Separatistas y separadores

Animales de compañía

Un amable lector se sorprende de que en mis artículos contra el separatismo no abrace «las tesis constitucionalistas». No las abrazo, querido amigo, por una sencilla razón: aunque me estoy haciendo viejo, no me he vuelto tan cínico como para proclamar como remedio de los males que combato lo que en realidad es su causa, siquiera parcial. Cuando se promulgó la Constitución, allá por 1978, sólo cinco de cada cien catalanes se proclamaban separatistas; tras cuarenta años de vigencia de la Constitución, ya son casi cincuenta de cada cien, en lo que se prueba que el citado texto es una fábrica de separatistas en verdad portentosa y difícilmente igualable. Es una fábrica de separatistas, en primer lugar, por consagrar un régimen autonómico que, lejos de combatir los males del centralismo, los ha multiplicado por diecisiete, convirtiendo cada autonomía en un Estado diminuto que, allá donde había un sentimiento nacionalista arraigado, aniquiló el sentido de pertenencia a una patria común. Y es también una fábrica de separatistas por pretender que las tensiones disgregadoras se aplacarían mediante sobornos que, aparte de abandonar servicios públicos esenciales para la protección del sentido de pertenencia a una patria común, han provocado una espiral sin fin de rivalidades victimistas entre autonomías. La Constitución, en fin, ha fracasado estrepitosamente en su propósito de crear un «patriotismo constitucional». Y es natural que así sea, pues nadie puede amar las entelequias que se incluyen en un texto legal. El auténtico patriotismo no se nutre de entelequias, sino de vínculos ciertos y amores palpables.

Pero este malhadado «patriotismo constitucional», además de ofrecer entelequias que no pueden ser amadas, ha tenido un efecto corrosivo sobre cualquier noble anhelo patriótico, desde los más sencillos (que ha ridiculizado) hasta los más sublimes (que ha perseguido y estigmatizado). ¿Qué puede hacer la buena gente que desea expresar su patriotismo, aparte de hacer profesión de fe constitucionalista? No puede hermanarse en una fe común, pues previamente ha sido descristianizada; no puede reconocerse en una Historia compartida, pues en la escuela sólo le enseñaron bazofias localistas y recuelos de la Leyenda Negra; no puede deleitarse en aquellos pasajes de la literatura y el pensamiento que aciertan a expresar de forma inteligente y conmovedora el amor a España, porque la inducen a leer la alfalfa sistémica promocionada. Así que, para expresar su patriotismo, a la buena gente no le queda otro remedio sino ‘españolear’: envolverse en la bandera rojigualda, tararear una canción de Manolo Escobar y jalear los goles de ‘la roja’ (ahora apenas ‘rojilla’, pues no se come un rosco). Sinceramente, no creo que haga falta ser separatista para considerar este ‘españoleo’ grimoso; no tan sólo por esquemático y paupérrimo, sino sobre todo por reactivo. Pues el verdadero patriotismo es constructivo: erige los cimientos de la convivencia, fortalece las raíces compartidas, funda un espacio común.

Como le escribía Joan Maragall a Miguel de Unamuno, «un pueblo vive sólo en cuanto se siente con espíritu propio y una misión consiguiente»; pero la Constitución, al dejar a los pueblos de España sin espíritu y sin misión, los condenó a la desintegración. Y el verdadero patriotismo debe esforzarse por volver a integrarlos, lo que no podrá lograrse si antes no abraza sus diferencias –«La integración viene después de la diferenciación», afirmaba Unamuno–, si no reconoce y aprende a amar su hermosa diversidad. Y, reconociendo y aprendiendo a amar esa diversidad, podremos llegar a la médula del alma española, allá donde han sido enterrados su espíritu y su misión. Un auténtico patriota debe esforzarse por ‘catalanizarse’ un poco, debe asomarse con amor curioso a la tradición catalana, a su lengua como un vaso de agua clara, a su riquísimo legado literario, a sus honduras espirituales; y, aprendiendo a amar esa tradición catalana, descubrirá que el ser de Cataluña está encastado en el ser de España –según reconocía el propio Prat de la Riba– como «los pólipos en el coral».

El separatismo desea evitar a toda costa este descubrimiento; para lo que ha hallado su mejor aliado en ese ‘constitucionalismo’ que nos ha dejado sin espíritu y sin misión, revelándose como el más eficaz separador. Sólo recuperando el espíritu propio y la misión consiguiente de los pueblos de España, tal como señalaba Maragall, podremos recuperar la unidad perdida, la integración en la diferenciación. De lo contrario, sólo habrá separación; o algo todavía peor: la unidad odiosa del hormiguero.