Los premios

Mi hermosa lavandería

Hay algo de mágico y, a la vez, de banal en todos los premios. Cuando yo era una niña, veía en televisión esos programas donde premiaban a la gente con neveras, cocinas, ramos de flores, túrmix… y recuerdo que siempre le preguntaba a mi madre –porque yo pensaba, y lo pensé durante mucho tiempo, que la televisión era una prolongación de nuestro hogar– cuándo nos darían algo así a nosotras. Mi madre siempre fue muy clara y nunca me dio largas: ninguno de esos premios iba a ser nunca para mí, para nosotras. En el colegio, recuerdo diplomas, un minitrofeo de un campeonato de baloncesto y alguna medalla que debe estar criando malvas en alguna caja de zapatos con manchas de humedad. Nunca pensé demasiado en los premios ni en las recompensas. Más tarde, cuando veía en diferido las retransmisiones de los Oscar, siempre me fijaba en las caras de los que perdían: ese esfuerzo sobrehumano por fingir una dignidad que no se tiene porque, por mucho que te alegres de la victoria de un compañero/a, la ceremonia del premio te coloca en la posición de desear el premio y penar por su ausencia. Es famosa ya la reacción de asco profundo que tuvo Frances McDormand en unos pasados Golden Globes cuando no la premiaron por una serie que protagonizaba: fue una rara oportunidad de ver la auténtica cara que todos los perdedores tienen, que consta de decepción («yo creí que esta vez sí»), rabia («¿y por qué a mí no?»), conmiseración («ellos se lo pierden») y la tensión que provoca saber que pase lo que pase no debes dejar traslucir lo que realmente estás sintiendo (aunque en el caso de la genial Frances McDormand esta última parte no se aplica). Con el tiempo me tocó a mí asistir a ceremonias donde se suponía que algún premio me tocaría. Yo a estos eventos suelo ir con una resignación ejemplar y un fatalismo extremo: si te toca el premio, hay que subir y, digas lo que digas, a menos que encuentres algo genial que decir, como Fernando Trueba cuando dijo que él no creía en Dios pero creía en Billy Wilder, alguien de tu equipo o de tu familia o de tus amigos o del público en general se sentirá ofendido o molesto o con la potestad de afearte lo que has dicho o dejado de decir. Para acabar de arreglar las cosas, las ceremonias son cada vez más híbridos entre pseudoshow de Las Vegas y mítines politicosociales donde parece que hay, por obligación, que protestar, arengar y reivindicar. El ejemplo más extremo fue la última gala de los Gaudí, donde primó la peregrina asunción de que todos los catalanes penamos por la ausencia de políticos en la cárcel o de tour interraíl, o nos tenemos que callar ante la burda manipulación de temas: el maltrato a las mujeres mezclado con la figura de Companys y Puig Antich (¿?). Lo bueno de una ceremonia así es que la indignación que te causa es proporcional al alivio de no tener que subir al escenario a recoger el trofeo de marras. No hay mal que por bien no venga.