Abrazar la basura

MI hermosa lavandería

Llevo semanas en Estados Unidos y cuanto más tiempo llevo aquí, más acepto las cosas que, en el momento inmediato a mi llegada, me chocan. La basura, por ejemplo. Las enormes bolsas negras de basura que se agolpan en la puerta de todos los negocios cada noche. ¿Cómo puede ser que aquí la gente produzca tanta basura? De hecho, cada americano produce tres veces más basura que un latinoamericano y más del doble que un europeo. Y cinco veces más que un africano. Aquí no te cobran las bolsas de basura e insisten en ponerte dos. Aunque no quieras pajita para beber y así lo indiques, te la ponen de todas maneras, así como cubiertos de plástico, más servilletas de las que vas a necesitar en una semana, botellitas de plástico con mil y una salsas, etc, etc. El resultado es pavoroso y a las nueve de la noche Nueva York es una ciudad invadida por enormes bolsas de plástico negras, que cuando sopla el viento emiten unos lúgubres sonidos y vigilan a los transeúntes indiferentes. Otra cosa que me choca: cada vez resulta más difícil encontrar sitios donde vendan The New York Times. El domingo pasado, recorrí veinte calles del Lower East Side sin encontrar un lugar para comprar un ejemplar. Recuerdo bien el tiempo en que estaban por todas las esquinas, resultaba difícil encontrar un lugar donde no estuviera The New York Times. Y cuando lo encuentro finalmente, no puedo dejar de hacerme cruces del contenido en la sección Metropolitan, una de mis favoritas. Hay un artículo que me provoca una vergüenza ajena inimaginable: un relato en primera persona, escrito sin demasiada gracia, de un hombre con una enfermedad seria, pero no incurable, que decide comprarse un Rolex en el que hay párrafos enteros sobre la belleza del reloj, la perfección de la correa, la elegancia de las manecillas, etc. Busco una y otra vez si es un artículo pagado por la marca de los relojes, pero no. Y no lo consigo entender. También hay otro artículo escrito por la periodista que cubre las bodas, digno de argumento de película de Jennifer Lopez: ella siempre ocupándose de las bodas de los demás y añorando la suya propia, para la que no tiene todavía candidato (o víctima). En el ejemplar del domingo también hay un artículo de Maureen Dowd burlándose una vez más de Trump y la cadena de mujeres que se pasean por los platós televisivos contando con todo lujo de detalles, a cual más patético, su relación con el tipo. La opinión pública norteamericana parece completamente indiferente a las andanzas de su presidente. Hechos que en cualquier otro mandato hubieran causado un inmediato impeachment (Rusia, las porno stars, los despidos intempestivos, Melania) ahora son algo completamente normal. Incluso a mí todo empieza a parecerme normal. Un día de estos me pondré a pedir más servilletas y más bolsas de plástico y dejaré de leer con ojos críticos The New York Times o incluso puede que deje de leerlo. Y hasta puede que una noche empiece a abrazar las bolsas de basura.