Teleférico sin cabinas

MI hermosa lavandería

Desde mi ventana, las enormes columnas del teleférico se alzan inútiles como faros en el desierto. Hace mucho ya que las cabinas que pendían de él han desaparecido. El trayecto que cubría este no era una montaña o un precipicio, sino tan sólo un recorrido aéreo sobre un recinto ferial hoy abandonado. El hotel en el que estoy, de una arquitectura que se diría pensada por y para androides de esos de primera generación que ni sienten ni padecen todavía, resulta fatigoso y ajeno en sus inacabables pasillos y en el estucado verde esmeralda de sus habitaciones: nunca sentí un verde tan falto de alma y esperanza, nunca. Hay algo de soberbio y pomposo en este no lugar, algo dcoe profundamente inhumano, como si los que lo concibieron tuvieran sólo una idea vaga de cómo se comportan los seres humanos en sus quehaceres diarios. Las habitaciones son enormes, pero apenas unos centímetros separan el inodoro del bidet. La bañera es redonda y va con un mando a distancia sin instrucciones que no funciona, quizás por falta de pilas u otra cosa que me resulta imposible descifrar: cuando llamo a recepción para pedir ayuda, me la prometen ipso facto. No llega nunca. Los grandes ventanales acongojan. La desolación se apodera de ti al ver los matorrales que invaden los edificios abandonados, los bordillos de calles por las que no pasa nadie, las edificaciones amorfas que en su día, brevemente, acogieron visitantes con ganas de coleccionar folletos y gorros de papel promocionales. Las promesas de bienestar, prosperidad y ocio que el mundo de las ferias y congresos iban a traer a la ciudad se revelaron bien pronto falsas. Y nadie encontró, quizás porque no los había, otros usos para el despliegue de luz, color, ladrillo y cables que se despliega, hoy hecho una ruina, ante mí esta tarde brumosa de invierno, cuando tengo la certeza de que el verano no restará desolación a este paisaje y la cabeza se me llena de preguntas cuyas respuestas temo saber. ¿Qué pasó? ¿Cómo toda una generación de políticos y dirigentes se dejó arrastrar por un optimismo infundado y por unas expectativas falsas para llenar España de centros culturales, autopistas, recintos feriales, aeropuertos, velódromos que hoy crían malvas y resultan imposibles de sostener? Que la crisis económica no se viera venir me parece hasta cierto punto comprensible, ni siquiera aquellos pocos que sí la vieron venir previnieron su dimensión e impacto, pero este obsceno desparrame de construcciones vacías que hieren la vista y el corazón es otra cosa: es el histórico error del festín para hoy y el hambre para mañana, cuando con un poco de previsión podríamos tener todos la oportunidad de comer dignamente cada día, sin que las ratas que hoy se pasean a su antojo entre