Quiero una mesa en Ridiculous

Palabrería

Maletín. Desde hacía meses, los cocineros y camareros de la ciudad escuchaban el rumor de que un gran grupo de negocios planeaba abrir el restaurante definitivo. Las cifras de la inversión entusiasmaban, y enturbiaban el debate: un millón de euros, dos, tres. ¡Hasta cinco, decían algunos! ¿En qué gastaban el abultado maletín? ¿Un circo de tres pistas, un parque acuático bajo techo, una pista de carreras?

Mortero. La obra era fácil de localizar, puesto que los industriales chivaban sus actividades. Exageraban a la manera del cine porno. ¡Una cocina del tamaño del campamento de Napoleón antes de la batalla de Waterloo! ¡Un interiorismo que podría haber firmado el decorador de Drácula, o el decorador del Moulin Rouge, o el decorador del Circo Barnum, según las versiones! Los cocineros y camareros se acercaban para curiosear, o para pedir trabajo, y cuando metían la nariz y aspiraban el aire cargado de mortero, los expulsaban.

Luminoso. Un día, el edificio, de miles de metros cuadrados, amaneció con un luminoso del tamaño de un avión pequeño: Ridiculous. Sorprendió por lo poco comercial, por lo provocador, por lo descriptivo. Una fachada de mármol blanco sin ninguna ventana. Un portero vestido de policía bigotudo de las películas cómicas en blanco y negro guardaba la puerta, única hendidura en el acantilado albo. A los pocos días se celebró la inauguración: ochocientas personas fueron convocadas, primeras autoridades del país y la metrópolis, actores y actrices de las series de televisión y del agonizante cine; famosos sin otro talento más que el de ser famosos.

Escote. A ellos se les exigió vestido de noche y a ellas, esmoquin. Fue la primera controversia de otras muchas, que sacó de quicio a un senador, molesto en su hombría. La organización fue tajante: o aceptaba la norma o no le dejarían pasar. No estar significaba no ser, pues, tras consultar con otros próceres, estos le dijeron que habían cedido, bien por arrimarse a la corriente cada vez más intensa de la igualdad, bien porque sus parejas femeninas lo entendieron como un adecuado intercambio de papeles para que ellos comprendieran la dictadura del vestido de noche y la comodidad del uniforme, bien porque les divertía probar algo nuevo sin que nadie los señalara ni censurara. Lo cierto es que a las mujeres los trajes oscuros y las pajaritas las favorecían, a diferencia de lo que pasaba con los hombres, con las peludas carnes desparramadas por escotes y aberturas. Muchos se divirtieron y la mayoría encontró en su propio interior algo que ignoraba tener.

Calvario. Acceder a Ridiculous no siempre era fácil, y no por el precio, sino por las normas. La comida era excelente, pero frustraba a los cocineros, puesto que se había convertido en secundaria, una distracción de lo principal. El interior era tan espectacular como modificable: una caja que cambiaba a menudo ofreciendo realidades distintas. Por ejemplo, reproducía una cárcel extrema de un país con la democracia en la UVI. Para esa sesión, los clientes firmaron un documento autorizando a los actores a humillarlos, aislarlos o torturarlos. Se trataba de que sintieran en sus carnes el calvario bañado en champán. El director artístico diseñaba unos minuciosos shows. Replicaban los campos de blanco algodón enrojecidos por la sangre de los esclavos, el desahucio por la policía de una vivienda, la estancia desarbolada en un campo de refugiados, el naufragio de una patera (fue una odisea la construcción de la piscina y la simulación del oleaje).

Vacuna. Ridiculous atrajo a los burgueses y, sobre todo, a los intelectuales, que escribieron profundos artículos sobre la sustitución de la realidad y sobre la ficción como terapia. El restaurante les permitía sumergirse en la cara oscura y salir de ella con una experiencia y unas leves dosis de sufrimiento. La vacuna Ridiculous les facilitaba comprometerse con el dolor y ejercer su labor de conciencia social sin mancharse. Nunca fue tan fácil estar a gusto con uno mismo, sentir la angustia del mundo y disfrutar de un filete chateaubriand.