise City, por ejemplo, y todas sus primas suspiraban y se hacían vigilar por los adultos durante el resto de la fiesta. La madre de Caldwell escribió a Axl a su discográfica contándole la idolatría de su hijo. Incluyó unas fotografías y una grabación de una actuación familiar. Jamás hubo respuesta.

Caldwell viajó a Europa con su guitarra y pensó que, para subsistir, le bastaría con hacer de músico callejero imitando a Axl. Estaba convencido de que los europeos eran generosos con los artistas y que ningún día le faltarían unas cuantas monedas para comer caliente y pagarse una cama. No le fue mal, en realidad. Cantó en la Puerta del Sol, en las Ramblas, en el Boulevard Saint-Michel, en la plaza del Popolo, en infinidad de ciudades en las que, mal que bien, comió caliente y se pagó una cama. A veces, hasta congregó a su alrededor a un público animado que lo ayudó a sentirse un poco como un miembro auténtico de los Guns que se dispusiera a viajar en limusina. Sufrió alguna que otra penalidad durante el viaje, un par de robos, un par de noches de dormir en un cajero automático, un par de tardes de mucha hambre. Pero así era la aventura y él sentía que se le acumulaban las experiencias que podría contar a la familia a su regreso. Europa le estaba saliendo más o menos como la había soñado. Hasta noches hubo en las que tuvo compañía en la cama pagada con las canciones de Axl y con su melena cardada.

Llegó a Berlín en primavera. En la Hauptbahnhof vio los mismos carteles de la gira mundial de Guns N’ Roses que lo habían acompañado durante casi todo su viaje continental. Parecía, en realidad, un fan de la banda de los muchos que entraban en Berlín para asistir al concierto. Caldwell comprobó que le faltaban unas monedas para garantizarse el sustento en Berlín y se desplazó en Metro al Tiergarten para cantar allí, cerca de la puerta de Brandemburgo. Colocó el estuche de la guitarra abierto para que le arrojaran allí las monedas, comenzó a cantar y, precisamente porque en la ciudad abundaban ese día los seguidores de los Guns, la verdad es que le fue bien y enseguida estuvo rodeado por un buen público que daba lo que podía, dinero o comida. Se fijó en él una mujer que caminaba junto a un hombre que llevaba subida la capucha de la sudadera. La relaciones públicas de Axl Rose le dijo al cantante que tenía una buena oportunidad de promoción: «Acércate a ese muchacho y canta con él. Lo grabarán cientos de móviles y se hará viral. Hans –era el guardaespaldas– te sacará si se ponen pesados». Axl miró a su imitador con fastidio y se dispuso a hacer lo que le pedían. Todos los presentes se quedaron atónitos cuando surgió de entre la muchedumbre y comenzó a cantar con Caldwell. Éste apenas lograba contener la emoción y se puso a fantasear con la posibilidad de ser invitado al concierto y, quién sabe, a seguir viaje con la banda.

Cuando terminó la canción y los fans se abalanzaron sobre Axl, Hans lo escoltó hacia un coche. Caldwell se quedó decepcionado, creyó que acababa de ser interrumpido el comienzo de una buena amistad. Hasta que vio que la relaciones públicas volvía: «Ya está, me va a decir que vaya al hotel». Lo que hizo fue contar el dinero que había en el estuche de la guitarra y llevarse la mitad: «No es que Axl lo necesite. Es por superstición».