La chaquetilla

Reinos de humo

Cuando siento que me estoy poniendo solemne, suelo frenar antes de la curva y apuesto por el humor. No hay cosa más desastrosa que se te vaya la mano con el chile habanero o con la solemnidad. Así que voy con cuidado porque hablar de uniformes siempre es delicado. Gracias al nuevo star-system de la cocina, a todo el mundo le ha dado por vestirse de chef. Dejo a un lado a los donostiarras y azpeitiarras, los únicos ‘civiles’ que se ponen de blanco para su tamborrada en homenaje al oficio. Me refiero a los políticos y a los famosetes. Los dejas sueltos un minuto y se te ponen la chaquetilla para la foto. A la última que vi hacerlo es a Cristina Cifuentes en Madrid Fusión. Fue llegar al expositor de su Comunidad, vestida como un pincel, y en un pis pas desaparecer y salir de cocinerita sonriente para el telediario. Me revolvió las tripas, y eso que su imagen de servidora pública aún estaba incólume. Hace unas semanas, en el homenaje a Arzak en Marbella, había veinte de los más relevantes cocineros del país dando la cena con sus chaquetillas bien almidonadas. Ferran Adrià y Martín Berasategui, sin embargo, iban de civil porque ellos acompañaban a Juan Mari, pero no cocinaban. Lo que siento íntimamente es que la chaquetilla solo es para quien cocina. No crean que yo no tengo las mías. Las guardo con todo el cariño en un armario, pero solo me las he puesto cuando he estado en una cocina profesional, ni siquiera en la de mi casa esos días que te dedicas en cuerpo y alma a dar de comer a la familia y los amigos. Por respeto