Las ranas

Mi hermosa lavandería

Es enero y escribo esto en una zona rural reseca donde hace semanas que no llueve y puedes sentarte en el exterior y escribir tranquilamente al sol cuando el año pasado este mismo día nevó aquí mismo, y de la silla donde estoy sentada apenas se veía el respaldo, cubierta como estaba por un manto blanco. Que los vaivenes del tiempo y sus causas no sean la principal preocupación de los gobiernos y los ciudadanos del Primer Mundo nunca dejará de sorprenderme. Ya asumo que en el Tercer Mundo están demasiado ocupados en huir de guerras, hambrunas y catástrofes para ocuparse del tema, máxime cuando es la responsabilidad del Primer Mundo, sus necesidades superfluas, su egocentrismo atroz el que está causando este brutal desequilibrio, este cambio climático, cuyas consecuencias tenemos delante de los ojos sin que hagamos más que vanos y modestos intentos por afrontarlo. Siempre me resultó curiosa la frase «la naturaleza es sabia», máxime cuando va acompañada de la apostilla «el hombre, no». La naturaleza no necesita los avisos que decoran las cajetillas de tabaco con pulmones destrozados, fetos anémicos y corazones rotos: la naturaleza es su propia cajetilla. Las mimosas a destiempo. Los tsunamis. Los pantanos vacíos. Las yemas de los almendros muertas antes de tiempo. Los osos famélicos. Los pedazos de hielo perdidos. El calor inaudito de diciembre. Las nevadas brutales. Todos son señales fáciles de ver, entender y descifrar. Pero con la misma estúpida temeridad que nos hace pensar que llegaremos a los cien años sin sufrir y sin pisar un hospital, así evitamos enfrentarnos al crimen que estamos cometiendo con el único planeta al que podemos llamar ‘hogar’. Es realmente inaudito que en España no exista un partido ecologista con un programa sólido que tenga como prioridad salvar las costas, los árboles, el aire, las montañas: conservar la vida. Cuando apareció Equo, me pareció, por la trayectoria de sus fundadores, que esa podía ser la opción, pero fue fagocitado por Podemos y nunca más se supo. Ha habido otros intentos y no han prosperado. Nunca entenderé por qué. Paseo campo a través, las ramas secas crujen bajo mis pies. Hace calor y me sobra la gruesa chaqueta que llevo. ¿Quién iba a pensar que se podría pasear en manga corta en pleno enero? La carcasa de un pequeño jabalí yace en un campo de flores blancas. El sol hace brillar los colmillos. Llego a una laguna que el año pasado rebosaba agua, renacuajos, libélulas y hasta algún nenúfar silvestre despistado. Cada tarde de verano a eso de las siete de la tarde, indefectiblemente las ranas se ponen a cantar y se las oye desde casa: un coro que anuncia cada año la plenitud del estío, la efervescencia de abejas y moscas y avispas y lagartijas. Hoy sólo es barro seco. Me pregunto qué escucharé este verano, dónde habrán ido todas esas ranas por las que sentiré siempre una nostalgia indefinible.