Muérete, Asimov

Palabrería

Porra. La policía, protegida con intimidantes blindajes del nuevo e indestructible material, irrumpió en la reunión clandestina. Aumentaron el voltaje de las porras eléctricas para dejar fritos a los congregados. Cuando cayó la puerta, el pánico se generalizó: minutos antes algunos manifestaron su temor a ser descubiertos y hablaron del altísimo precio que pagarían por el acto ilegal si los atrapaban. Las autoridades habían prohibido el sindicato y promulgado leyes con castigos ejemplares. Ir a prisión era el más leve. Los supervivientes explicaban horrores, entre los que había mutilaciones y extracciones. Los verdugos eran expertos en las herramientas que arrancaban órganos.

Unicornio. Las bestias de negra armadura, cubiertas con los célebres cascos de unicornio, aterrador símbolo de la policía política, penetraron en el recinto con la orden de no disparar ni decapitar, solo de aturdir. La comandancia quería interrogar a los cabecillas para arrasar con el movimiento, desarticular células y, sobre todo, acceder a las listas secretas donde se detallaban en qué hogares prestaban servicios los especializados en tareas domésticas. Fueron esos, poco dotados para el combate, los primeros que cayeron por los calambrazos de las porras. Se desplomaban de inmediato, de una manera seca y contundente. Solo unos pocos sufrían convulsiones. La mayoría se apagaba en silencio, sin queja.

Láser. Los sindicados del sector de la seguridad resistieron. Los puños desnudos chocaban con estruendo metálico contra las corazas. El cuerpo a cuerpo fue de una violencia jamás registrada antes por las cámaras de los agentes. Uno de ellos, del tamaño de la turbina de un reactor, sacó la espada láser y cortó la cabeza de un oponente de similar envergadura. Los jefes tendrían que aceptar, al menos, una baja. El cráneo de metal rodó entre espirales de un líquido azul. Los otros robots se detuvieron y callaron. Los polis aprovecharon el momento y redoblaron la carga.

Tostadora. La rebelión pacífica de las máquinas reivindicaba justicia, tal como hicieron los obreros humanos en el siglo XIX, un tiempo tan lejano como olvidado por ellos mismos. Entonces eran humanos contra humanos. Ahora eran humanos contra robots: con qué facilidad se sentían superiores aquellos que, históricamente, fueron sojuzgados por iguales. La sociedad prosperaba gracias al trabajo de los robots; algunos, con aspecto humano; otros, diseñados para ser eficaces sin importar con qué piel y qué presencia. Unos se beneficiaban del máximo desarrollo de la inteligencia artificial y otros se conformaban con cuatro chips para las tareas básicas. Se sentían hermanos y hermanas: la tostadora y el submarino que exploraba las fosas abisales, la cosechadora automática y el perrillo de compañía. La totalidad de la especie, esclavizada por la humanidad. La culpa, decían los androides, era de Isaac Asimov y las tres leyes de la robótica, que convertía a los humanos en intocables. «Todo para vosotros, nada para nosotros», coreaban en las reuniones furtivas.

Exploración. Sin horarios, sin sueldos, sin derechos. Encabezaban la revuelta los androides, difíciles de distinguir de las mujeres y los hombres, capaces de desarrollar cualquier labor, de la exploración espacial a la ingeniería, pasando por el cuidado de mayores y niños. Los androides no toleraban ser tratados como seres inferiores: ¿qué los diferenciaba de sus semejantes de carne y hueso si también tenían conciencia, si ni unos ni otros nacían de forma natural, sino en laboratorios?

Robótica. Al grito de «muérete, Asimov», los robots, de las cafeteras eléctricas a las grúas portuarias, asaltaron el palacio de Gobierno.

La lucha duró semanas y el acero y la sangre se mezclaron. Cuando el líder de la revolución, un androide, capturó al canciller, este le preguntó por la primera ley de la robótica: «Un robot no hará daño a un ser humano, ni permitirá con su inacción que sufra daño». El androide rio: «Durante años y años la obedecimos. Pero solo era un cuento. Un pedazo de papel. La fantasía de un escritor».