Instituciones y personas

Animales de compañía

Hace un par de semanas me montaron un aquelarre en las cochiqueras de interné porque osé afear la desfachatez de un alto mando de la Guardia Civil que convocó una ostentosa y condecorada rueda de prensa, presentando como un exitazo la detención del presunto asesino de Diana Quer. Quien, pese a estar –según este alto mando– «discretamente vigilado» desde hacía tiempo, casi consiguió repetir su hazaña con otra muchacha; y no lo consiguió porque providencialmente un par de muchachos se lo impidieron, no porque este alto mando apareciese con sus condecoraciones a prenderlo. Los fanáticos que me montaron el aquelarre me acusaron de ser un enemigo de la Guardia Civil, a la que incluso he llegado a dedicar un programa entero, cuando dirigía Lágrimas en la lluvia. Mañana, estos mismos fanáticos dementes podrían acusarme de ser un enemigo de la literatura, por poner a caldo tal o cual bodrio de Dan Brown.

Esta anécdota podría servirnos para ilustrar cómo interné está cretinizando a las masas y generando en ellas lastimosos comportamientos paulovianos, siempre teledirigidos por cínicos pescadores en río revuelto. Pero sobre esta cuestión ya hemos reflexionado. Me gustaría, en cambio, utilizar esta anécdota para ilustrar un fenómeno muy atinadamente descrito por Gustave Thibon. En las sociedades fuertes y sanas, las instituciones estaban por encima de los individuos que las representaban: la monarquía estaba por encima del rey, el Papado estaba por encima del papa, la Guardia Civil estaba por encima de tal o cual mando condecorado y locuaz. «Entonces
–escribe Thibon– se podía uno permitir el lujo de criticar a tal rey o tal papa sin que el principio mismo de la monarquía o de la autoridad pontificia se inmutasen». Así, por ejemplo, se podía ser el poeta más cristiano del orbe, como sin duda lo fue Dante, y al mismo tiempo enviar al infierno a un papa, como hace Dante en La divina comedia. Y esto ocurría porque las instituciones eran amadas por encima de las personas concretas que coyunturalmente las representaban; y la invectiva dirigida contra una de estas personas específicas en nada afectaba a la institución.

En las sociedades decadentes ocurre lo contrario: únicamente se toleran las instituciones a través de las personas que las representan, a las que se adula y agasaja hasta extremos grotescos. Pero tal adulación encubre una terrible falta de amor auténtico a la institución, que los cínicos utilizan a modo de fetiche en su beneficio. Esta actitud se percibe, por ejemplo, en los ditirambos constantes que reciben los reyes y papas reinantes por parte de gentes viles y pintureras que han dejado de creer en la institución que representan. Así, por ejemplo, mientras reinó Juan Carlos I nunca faltaron los ‘juancarlistas’, una panda de chupópteros y pelotas incapaces de defender la institución monárquica con argumentos convincentes que, sin embargo, se deshacían en empalagosos elogios hacia la persona que coyunturalmente la encarnaba, incluso (¡o sobre todo!) cuando menos elogiable era su conducta. Y así, para defender la monarquía, afirmaban (entre otras chorradas serviles) que con Juan Carlos I España había vivido la «época más próspera de su Historia», haciendo depender la bondad de la institución de vaivenes económicos. Todos estos fantoches no amaban la monarquía (de hecho, ante cualquier situación difícil, serían los primeros en abominar de ella), pero se aferraban a su fetiche para seguir chupando del bote; y los que ayer eran ‘juancarlistas’ hoy ya son ‘felipistas’, hasta que mañana, cuando consideren que ya no pueden seguir chupando del bote monárquico, se proclamen ardorosos republicanos. Sólo que, con sus adulaciones hiperbólicas de tal o cual monarca reinante, estos chupópteros generan entre muchas gentes ecuánimes aversión hacia la monarquía, convertida entretanto en un fetiche o una carcasa vacía que pronto será arrumbada. Lo mismo podría decirse de los papólatras que, para ocultar la esclerotización de su fe y seguir medrando en ámbitos clericales, adulan de las formas más ridículas a tal o cual Papa, incluso (¡o sobre todo!) cuando busca el halago mundano o la pifia estrepitosamente.

Cuando las instituciones son en verdad queridas, las personas que las encarnan pueden ser denostadas, si se lo merecen, sin que la institución se resienta. En cambio, cuando las instituciones se han convertido en fetiches, secuestradas por malandrines que quieren utilizarlas en su beneficio, cualquier crítica a las personas que las representan indignamente es de inmediato presentada por esos mismos malandrines como un ataque a la institución. Y los fanáticos paulovianos, infaliblemente, pican el anzuelo.