Croquetas

Reinos de humo

LA CENICIENTA de la cocina se llama croqueta. No hay producto de origen tan humilde que haya conquistado como ella las mesas y conversaciones de restaurantes finos, tabernas y casas pudientes. Se han tenido que bolear millones de ellas hasta que ha ocurrido, pero ya está en palacio con sus zapatitos de cristal. Como todas las plebeyas que han devenido en reinas, ha tenido que pasar por el gimnasio y hasta por el bisturí y ahora luce con la elegancia de Audrey Hepburn su cremosa majestad, casi líquida, con la cuarta parte de harina que sus abuelas, y el tostado brillante en la piel, levísima y crocante, como solo se consigue en un crucero largo por Bahamas.

La croqueta ya no corre el riesgo de convertirse en fritanga. Se la respeta y se la teme tanto como se la desea. No le va a pasar como a su pariente lejana la albóndiga, que apegada a la cazuelita de barro recibió la puntilla de puño y letra de la RAE el día en que incluyó en el diccionario el nombre de ‘almóndiga’. Nuestra reina desbancó hace mucho a la tortilla y aún tiene muy lejos a la ensaladilla. La croqueta es sencilla, pero muy elegante, del gusto contemporáneo, y con más versiones que la canción What a wonderful world, aunque solo cuenten las de jamón, seamos sinceros. Si se presentara a las elecciones, sacaría más votos que ninguno de los actuales candidatos porque todo el mundo la entiende y a nadie molesta. En los cuarenta los ‘maletillas’ que aspiraban a convertirse en toreros se lanzaban como espontáneos a los ruedos para mostrar su arte. Hoy no son pocos los cocineros que se lanzan a un campeonato sabedores de que una croqueta ganadora les cambiará la vida.