La cucaracha

Mi hermosa lavandería

Estamos sentados en cómodas butacas con mesitas abastecidas de agua mineral, llevamos ya los micros puestos. Hay un público numeroso y expectante en la platea de este salón cuajado de columnas, que pertenece a un lujoso hotel. Vamos a hablar de las adaptaciones literarias al cine, un tema que tanto yo como mis compañeros de mesa conocemos bien, pues todos hemos escrito diversos guiones cinematográficos basados en novelas, con mayor o menos fortuna. Y, sin embargo, no me abandona el sentimiento profundo de irrelevancia, como si todo lo que vamos a decir en realidad es totalmente prescindible: tengo mañanas y tardes así cuando el mundo y sus cosas se me antojan de una futilidad sin límites. Como ya me conozco, aparto como puedo esa idea e intento contestar todo lo coherentemente que puedo a las preguntas de la moderadora y escuchar cuidadosamente las palabras de mis compañeros. No puedo evitar preguntarme quiénes son los que pueblan la sala haciendo fotos y tomando notas. ¿Guionistas en ciernes? ¿Novelistas? ¿Alumnos de talleres de escritura? ¿Curiosos? Seguramente hay de todo. Y seguramente muchos han escrito ya textos que buscan su audiencia. Quizá nuestras experiencias puedan servirles de algo: de estímulo, de aliento, de acicate, de orientación. Ojalá. Bien es verdad que mi experiencia es bastante peculiar, porque yo empecé a escribir guiones porque me parecía el único camino viable a la dirección y el único que se me ocurrió en mi adolescencia: de pura chiripa lo fue. Nunca conocí a un guionista o a un escritor más que por lo que de ellos se decía en las propias películas. Y lo único que puedo decir es que, para escribir un guion, hay que tener algo que decir y disciplina y trabajo para decirlo. Si es bueno o malo, si sirve o no sirve, eso es harina de otro costal. Mientras todos desgranamos nuestras peripecias personales con los guiones, observo una cierta agitación en la primera fila del público. Me inclino para ver qué es lo que pasa y veo una cucaracha paseándose ante el público como Pedro por su casa, salida de un desagüe que se halla en el suelo, justo delante del espacio que separa a la audiencia de la tarima de los oradores. El tamaño del coleóptero es considerable y hace imposible que la ignoremos. Alguien hace un comentario jocoso y la sala ríe nerviosa. A una velocidad increíble, la cucaracha trepa por la tarima donde estamos y uno de los oradores se levanta y la aplasta con el zapato. Suena un crujido de esos que resuenan en toda la sala. El cadáver de la cucaracha es apartado piadosamente a un lado, aunque todos sabemos que está ahí. Continuamos hablando de cómo se toman los novelistas las adaptaciones de sus obras, de cómo se toman los guionistas las adaptaciones de sus guiones… Yo hablo con toda la normalidad que soy capaz de mis peripecias con los autores, pero estoy todavía rebobinando en mi cabeza el avance de la cucaracha hacia la tarima, el crujido de la suela del zapato aplastando su caparazón contra el suelo y pienso que esto sí es el arranque de una novela, de un cuento, de un guion, de una película, de un corto, de algo.