Aprendamos de las amapolas

Artículos de ocasión

Todo el mundo repite la frase aquella de «guárdame de mis amigos, que de mis enemigos ya me guardo yo». Siempre me ha resultado demasiado penumbrosa. Sin embargo, muy a menudo he observado que aplicarla al éxito y a la relevancia sirve para ser prudente ante la autosatisfacción. Es muy habitual ver a grandes figuras del arte atravesar las mayores dificultades en su carrera y vencerlas hasta toparse con el éxito y, ahí, ya no ser capaz de imponerse. El éxito en muchas ocasiones fabrica la soberbia. Verdaderos mamarrachos que asentados en su relevancia pretenden hacer pasar su orgullo y satisfacciones propias por virtudes del carácter. Por eso he apreciado tanto a la gente que después del éxito es capaz de emborronar de nuevo páginas, partir de cero, suicidarse profesionalmente y tratar de revivir las experiencias anteriores a aquellos momentos en que te creíste importante. Durante años se han fabricado maldiciones para ejemplificar el daño que causan los grandes galardones, hasta el Premio Nobel de Literatura dicen que aboca a una obra inane y poco exploratoria, más bien a aceptar el papelón de un papado laico y la latosa veneración de quienes no leen salvo que les garanticen la importancia del firmante.

Me alegró muchísimo el éxito de Patria, la novela de Fernando Aramburu, que ha batido todas las marcas de permanencia en listas y de unanimidades opinativas. La leí tan temprano que aún pude disfrutar de las reacciones bastante previsibles que la lectura política y social del texto deparaba. Libros anteriores de ese autor me habían parecido asombrosos por la precisión emocional y aún más anteriores por un humor personal y turulato. En Patria se dieron una vez más la mano la honestidad de los intereses personales de un escritor y las curiosas prioridades de una sociedad. Cuando eso pasa, lo mejor es no entrar en honduras y saludar la suerte del premiado. Lo mejor del caso es que a Aramburu le llegó el éxito en un periodo de su vida donde volverse imbécil ya es más complicado. Con las hijas crecidas, la peripecia vital en un mirador sosegado y las ansias de venganza o de hacer pagar con rencor a los demás las décadas de anonimato ya calmadas.

Pero al leer en estos días su último libro he confirmado algunas sensaciones. La editorial lo ha encuadernado con lujo y se transmite la seguridad del libro objeto, que si muchos no lo leerán al menos lo comprarán. Como pasaba antes con los premios literarios, cuando tenían algún prestigio. Se titula Autorretrato sin mí y son fragmentos de un diario sensorial, donde Aramburu da cuenta de las cosas que le emocionan o le despiertan las ganas de escribir cuando no tienes la calma para escribir nada de largo aliento. Es, digámoslo así, un libro contra el éxito. Lo que le hace formidable, porque transparenta la personalidad de un autor que juzga lo que le ha pasado como un curioso malentendido donde él se considera más parte invitada que anfitrión. La reacción natural ante el éxito desmedido es pensar que te lo mereces, que te lo has ganado. Contiene muchas dosis de inteligencia protegerte frente a él y no hacerlo desde la coquetería y el parapeto que te separe del vulgo, sino desde la normalidad y el encogimiento de hombros ante el rasgo de tu obra que no dependió de ti.

Cuando Aramburu se plantea la poca cordura que demuestra quien se lanza a la vida artística tras las presencias inmortales de Mozart o César Vallejo, concluye, para animarse, que también las amapolas alegran la breve jornada con su sencilla condición de amapolas. Es precisamente esa reducción a lo orgánico lo que otorga al nuevo libro de Aramburu, escrito tras la amenaza de catástrofe que se esconde en la letra pequeña del éxito, la condición de salvavidas. En un panorama donde el resentimiento del triunfador es habitual y el rigor mortis se apodera de casi todo el que palpa un poquito de gloria en vida, qué bien que se recibe un desinflado de ínfula como el que ha escrito. Podrá quizá incluso, cuando todo pase, seguir gozando del placer de escribir, emborronar, dudar y arrancar de cero, que es el mayor éxito de una carrera