Yahli y la onza de chocolate

Pequeñas infamias

Desde que tengo nietos, me he vuelto a interesar por temas relacionados con la educación. Y más aún desde que leí Homo Deus. Breve historia del mañana, el espléndido (y aterrador) libro de Yuval Noah Harari. En él se habla de los desafíos que tendrán que afrontar las nuevas generaciones teniendo en cuenta la revolución tecnológica y, sobre todo, el imparable auge de la inteligencia artificial. Otro de los estudiosos del fenómeno, Anthony Goldbloom, explica los retos que se avecinan tomando como ejemplo el caso de su sobrina Yahli, una niña de tres años con una madre médica y un padre abogado. Dice Goldbloom que, cuando Yahli llegue a la universidad, estas dos profesiones así como multitud de otras habrán cambiado por completo. Según estudiosos de la Universidad de Oxford, uno de cada dos empleos tal como los conocemos ahora será llevado a cabo por una máquina. ¿Ciencia ficción? No, inteligencia artificial (IA). Hasta ahora, la IA era capaz de realizar solo funciones simples. Como calcular el riesgo de un banco al otorgar un crédito o corregir un examen de matemáticas, siempre que se lo dotara de la información previa necesaria. Sin embargo, al sofisticarse cada vez más los programas y al tener acceso al llamado big data, es decir, al conjunto de datos masivos sobre cualquier disciplina como historiales médicos, jurídicos, estadísticos, etcétera, la capacidad de las máquinas de procesar datos las convierte en imbatibles. Tomemos el ejemplo de un médico. Un buen oftalmólogo tal vez pueda ver, pongamos, que cincuenta mil ojos a lo largo de su carrera; una máquina, en cambio, logra ver millones en solo un par de minutos. Pero una máquina tiene aún más ventajas. Un médico cumple una jornada laboral de ocho horas, a una máquina se la puede consultar las veinticuatro horas al día desde el teléfono y prácticamente sin coste alguno. Una máquina no tiene cambios de humor ni problemas personales ni fines de semana ni bajas laborales. Y lo dicho de un médico se puede extrapolar a un abogado o a cualquier otra profesión que requiera un conocimiento previo y exhaustivo de una disciplina concreta, es decir, la enorme mayoría de ellas. Si el caso es alarmante respecto a las profesiones universitarias, el efecto amenaza con ser devastador en el de empleos de menor cualificación como los relacionados con todo tipo de servicios o los que requieren mano de obra no cualificada. Las máquinas serán –en realidad ya son– mejores (y por supuesto también más baratas) chóferes, trabajadores fabriles, guías turísticos, etcétera. ¿A qué se dedicarán entonces las generaciones venideras si desaparecen todos los oficios manuales y la mayoría de las profesiones tal como hoy las conocemos? ¿Qué deberá estudiar entonces Yahli, de tres años, o mi nieto Jaime, de diez, por ejemplo? La respuesta, según Goldbloom, está en una onza de chocolate. Pero no en una cualquiera, sino en la que guardaba el ingeniero Percy Spencer en el bolsillo de su camisa un día de allá por 1954. Esa mañana, Spencer se encontraba estudiando el funcionamiento de un radar y, al estar parado delante de un magnetrón en funcionamiento, notó de pronto como la chocolatina que llevaba en el bolsillo comenzaba a derretirse. Intrigado, decidió probar con un puñado de maíz y segundos después comenzaron a volar palomitas por toda la habitación. Acababa de inventarse el microondas, algo que jamás podrá hacer máquina alguna. Porque una máquina es incapaz de manejar situaciones con las que no se haya enfrentado antes (recordemos que ella ‘aprende’ manejando enormes cantidades de datos suministrados previamente). El ser humano, en cambio, es capaz de conectar informaciones disímiles –en el caso de Spencer su conocimiento de las radiaciones electromagnéticas, con su apreciación de que estas producen calor rápido, algo muy útil en la cocina– para crear algo nuevo y revolucionario. ¿Qué nos enseña esto y cómo se puede aplicar a la hora de que los jóvenes elijan un camino profesional? Simplemente, es necesario tener en cuenta que las profesiones con menos futuro son aquellas que requieren funciones repetitivas.
En cambio, las que requieran imaginación, creación y arrojo para atreverse a salir del camino trillado no solo tendrán éxito, sino que son el verdadero futuro.