Ángel Nieto se retiró en 1986, pero su leyenda sigue intacta. Nadie hasta entonces había conseguido ser 13 veces campeón del mundo. Por Virginia Drake

Corría el año 1948 cuando Ángel y Teresa abandonaron Zamora y emigraron a la capital en busca de trabajo. El más pequeño de sus tres hijos -el protagonista de esta historia- apenas había cumplido un año. Se alojaron en un piso de la calle Alcalá en el que Teresa se colocó limpiando y donde la señora de la casa les permitió dormir a los cinco miembros de la familia en un mismo cuarto. Meses después, el padre de Ángel Nieto, ayudado por un amigo, decidió construir una chabola en el madrileño barrio de Vallecas en la que acabarían viviendo los siguientes 11 años: «Allí teníamos tres cuartos: uno para mis padres, otro para los tres hermanos y otro que hacía de salón-cocina. No había baño, usábamos orinal y comprábamos el agua a unos señores que pasaban por la mañana con unos burros que cargaban cántaros. Era un sitio muy duro, pero yo era muy feliz allí», recuerda, con un atisbo de nostalgia, el piloto español más laureado sobre dos ruedas. Así comienza el relato de su vida, la historia de El hombre que corrió tras su sueño.

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Angel Nieto (1998)

Con ese título, y a modo de biografía autorizada, Álvaro Fernández Armero ha escrito y dirigido un documental sobre el 12 + 1 veces campeón del mundo de motociclismo, que se estrenará en los cines de Madrid y Valencia el próximo día 25: «No se trata de la película de un corredor de motos que va de circuito en circuito, sino, más bien, de reflejar lo que hay dentro de mí, de conocer a la persona».

Ángel Nieto, 1,64 m de estatura, divorciado, padre de tres hijos varones, supersticioso en ejercicio -jamás pronuncia el número 13 ni participa en ningún evento relacionado con esa cantidad- y agradecido con quienes lo ayudaron a hacer realidad su sueño, se muestra hoy más emocionado que contrariado ante la polémica suscitada por la concesión del último premio Príncipe de Asturias al deporte a Fernando Alonso, antes, incluso, de que éste se proclamase campeón del mundo de fórmula 1. El zamorano tiene su particular forma de entender las cosas: «Fernando es un fenómeno, de eso no tengo la más mínima duda. Lo que ha hecho es alucinante. Si hace cuatro años nos dicen que vamos a tener un campeón de fórmula 1, nos echamos a reír los 45 millones de españoles. Es un asunto del que sólo puede sorprenderme una cosa: que el Príncipe de Asturias, en principio, se da a una trayectoria deportiva. Pero más que intentar entender la polémica que ha surgido, he interpretado, por la reacción de mucha gente, lo mucho que se me quiere en mi país, el respeto que me tienen. Quizá el premio Príncipe de Asturias no me lo ha concedido el jurado, pero a mí me lo han dado los españoles. Después de 43 años dedicado en cuerpo y alma al motociclismo, me sigo sintiendo muy querido a todos los niveles, y éste ha sido el mayor Príncipe de Asturias que yo puedo tener».

El más pequeño de los tres vástagos resultó ser «el más alegre y ‘rebolera’ de la familia», siempre estaba contento y no se quejaba por nada, ni cuando su hermana mayor lo llevaba al colegio cada mañana, con bastante poco éxito: «En cuanto un profesor me regañaba, me hartaba y me largaba saltando la tapia. Más de una vez mi madre iba a buscarme por el barrio, zapatilla en mano». Manolo, el segundo, se convertiría más tarde en compañero inseparable del piloto. «Con los números soy muy hábil -cuenta Ángel-. ¿Con las letras? Eso es otro cantar, algunas faltas de ortografía se me siguen colando; a veces, me arrepiento de no haber aprovechado más en los estudios. Pero al final conseguí mi otro sueño: jubilar a mis padres y ayudar a mis hermanos. Después de ganar muchos campeonatos, logré ver algo de dinero. Con lo que fui ahorrando durante varios años, reuní mis primeras 150.000 pesetas para la entrada de un piso de 90 metros en Pacífico, en Madrid. Fue la primera vez que pude comprarles algo. Allí nos fuimos a vivir toda la familia. Me hice muy hormiguita. No quería que mi madre trabajase más. ¡Ya había trabajado demasiado! Quería que lo dejara para siempre. Y los jubilé a los dos después de la explosión de popularidad que tuve en el año 1971 en El Jarama, cuando me jugué el Mundial de 50 cc y 125 cc el mismo día. Me caí en la de 50 cc y gané en la de 125 cc. Después fui metiendo a mis hermanos en los negocios que abría. Mi primera aventura fue montar una discoteca en Vallecas». A la que siguió la venta de carritos plegables de golf, un bar hawaiano en Barcelona, un concesionario de coches, una constructora, varios talleres y tiendas de motos -la más conocida la montó con su amigo Pedro Carrasco-, la formación de un par de escuderías y hasta participó en la producción del musical Evita.

