Errores que acrecientan nuestro optimismo

Artículos de ocasión

El año ha comenzado con dos noticias tan sorprendentes que puede que marquen una tendencia en este recién estrenado 2018. ¿Y si estuviéramos ante el año de las falsas impresiones, de las falsas alarmas, de las falsas realidades? Andemos prevenidos. Las dos noticias son distintas, pero con un tinte similar. En la primera de ellas, un preso español fue dado por muerto en la cárcel y enviado al anatómico forense. Era un preso joven y los guardianes lo encontraron azul e inmóvil en su cama. Dos doctores de la prisión certificaron su fallecimiento al no encontrarle las señales vitales en una exploración somera que les confirmó la muerte. El caso es que el preso llegó al forense dentro de una bolsa negra de esas con cremallera donde se trasladan los cuerpos. Allí, uno de los vigilantes escuchó sus ronquidos y algo después sus protestas y corrieron a abrir la bolsa y encontrar que el muerto estaba vivo. Aún no se han esclarecido las causas de su estado, incluso se manejó la posibilidad de un intento de suicidio por ingesta de pastillas, pero lo sorprendente es la resurrección, que ha reverdecido en los que crecimos con los cuentos de Poe rodados por la Hammer la idea de que después de muerto aún se revive para clavar las uñas, desesperado, en el forro interior del ataúd, una leyenda urbana de nuestra infancia.

El segundo incidente es aún más sorprendente y escabroso, si cabe. Las autoridades norteamericanas lanzaron por error un aviso de ataque por misil sobre la isla de Hawái. El mensaje lo recibieron todos los ciudadanos por el móvil, un sistema que ya es utilizado por muchos organismos oficiales. Sin ir más lejos, los españoles recibimos un texto en el móvil cuando viajamos al extranjero donde nos indican el teléfono del consulado local por si hay algún problema. El conflicto llega cuando no recibes mensaje ninguno ante problemas fundamentales o recibes uno por equivocación. Esto es lo que pasó en Hawái, y para cuando se resolvió que la alarma era falsa y se avisó a la población por todos los medios posibles del error, muchos de ellos ya habían pasado los peores momentos de su vida. Familias enteras en refugios improvisados, bajo la cama, dentro de armarios. Los más estoicos reunieron a los seres queridos y cogidos de la mano rezaron mientras esperaban la deflagración. No es raro que si el sistema de alarma consiste en que un tipo apriete un botón de mensaje pueda haber errores. Alguien se ha creído eso de que las nuevas tecnologías nos protegerán de accidentes, pero, más que eso, causarán su propio tipo de accidente, como ha sido el caso.

Lo terrible no es pensar que la alarma por ataque pueda lanzarse por error, lo peor es saber que el botón atómico está en manos de descerebrados de magnitud universal. Nunca el futuro de la humanidad estuvo en tan precario estado y, sin embargo, conservamos el optimismo de especie elegida, inagotables como somos para el asombro. El certificado de fallecimiento ha sido hasta ahora el único trámite que nos hemos tomado en serio, sabedores de que todo lo demás tiene enmienda y atajos de escape. Hasta ahora morirse era el trámite absoluto y recibir un ataque extranjero con misiles nucleares, la pesadilla más recurrente. Después de este arranque de año nos encontramos con que incluso esos dos vectores del pánico pueden estar siendo mal gestionados. Por esa regla de tres ya no nos creeremos ni la propia muerte ni el apocalipsis nuclear, por lo que el optimismo natural de nuestra especie recibe un impulso maravilloso. Tenemos que celebrar errores así porque nos acercan a la posibilidad de relativizarlo todo, que es lo que viene siendo el motivo por el que el ser humano medio no cae en la desesperación absoluta al observar su sino y el carácter de las personas elegidas para regir nuestros destinos. Claro que hay esperanza, por supuesto, quizá todo esto es un error, una falsa alarma. Si nada es verdad, nada duele tanto. No sé si es la peor manera de empezar el año o la mejor. Resolvamos la duda en diciembre.