El inquilino de la embajada

Palabrería

Homogeneidad. Hacía tanto que Frederic había llegado a la embajada de aquel país del sur que la percepción del tiempo estaba averiada. ¿Un año? ¿Dos, tres? ¿Cinco, ocho? Tenía que repasar el calendario y buscar la fecha exacta del ingreso en el palacete en el barrio de las embajadas, con la gran bandera del país envolviéndolo con su protección. Era un día que, por su trascendencia –y consecuencias–, jamás debería haber olvidado, pero lo hizo por culpa de la homogeneidad de las jornadas.


Cibernético. No le dio importancia al momento en el que entró porque, con el sencillo y cotidiano gesto de cruzar una verja, pensó que su estancia sería breve. Jamás creyó que transcurriría tanto tiempo, que se perdería todo lo que merecía ser celebrado con la gente a la que quería. En el instante de pasar no había sentido histórico ni predeterminación, sino un simple acto de supervivencia. Perseguido por los servicios secretos del país más arrogante del mundo, y por los jueces de otra nación tras ser sospechoso de una agresión sexual, buscó asilo en aquel sitio porque sabía que no lo extraditarían. Frederic era un activista cibernético con fama mundial y su asilo fue ampliamente publicitado, criticado, aplaudido, debatido.


Yeso. Al mirarse al espejo vio a un robinsón con la barba blanca y larga, una protección de mendigo para la calle, aunque él estaba bajo techo, al abrigo de las leyes internacionales y la Policía, siempre en la puerta. Frederic era de piel lechosa, como recién ordeñada, y la reclusión había acentuado ese blanco, monotonía rota por la barba del color del yeso y con la textura de una telaraña milenaria. Se había acostumbrado a vestir con chándal y a calzar zapatillas de fieltro. Los funcionarios estaban habituados a ese hombre que deambulaba por los pasillos como un indigente con protección diplomática. Se servía el café de las máquinas comunes, se aprovechaba de los servicios colectivos –y no siempre usaba la escobilla, algo que causaba repetidas quejas– y se duchaba en el vestuario de los guardas de seguridad. Cuando se encerró en la legación, llevaba una bolsa con ropa, pijama y neceser, precario vestuario que había ampliado con donaciones de los trabajadores, aunque su preferencia, por comodidad, eran las prendas deportivas. Dormía en un antiguo cuarto de la limpieza, del que solo quedaban las estanterías metálicas.


Fórcep. El primer cumpleaños de su ingreso fue celebrado a lo grande por el embajador, que aprovechó para recordar al mundo que, a diferencia de otros, su país era un garante de la auténtica libertad. También hubo velas y discursos inflamados en el segundo aniversario, pero a partir del tercero la fecha fue olvidada. Frederic seguía allí igual que el jarrón feo regalado por un familiar que nadie se atreve a tirar, okupa con relevancia mundial convertido en cactus después de que la propaganda se dispersara como la colonia en un vaporizador. El embajador, que tenía su vivienda privada en el mismo edificio, encontraba algunas veces al inquilino robándole los yogures desnatados del frigorífico, sesteando en un sofá de piel del comedor o gorreándole su querido whisky de 30 años. Frederic era un asunto de Estado, un huésped del presidente, así que se obligaba a sonreír con fórceps.


Chisme. A los diez años de residencia, cuando ya nadie recordaba quién era y por qué estaba allí, cuando el embajador era embajadora, cuando todos los funcionarios eran otros, lo echaron. Los guardias de seguridad fueron a buscar al pordiosero de cinco estrellas y lo pusieron en la calle con la bolsa con la que había llegado y cinco cajas con los chismes acumulados y muchos jerséis de segunda mano. Al atravesar la verja en sentido contrario se sintió aliviado. Por primera vez en una década notó el calor del sol sobre la piel de nieve. Se alegró de estar fuera, de recuperar la libertad. ¿Cómo sería el mundo ahora? Pensó que diez años de condena habían sido muchos para ni siquiera haber sido juzgado.