El difícil término medio

Pequeñas infamias

Leo en la sección Cultura de los periódicos dos noticias de signo contrario. Una se hace eco del «cambio radical y antimachista» que en Florencia han dado a la ópera Carmen. Por lo visto, en esta producción de la inmortal creación de Bizet, para adaptarse a los tiempos, y con ánimo de denunciar los feminicidios en Italia, Carmen ya no muere a manos de don José, sino que le arrebata su pistola reglamentaria y le descerraja dos tiros. Otra noticia, publicada dos páginas más adelante, lleva este titular: «100 creadoras francesas consideran que el ‘caso Weinstein‘ ha desatado el puritanismo sexual». Mujeres relevantes de la cultura del país vecino, como la actriz Catherine Deneuve, la escritora Catherine Millet o la filósofa Peggy Sartre, entre otras, han firmado una tribuna publicada en Le Monde en la que dicen: «La violación es crimen. Pero la seducción insistente o torpe no es un delito ni la galantería es una agresión machista» y a continuación argumentan que, desde el caso Weinstein, se ha producido una muy necesaria toma de conciencia sobre lo que significa la violencia contra las mujeres. Pero hacen notar también que «se está haciendo una campaña de acusaciones hacia individuos a los que no se les deja la posibilidad de defenderse y a los que se condena de antemano. Esta justicia expeditiva ya tiene entre sus víctimas al exministro inglés Michael Fallon, al que se le ha obligado a dimitir, por ejemplo, por haber tocado una rodilla». Las firmantes acaban su manifiesto advirtiendo del regreso de una moral victoriana oculta tras «la fiebre por enviar a los cerdos al matadero» y afirman que «esta actitud está al servicio de los intereses de los enemigos de la libertad sexual y de extremistas religiosos». ¿Cómo se posiciona uno frente a estas dos noticias? ¿Para luchar contra el machismo hay que cambiar el final de obras como Carmen, de Bizet, prohibir la publicación de Lolita, de Nabokov, o expulsar a las tinieblas exteriores a Shakespeare por haber escrito Otelo? Y, por otro lado, ¿dónde está la frontera del acoso? ¿Es lo mismo ponerle la mano en la rodilla a una persona que depende económica o laboralmente de nosotros que a una igual que tiene toda la libertad del mundo para mandar a paseo al sobón? Y, por fin, está la pregunta que, como mujer, más me inquieta. ¿Juega a nuestro favor meter a todos los hombres en el mismo saco o cambiar el final de Carmen? Vivimos en una época en la que se les da demasiada importancia a los gestos. Enciende uno un mecherito en un concierto y ya está contribuyendo a la paz mundial. Te pones un lazo rojo en la solapa y eso acaba con el sida, convertimos a Carmen en homicida y adiós machismo. Nadie duda de las virtudes de la paz, de la salud ni del feminismo, pero luchar por estas causas entraña otras cosas. Yo creo que lo sucedido desde el caso Weinstein es muy positivo siempre que no se reduzca, por un lado, a gestos y, por otro, a sobreactuaciones o a una muchas veces indiscriminada caza de brujas -o, en este caso, brujos-. Por eso estoy de acuerdo con ciertos párrafos (no todos) del manifiesto de las creadoras francesas. Como ellas, pienso que hay que aprovechar este momento de sensibilización hacia nuestros problemas para denunciarlos y ponerles coto, pero no a base de caer en los mismos errores de arbitrariedad, intransigencia o burla en los que los hombres han caído con respecto a nosotras a lo largo de siglos y siglos. Buscar el equilibrado término medio en asunto tan sensible no solo es difícil, sino que se expone uno a recibir bofetadas por ambos lados. Pero aun así creo que no está de más recordar, por ejemplo, que los abusos tienen como blanco no solo a las mujeres, sino también a hombres que están en una situación de desventaja frente a su abusador. En cuanto a convertir a la cigarrera Carmen en homicida como ‘denuncia’ antimachista, no solo me parece una estupidez, sino un error. No solo porque descerrajar dos tiros a don José no disuadirá a ningún maltratador, sino porque ¿realmente creen mis congéneres más combativas que ayudará a nuestra causa ponernos a emular, a estas alturas, a Savonarola, a Torquemada o a cualquier otro personaje masculino inquisitorial tan deplorable?