Preguntas en la nieve

Artículos de ocasión

En la operación de regreso a casa de la Navidad, más de cuatro mil conductores quedaron atrapados en autopistas nacionales y tuvieron que hacer noche en sus vehículos, aislados durante horas. Más allá de las responsabilidades de cada cual, con especial atención a la de los que velan por las infraestructuras y el tráfico, convendría detenerse en varias dudas. La primera es la que nos señala que pese a vivir en el mundo más tecnificado e intercomunicado, eso no evita que se produzcan lagunas notables de información. Nadie parecía avisado y consciente del peligro. De hecho, escuché al responsable de Tráfico justificarse con sus tuits desde Sevilla, donde señalaba los tramos conflictivos y pedía que nadie tomara esas rutas. Una vez más, y pasa en otros asuntos de distinta gravedad, hay mucho gestor institucional que cree que con publicar sus frases en las redes sociales ha cumplido con la labor. A eso nos han malacostumbrado los periódicos y televisiones, que fomentan el mensaje en redes como una agencia de noticias personal, sin la menor fórmula para el filtrado y la verificación.

Otra sorprendente novedad en el caso de estas Navidades es que la mayoría de los conductores quedaron atrapados en un tramo de autopista de peaje. Es fácil imaginar su razonamiento mental minutos antes de caer en la trampa. Se debieron de decir a sí mismos: mejor tomar una carretera de pago, que ahí seguro que las cosas funcionan mejor. Esa tendencia del ciudadano a considerar que todo lo que está privatizado y gestionado por el interés de un negociante funciona mejor que lo público es habitual. Nos lleva a dar por sentado que el transporte, la educación, la sanidad y la información son mejores si responden a intereses privados. Y me temo que no siempre es así, ni mucho menos. En este caso, la empresa concesionaria de las autopistas carecía de personal, ignoró las evidencias que transmitían sus cámaras de vigilancia, no tuvo previsión ninguna ni fue capaz de bloquear los accesos ni garantizar la seguridad de las personas. Fue un desastre gestor en toda regla que evidencia que, cuando dejamos en manos de negociantes nuestros servicios públicos, lo único garantizado es que alguien gana dinero, pero no tanto nuestro bienestar y satisfacción.

Las carreteras de pago han sido en ciertos puntos del país un desastre económico y de planificación, cuando no un centro de corruptelas. En muchas ocasiones carecen de vigilancia y durante largos tramos no hay vida alrededor, sin salidas escalonadas ni locales de abastecimiento donde refugiarse en situaciones extremas. Son la vertiente viaria de ese afortunado concepto de la España vacía. Las personas necesitan a las personas y, aunque la tendencia actual es la de aislar a los individuos para manejarlos mejor a cambio de venderles autonomía y libertad, la verdad es inversa. Las personas somos más libres cuando más cerca estamos unos de otros. No hay mejor recurso de emergencia para situaciones desesperadas que el recurso humano, el apoyarse en otro. El suceso navideño sirvió para resaltar la solidaridad de algunos conductores con familias atrapadas. Los peores momentos son los que a veces sacan lo mejor de las personas.