Sin esperar a la película

Artículos de ocasión

Antes, cuando una novela popular se vendía de manera masiva, nos decíamos de manera automática: «Esperaré a que hagan la película». Era una forma de ahorrarse el trámite. Hoy en día la situación ha cambiado y es al ver una noticia muy chocante o sabrosa en los noticiarios cuando nos decimos: «Esperaré a que hagan la película». Confieso que me ha pasado con la noticia de la detención del matrimonio Turpin en California. Según las crónicas, en el interior de su hogar creyente y rabiosamente tradicional procedían a la tortura sistemática de sus trece hijos, negándoles el alimento, la higiene, la vida social y el cariño, es decir, tratando de criarlos en una burbuja deshumanizada que los convirtiera en zombies a su servicio. Más allá de tratar de raspar hacia el fondo de la noticia, la mayoría nos hemos dicho: «Bueno, habrá que esperar un par de años, pero veremos la película y apreciaremos las interpretaciones de ese par de actores que se llevarán premios por encarnar a los padres». Aunque, todo sea dicho, el progenitor a quien se parecía, incluso en el corte de pelo, era a los protagonistas de Dos tontos muy tontos, siempre injustamente despreciados por los galardones interpretativos.

En mi caso particular, este tipo de noticias siempre me devuelven al tiempo en el que viví en California. Creo que desde mi vuelta a España casi todas mis convicciones sociales se han sostenido en el contraste con lo que aprecié allí. Y, para mí, la prioridad nacional ha de ser la de no convertirse en una imitación de aquello. Entre otras cosas frecuenté a algunos padres que se negaban a escolarizar a sus hijos porque así los protegían de la inseguridad y las malas influencias. También conocí de primera mano a los esencialistas democráticos que consideraban que el Gobierno y sus intervenciones reguladoras eran limitaciones intolerables a su libertad. Por supuesto que también traté a los amantes de las armas o sencillamente a quienes depositaban en ellas la tranquilidad de su hogar. Y es cierto que pude apreciar lo que es un país sin trabas más que para los pobres y emigrantes, pero prefería con mucho la farragosa burocracia europea al abandono siniestro.

Hubo también aspectos positivos que me influyeron para siempre, que tienen que ver con la estupenda capacidad para nacer nuevo, para creer ser una versión inédita de ser humano. Asombra esa capacidad que a ratos parece ingenua por sostener que todo está a nuestro alcance y por seguir creyendo en eso que antes se llamaba el sueño americano y que hoy ya sabemos que es la fantasía capitalista por antonomasia, el considerar que no hay barreras para el triunfo personal. Es precisamente esa fantástica capacidad para lo individual la que invadió de manera peligrosa la organización familiar en los Estados Unidos. Frente a la dependencia emocional que nosotros padecemos, ellos decidieron independizarse de la familia y distanciarse de ella. Por eso, en noticias como la del matrimonio Turpin lo que más nos asombra es la falta de relaciones vecinales y familiares, con abuelos que llevaban más de un lustro sin saber de sus descendientes. Ese profundo individualismo arrastra consigo la formación de familias aisladas, que protegen su intimidad de manera tan radical que a ratos pareciera que esconden siempre un enorme crimen interior.

Ahora que en los países más ventajosos de Europa comienza a tratarse el drama de la soledad de los ancianos, podemos apreciar sin ninguna duda el rastro de la imitación en el modo de vivir de los estadounidenses. Empezamos a dar signos de que no somos capaces de evitar el contagio porque hemos abrazado sus formas de relación y su modelo económico hasta el punto de negar nuestra propia personalidad y la histórica dimensión de nuestras ciudades y familias. Transmitimos una peligrosa tendencia hacia el aislamiento, fomentada por el negocio de las grandes empresas tecnológicas norteamericanas, que nos arrastran hacia un modelo de vida sin integración real, donde incluso los hijos se convierten en propiedades privadas que exigimos dominar al margen del torpe manto protector del Estado, ya sea para negarles las vacunas o para educarlos en nuestras convicciones íntimas. No hace falta ver la película de los Turpin para saber que la negación del vínculo social produce monstruos.