Canicas

Mi hermosa lavandería

Leer el libro de Michael Wolff sobre Trump es, además de morbosamente entretenido, un ejercicio más para comprender la insania de los que nos gobiernan. El problema es que nos lleva a un desagradable descubrimiento: los que votaron a ese tipo seguramente no verán como preocupante el inagotable chorro de estupideces y conductas bochornosas de las que él hace gala. ¿Qué problema hay en que se jacte de cosas que no ha conseguido, que no tenga ni zorra idea de los más básicos mecanismos de un comportamiento decente, que sea ignorante hasta decir basta, que meta la pata continuamente con dirigentes extranjeros, que cene cada día de McDonald’s, que sea lerdo, tonto de baba, mentiroso, infantil, rastrero, mezquino, envidioso, cobarde?

¿Qué problema hay en que vaya a dejar el mundo como un lugar mucho peor de como lo encontró? Sus votantes seguramente seguirán riéndole las gracias y haciendo caso omiso, como una pandilla de borrachos conduciendo un camión sin frenos por una autopista, de los bocinazos de los conductores que los avisan que van en dirección contraria.

Pero tipos con los rasgos de Trump en el poder están en todas partes. Sin ir más lejos podemos apreciar esa estupidez, esa ceguera y esa cerrazón en muchos de nuestros políticos, de los del Gobierno central y de los de los gobiernos autonómicos o lo que sea. Tras la nevada del final de las fiestas navideñas que dejó en la carretera cerca de 18 horas a mucha gente, ver al director general de Tráfico en un partido de fútbol y muy posteriormente salir a dar vagas explicaciones en las que primaba el ‘¿por qué no se quedaron en sus casas?’ a cualquier explicación de por qué se dejó a niños y ancianos tirados en una situación penosa que hubiera tenido solución si la DGT hubiera actualizado las informaciones que poseía y hubiera advertido literalmente que, sin cadenas, no saliera ni un coche a la carretera producía un sonrojo sólo paralelo al que me producían los portavoces de los demás partidos cebándose con el director de la DGT y no haciendo una crítica serena de cómo podía haberse hecho la situación más llevable para las familias en la carretera. Todo me remite a peleas de patio de colegio donde nunca se discutía realmente sobre quién ganaba a las canicas, sino, literalmente, sobre quién gritaba más, empujaba más, la tenía más larga. Siento la misma sensación al ver las luchas interminables entre los partidos políticos tras las elecciones catalanas: como si a ninguno le importara ni tuviera la más remota idea de qué va a ser de nosotros, cómo vamos a salir de esta, cómo vamos a cerrar las heridas abiertas, hacer que vuelvan las empresas, reestructurar la sanidad, la educación, la vivienda, que Catalunya no sea esta especie de no lugar en el que se está convirtiendo, donde priman los discursos y el victimismo y los insultos y la negación de la realidad. Seguimos aquí, en este eterno patio del que no salimos, como si nos hubieran castigado a jugar a las canicas eternamente y a pelearnos por chorradas, mientras cada vez más rápido el colegio se hunde.