Cuando Ángel habla de Teresa, su madre, se le encienden los ojos: «En mi casa, entonces, no había santos ni cumpleaños que festejar, pero la única fecha verdaderamente especial que había para mí era el Día de la Madre. Un día antes, yo vendía en la tienda de al lado todas las botellas vacías de gaseosa que iba recogiendo durante el año y con lo que me daban le compraba una postal preciosa de la Virgen María, con brillantitos y así. Todos los años le regalaba una y le escribía cosas por detrás. Mi padre no era tan emprendedor, pero era un tío fenomenal con el que siempre me llevé muy bien. Jamás me regañaba; la jefa era mi madre, él pasaba mucho de esas cosas. Se murió hace unos meses».

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Angel Nieto (2005)

Pasados unos años, Teresa dejó de limpiar casas para revender en el barrio los huevos que compraba en un almacén de la calle Delicias. Así empezaría el que, más tarde, se convirtió en el negocio familiar: una huevería-pollería.

Sin dejar de ayudar en la huevería, Ángel trabajó en un taller de marcos, en un almacén de farmacia, en tiendas de ultramarinos, en talleres de coches, fue fontanero y electricista. «Cualquier cosa antes de ir al colegio. Pero de todas partes me iba muy rápido, en cuanto me mandaban limpiar los váteres o cosas así.» Sólo su pasión por las motos lo alejó definitivamente del negocio de su madre: Tomás, un gran aficionado al motociclismo y dueño de una tienda de electrodomésticos, lo colocó limpiando motores en un pequeño taller mecánico que tenía. Antes de cumplir 14 años se fue a correr a Granada con una moto de 65 cc que le dejó Tomás. La carrera era de 125 cc y quedó el tercero, fue su primer podio: «Aquel día dormí en un portal, agarrado a la moto, porque no tenía un duro para pagarme la habitación de una pensión, pensé que me darían algo de dinero por ganar, pero sólo me dieron una copa y me tuvo que venir a recoger Tomás con su coche». El veneno ya había entrado en sus venas y nunca más dejaría los circuitos.

«Con 13 años, le eché narices y me planté un día delante de Paco Bultó, el abuelo de Sete Gibernau, que estaba viendo una carrera en el Retiro y que era el presidente y propietario de la fábrica Bultaco. Le dije que quería ser corredor de motos y trabajar en sus talleres de Barcelona. Me miró sorprendido y me dijo que le mandara una carta pidiéndole trabajo. Me la redactó mi hermana sin ninguna falta, se la mandé, pero nunca contestó. Pasadas unas semanas, decidí irme a Barcelona a presentarme en la fábrica hasta que don Paco me escuchase.» Ángel y Teresa empezaron a comprender que la moto era lo único que le interesaba realmente a su hijo, así que lo dejaron ir a Barcelona, siempre que fuese a dormir a casa de su tía Claudina. Al día siguiente de su llegada se presentó en la fábrica Bultaco, esperó a que llegara don Paco y, cuando lo vio aparecer, lo paró: «Le dije que yo era el niño con el que habló en el Retiro y que, como no me había contestado a mi carta, había venido a buscarlo a Barcelona. El tío flipó tanto que me mandó al jefe de personal, y así empecé a trabajar limpiando en los talleres». Y de Bultaco a Ducati y de ésta a Derbi, Ángel Nieto cambió repetidas veces de fábrica según le iban permitiendo participar en las distintas competiciones.

