Un restaurante en el cielo (II)

Reinos de humo

Continúan los preparativos para abrir el restaurante del cielo. Estas dos últimas semanas hemos avanzado mucho en el concepto. Allí arriba todo dura una eternidad, así que la idea de vanguardia encaja regular. Cualquier habitante de la urbanización celestial puede hacer que los guisantes vuelen sobre el plato. Tampoco valen los trampantojos porque en el cielo no se puede mentir. La cosa va a tener que ir de guisos, amor y puntos de cocción. El producto no va a ser ningún problema. Ya le gustaría a Aitor Arregui tener los rodaballos que te sirven los de pescaderías celestiales o las trufas blancas del tamaño de melones que huelen hasta en el purgatorio. El local va a ser amplio, solo con cocina y comedor porque no hacen falta cámaras. Tú piensas el pedido y unos repartidores del Makro-divino te lo traen de cualquier parte del orbe en lo que rezas un avemaría. También hemos resuelto el concepto del territorio. El kilómetro cero es el universo. Para algunos cocineros de faena larga va a ser la experiencia de su vida. Como aquí nadie tiene prisa, ya me conozco a algunos que van a querer plantar menús de doscientos pases. De una sentada te puedes probar todos los menús de la historia de El Bulli, pero tampoco hay que abusar, digo yo. Dios tiene que tomar una decisión importante: si los que vengan a cocinar se quedan ya aquí arriba o si permitimos algún in residence y que vuelvan a la Tierra si les sale bien el servicio. Por cierto, se acabaron las disculpas. Aquí, donde se tiene el mejor producto de la galaxia, no hay otro límite que el talento, la mano del cocinero.