Antinatalistas (I)

Animales de compañía

Hace algunas semanas, Irene Hernández Velasco firmaba un excelente reportaje en el diario El Mundo en el que entrevistaba a varios antinatalistas militantes que se han esterilizado, para evitar tener descendencia, convencidos de que la procreación es la mayor de las calamidades. A diferencia de los habitantes de Uqbar, aquella geografía borgiana, estos antinatalistas no abominan de la cópula «porque multiplica el número de los hombres». Se conforman con abominar de la procreación, porque son adeptos de esa religión erótica avizorada por Chesterton que, «a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad». Sus adeptos más integristas y furibundos.

Se trata, evidentemente, de una religión nihilista. No sólo por enmascarar su odio al género humano pretendiendo que la vida carece de valor intrínseco; sino también por postular burdos sofismas que delatan un deterioro de la razón lastimoso (pero muy característico de nuestra época). Los antinatalistas del reportaje repiten como discos rayados que «la vida es sufrimiento»; y que, por lo tanto, al no traer nuevas personas al mundo están actuando benéficamente, pues les están ahorrando dolor. Pero si fuese verdad que la vida es sufrimiento estos antinatalistas empezarían por suicidarse, pues nadie ama más al prójimo que a sí mismo. Así, suicidándose, no sólo evitarían el sufrimiento de su hipotética descendencia, sino también el propio, mucho menos hipotético (pues se supone que, al afirmar que la vida es sufrimiento, se fundan en su propia experiencia). Pero aceptemos que, aunque estos antinatalistas sufren una barbaridad, no tienen valor para suicidarse, porque les marea la sangre o no les gusta el sabor del cianuro. ¿Por qué no imitan entonces a los habitantes de Uqbar y reniegan de la cópula? Si la vida es sufrimiento, la cópula debe ser al menos tan dolorosa como un cólico miserere, pues se trata de una de las experiencias vitales más intensas. ¿Por qué estos antinatalistas no abrazan radicalmente su causa, renunciando a la vez a la fecundidad y a la lujuria? De este modo, aparte de no procrear, mitigarían el sufrimiento de su existencia, pues la harían menos sobresaltada, más estoica e impasible (y ya se sabe que quien no siente no padece). Abominar del coito sería una actitud antinatalista mucho más coherente y cabal que ligarse las trompas o hacerse la vasectomía.

En realidad, estos antinatalistas saben perfectamente que la vida está entreverada de goces a los que se aferran como lapas; lo que pretenden es prescindir, precisamente, del entrevero. Quieren gozar sin dolerse, quieren la risa sin el llanto, quieren disfrutar de los placeres de la vida y expulsar los sinsabores. No sólo los dolores del parto, sino también los sacrificios que exige la crianza de un hijo, a menudo tan gigantescos como las alegrías que brinda; pero, con tal de evitar los sacrificios, están dispuestos a prescindir de las alegrías (que, por otro lado, esperan sustituir con las alegrías sucedáneas que les dispensen sus mascotas). Y disfrazan su egoísmo de filantropía y su esclavitud de generosidad, según esa inversión de las categorías que tanto gusta a nuestra época. No contentos con ello, lanzan además un reproche sobre quienes osan procrear: «Tener un hijo es un acto egoísta que responde sólo a los intereses de los progenitores», afirman sin rebozo. Pero, suponiendo absurdamente que tener un hijo fuese una cuestión de mero ‘interés’, lo cierto es que ‘interesaría’ a mucha más gente que a sus progenitores. Interesaría, por ejemplo, a los propios antinatalistas, que (puesto que no se suicidan ni a tiros) algún día querrán cobrar una pensión que esos hijos nacidos de un ‘acto egoísta’ les sufragarán. También, por cierto, les puede ‘interesar’ a estos antinatalistas tan aferrados a la vida que, llegados a la senectud, alguien les limpie el culo, allá en la residencia de ancianos que podrán pagar más fácilmente que esos progenitores que tuvieron que emplear sus ahorros en la crianza de sus hijos. Y quien entonces les limpie el culo será hijo de alguno de esos progenitores que cometieron el ‘acto egoísta’ de concebirlo, parirlo y criarlo.

Tener un hijo no es un acto interesado, sino más bien –considerando el clima adverso– un acto de generosidad extrema. Y es también, como nos enseñaba Chesterton, «el signo de la libertad personal» más heroico que un hombre y una mujer pueden realizar, en medio de una sociedad capitalista. Pero, ¡oh sorpresa!, resulta que estos antinatalistas también justifican su religión erótica afirmando que «vivimos bajo un capitalismo terrible y despiadado y tener un hijo significa darle un nuevo esclavo al sistema». Desmontaremos este ridículo sofisma en una entrega próxima.