En la piel del camaleón

Palabrería

Robot. Siempre le habían dicho que tenía una cara muy corriente. Del montón, vulgar, sin ninguna característica remarcable. Ese era, en su opinión, el rasgo más particular: que en su cara estaban todas las caras. La nada ya era, en sí misma, algo. Podía ser otros sin dejar de ser él. Podía ser cualquiera porque la nariz, los ojos, la boca o el mentón, incluso el peinado –un elemento maleable que era posible transformar con rapidez–, formaban parte de un catálogo de piezas intercambiables con otras similares. Él era el robot número uno de los retratos robots. ¿Qué lo hacía neutro? El equilibrio, que también podía ser visto como algo amorfo que no merecía atención.


Máscara. Lo habían confundido tantas veces con una persona diferente que para estar seguro de su identidad se repetía cada mañana, mientras se afeitaba y la espuma blanca en retirada desvelaba un rostro anodino, cómo se llamaba, quiénes eran sus padres, su mujer y sus hijos, dónde trabajaba. Cuando se quitaba completamente la máscara de espuma, volvía a ser él. Era Nadie. Nunca tuvo interés en ser Alguien.


Palma. A una edad muy temprana comprendió las ventajas de la invisibilidad a la vista. Disfrutó al adaptarse a la piel del camaleón. Al principio le molestaba que, en el colegio, al pasar lista y él levantar la mano, los profesores no lo vieran y tuviera que insistir moviendo las dos palmas. O que en el campo de fútbol, pese a encontrarse desmarcado –porque los rivales tampoco reparaban en él–, los compañeros nunca le pasaran la pelota. O que, en casa, los padres lo llamaran con el nombre del hermano y que, en el caso contrario, jamás fallaran.


Conflicto. Para llamar la atención, comenzó a planear gamberradas de cuyo castigo siempre se libraba porque difícilmente lo consideraban sospechoso. Capacitado para el hurto de golosinas y revistas pornográficas en los quioscos, se convirtió en un reconocido revendedor por sus bajos precios, aunque si alguien preguntaba a los chavales a quién se lo habían comprado, no tenían respuesta. A medida que fue creciendo, usó su olvidable presencia para caer siempre bien a todo el mundo –aunque lo ignoraban rápido–, para eludir el conflicto y el compromiso, para evitar el dolor de la amistad y del amor. Aquella chica se casó con él porque no tenía ningún argumento para no hacerlo.


Transparente. Por el contrario, se tuvo que habituar a que, cuando hablaba, los demás superpusieran la conversación sobre sus frases. A que ninguna mujer conocida en el pasado recordara haber tenido una relación sexual con él. A que en el trabajo el jefe no supiera exactamente a qué se dedicaba. A que cuando en casa ordenaba algo a los hijos, estos no le prestaran interés. A que por la calle, mil veces, alguien lo saludara pensando que era otro y él, cansado de negarlo, se tuviera que entretener hablando con aquella persona en nombre de un desconocido. Le divertía la confusión no desmentida y correspondía a las preguntas del extraño o de la extraña con otras similares, inocentes convenciones que incluían a los hijos y su estado de salud. A veces se aventuraba y proponía al interlocutor compartir una caña, consciente del riesgo pero también estimulado por él. Profundizaba entonces en la intimidad del recién conocido partiendo de una amistad tan antigua como inexistente. El acompañante le abría el corazón porque se sentía cómodo en la presencia de un ser transparente.


Cuco. Una noche de sexo matrimonial con esa monotonía eficaz que los acercaba al mecanismo del pájaro del reloj de cuco, la mujer, en un éxtasis pasajero, gritó el nombre de un tal Samuel. Invocó varias veces a Samuel hasta que tuvo el orgasmo. «¡Sí, Samuel; sí, Samuel; venga, Samuel!». Confundido y desconcertado, el hombre aguantó como pudo el terremoto físico. Después de recuperar la respiración y ya tumbados boca arriba, él le recordó que se llamaba Pascual y que había jaleado a un desconocido. Tranquilamente, la mujer se levantó de la cama para ir al lavabo mientras le decía sin darle importancia: «Oye, pues eres clavadito, clavadito a Samuel».