Lo que enseña un desnudo

Artículos de ocasión

No voy a ser de los que recurran a la nostalgia para lamentar el cierre del semanario Interviú. En general la nostalgia es un sentimiento oportunista. Los cierres de negocio suelen ser una bonita manera de someternos a un cierto chantaje sentimental, pero por lo general desaparece aquello que hemos dejado de frecuentar. Y más allá de su periodismo de investigación, los desnudos de Interviú dejaron de tener demasiado sentido desde el día mismo en que las redes sociales se llenaron de los posados voluntarios y voluntariosos de todos los famosos deseosos de perder el anonimato. Sin embargo, en los últimos tiempos muchas personas se plantean preguntas incómodas sobre la educación erótica de las nuevas generaciones. Especialmente cuando asistimos a sucesos lamentables de abusos y violaciones en los que los protagonistas son chicos jóvenes es imposible no preguntarse de qué modo se han formado, cuál es la sexualidad a la que aspiran en su vida para caer en cotas tan profundas de miseria.

Por más tapias que se le pongan a los adolescentes, la búsqueda de su sexualidad tendrá siempre cauces furtivos. Hoy son las páginas accesibles de Internet donde la pornografía se despliega de manera fragmentaria y brutal bajo reclamos toscos. No son peores que esas revistas que de tanto en tanto nos llegaban al colegio, el problema es que la pornografía, mayoritariamente, sigue exacerbando la humillación de la mujer, su sometimiento, estableciendo una conexión perversa con la dominación. Esto es algo que cualquier persona inteligente percibía siempre y le servía para poco a poco alejarse de una atracción grosera. En la búsqueda, terminaba por toparse con otras variantes del erotismo que le resultaban más sofisticadas y a la vez mucho más sugerentes. Si algo ha tenido el porno es que casi siempre ha estado en manos de tarugos, cuya capacidad visual era tan reducida que con el tiempo incluso sus clientes más habituales han preferido el amateurismo, la cámara robada y el voyeurismo. Algo así como si los espectadores de cine prefirieran verse los vídeos de las autopistas o las cámaras de vigilancia de las plazas que las propias películas. Todo un fracaso profesional.

Si algo tuvo el semanario Interviú en su origen, especialmente en los años setenta y ochenta, es que pese a sus robados y sus estrategias delincuenciales casi siempre convocaba a una mujer real en sus portadas. Los desnudos de Marisol, Lola Flores, Concha Velasco, Rocío Jurado o Sara Montiel venían a establecer una mujer realista, con márgenes amplios de la edad asociado a un destape que tenía algo de político y transgresor que brilla frente a la industria del falso erotismo que nos domina ahora. Luego llegó la foto retocada, la silicona y la mujer plástica, eliminando cualquier atisbo de realidad y sometiendo definitivamente a la mujer a unos parámetros absurdos que han venido desde entonces provocando su humillación constante, su frustración y la sumisión al negocio cosmético. Pero aún peor que todo eso es darse cuenta de que se han educado a varias generaciones en unos prototipos de mujer y de sexualidad que carecen de estímulos naturales, perpetuando una atracción por lo artificial que deshumaniza y empobrece las relaciones.

El desnudo educa, porque al niño lo educa todo lo que ve, tanto lo permitido como lo que le está vetado. De hecho, las prohibiciones casi siempre fomentan el estímulo contrario, pues uno trata de encontrar en lo apartado y secreto aquello que considera más valioso. En un mundo cada vez más puritano y represor sorprende que nadie haya reparado en que la sexualidad ofertada en cada anuncio, videoclip o teleserie, precisamente por ser inane y artificial, ha convocado a los jóvenes a rincones más oscuros a golpe de clic. La brutal crítica que se ha impuesto sobre los cuerpos femeninos y masculinos, como si tuvieran que ser biónicos o no ser, atléticos o no ser, fomenta también una sexualidad sin humanismo, dominante, más gráfica que emocional, masturbatoria y exhibicionista. Quizá por eso al recordar las portadas de este semanario que se despide del quiosco lo que nos despierta la nostalgia no es tanto la pérdida periodística, sino que llevemos décadas sin ver un desnudo verdadero, sincero, directo, sano.