Héroes y pastís

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En la primavera de 1985, recién cumplidos los cuarenta años, Amélie Gourdet, natural de Cayon-Église (Normandía), pudo cumplir el sueño de toda una vida. Con el dinero ahorrado atendiendo la barra del Café de la Gare, restauró para habitarla la casita rural donde nació y pasó su infancia y que quedó abandonada después de la muerte prematura de su madre. A su padre no llegó a conocerlo. Su madre le contó que fue un muchacho del pueblo, miembro de la Resistencia, con el que se casó apuradamente durante la guerra, pero que, después de dejarla embarazada, murió ejecutado en las ergástulas de la Gestapo de Caen. Eso bastó para que Amélie idealizara a su padre como romántico paladín de la libertad y la patria francesas, lo cual le permitió hallar consuelo para los rigores y los tedios de una existencia sin alicientes más allá de los traguitos vespertinos de pastís y los macarrons dulces, que fueron la perdición de su figura. Iba, con su escarapela, a todas las celebraciones anuales de la Liberación, donde ocupaba un lugar entre los reservados para los familiares de los héroes.

Durante la rehabilitación de la casa, en el sótano fue descubierta una baldosa donde alguien dejó grabado lo siguiente con la punta de una bayoneta: «John C. Calper. 1St Infantry Division. Austin (Texas)». Una vez consultado, el alcalde del pueblo, veterano de la Resistencia él mismo, explicó a Amélie que esa casa estaba situada en lo que fue el escenario de la Batalla del Bocage, posterior al Desembarco. Y que ahí debieron de estar apostados o alojados soldados aliados que participaron en ella. Uno quiso dejar su firma. Amélie protegió la baldosa con una pantallita de metacrilato y fue dejándose ganar por la curiosidad hasta el punto de que un día decidió averiguar si en Austin (Texas) vivía todavía un John C. Calper que pudiera ser el soldado. Ayudada por la bibliotecaria del pueblo y por un primo suyo que servía como gendarme, consiguió encontrarlo. Cuarenta años después de terminada la guerra, John C. Calper era un sexagenario propietario de pozos petrolíferos, millonario con sombrero Stetson y botas hechas a medida, que todos los 4 de julio y los V-Day salía a desfilar con su gorra de veterano de la Big Red One.

Hubo un intercambio de cartas durante el cual a Amélie le sorprendió la enorme curiosidad por la casa y sus antiguos habitantes de Calper. Más extrañada se quedó aún cuando le anunció su visita para «ponerme un poco nostálgico con mis recuerdos de guerra». Calper nunca había regresado a Europa después de la Victoria, por lo que esta llamada de su pasado, personalizado en Amélie Gourdet, le pareció un buen pretexto para hacerlo. «Visitaré –le dijo por carta– a todos los buenos camaradas que tengo en el cementerio de Colleville».

Calper llegó a Cayon-Église conduciendo desde París un Citroën Tiburón alquilado. Ya estaba emocionado por los muchos recuerdos que el paisaje y los restos de la guerra agitaron en su interior. En cuanto entró en el Café de la Gare, los dos parroquianos que estaban presentes se quedaron asombrados por el parecido entre Calper y Amélie. Era como si su padre regresara de una falsa muerte, cuarenta años después. Sólo que este yankee no podía ser su padre. ¿O sí?

Esa noche, después de cenar, Calper se lo contó sin suavizarlo. Su madre vivía en la casa donde él y un compañero hallaron refugio. Intimaron. Ella tenía necesidades sexuales porque su marido llevaba un año en el maquis. Ellos tenían tabaco y chocolate. En cuanto llegó la primera carta, Calper sospechó que le escribía su hija porque Daniels, su compañero, sólo penetró a la madre de Amélie por vía anal durante el trío. Le dio un abrazo. Le dijo que no podía ir a Austin porque él tenía una familia, pero que seguirían escribiéndose. Y se fue en el Tiburón.

En el día de la Liberación de ese año, Amélie miraba absorta su escarapela, sin animarse a ponérsela, mientras el alcalde le tocaba el timbre para que se diera prisa, pues el homenaje a los héroes iba a empezar.