La vida lejos de casa y ganando muy poco dinero no fue fácil: «Lo pasé muy mal, pero aguanté. A mi tía Claudina ‘la mandé al cine’ por pesada y acabé durmiendo en el sótano de la frutería de un amigo de un amigo. Fue muy duro, estaba más solo que la una, me acordaba de mi madre y todos los días, antes de acostarme, hacía la maleta y decía: ¡Me voy! Pero por la mañana, cuando salía de aquel agujero para ir a la fábrica, pensaba: ¡Me quedo! Al final, echaba tanto de menos a mi familia que, los viernes, al terminar de limpiar el taller, me venía para Madrid con una Ducati que tenía, yo solo, con 15 años. Tardaba toda la noche en llegar, la moto no pasaba de 60 km por hora. Me ponía detrás de los camiones para que me diera el calor de los tubos de escape y no pasar tanto frío. Cuando llegaba a casa, tenía la cara y las manos tan negras y sucias que mi madre no me reconocía».

“Alonso es un fenómeno, de eso no tengo la menor duda”

Cuando Ángel regresó a Madrid a casa de sus padres, lo hizo ya con un contrato de 137.000 pesetas como corredor por una temporada y media. Gracias a la huevería, vivían en un piso alquilado en el que ya compartía cuarto sólo con su hermano Manolo. Tenía 18 años. Meses después ganó su primer campeonato de España y su objetivo pasó a ser otro: conseguir la copa del mundo. «Los campeonatos de España me empezaron a dar igual, de hecho, no recuerdo ni cuándo gané el primero ni cuántas veces lo hice: ¿20?, ¿30?. no sé, tendría que mirarlo. Ya sólo quería ser campeón del mundo y mi lema pasó a ser ya para siempre: O me voy al suelo, o se rompe la moto o gano».

Logró su primer campeonato mundial en Yugoslavia, en 1969, y a su llegada al aeropuerto de Madrid los chavales de su barrio lo recibieron con una pancarta: «Vallecas y Ángel Nieto, campeones del mundo». «Allí sólo estaban cuatro vecinos, mis padres y hermanos, nada más. Eran otros tiempos».

Por entonces Ángel tenía 21 años y cumplía el servicio militar en Colmenar Viejo: «Hice poco cuartel porque ya estaba enredado en el campeonato del mundo y me dejaban salir mucho para competir. Recuerdo que cuando gané el primer mundial, querían que fuese vestido de militar a ver a Franco, y yo me negué porque aquel traje me quedaba como a un santo dos pistolas, así que fui de paisano». Aquella mañana le temblaban las piernas, sólo había visto al general en los desfiles y a través de la televisión: «A primera hora me fui a cortar el pelo a navaja para que no se me levantara ninguno. Después fue un chasco. Íbamos un montón de gente, incluido el presidente de la fábrica, alguien soltaba un discurso y luego le dábamos la mano». Tras esa primera audiencia, vendrían cinco más, todas ellas detrás de cada copa del mundo que ganaba. Sólo en una ocasión Franco le dirigió la palabra y le preguntó: «¿Es muy dura la batalla?». «Yo le dije: ‘Sí, sí’. ¡Y ya está! Era un militar de los pies a la cabeza, tenía una mirada muy penetrante; te miraba fijamente, pero no te decía nada ni le importaban las motos. La última vez que estuve con él me dio mucha pena, tenía un enorme flemón, y nos dijeron que no suspendía las audiencias para que la gente no pensara que se moría, pero que no nos enrollásemos mucho con nuestro discurso. Aquel día me pareció que ya ni te miraba, nos hicimos la foto de rigor y nada más».

“El precio que pagan hoy los campeones por todo ese glamour que rodea el mundo de la moto no compensa, se ha perdido el calor que había en nuestra época y se divierten la mitad de lo que me divertía yo”

El paso de la dictadura a la democracia lo recuerda con entusiasmo: «Fue maravilloso. Después de estar con Franco, conocer al Rey fue lo más. ¡Anda que no había diferencia! El Rey es una persona increíble, le encanta el mundo del motor y le tengo un grandísimo respeto. A la que puede, rompe el protocolo para mezclarse con los deportistas. Es divertido, muy ameno. La primera vez que lo vi era príncipe todavía y fue con la princesa Sofía al Jarama porque quería probar un coche en el circuito. Me pidieron que fuera yo también para probarlo antes. Los salude, me subí al coche, cogí mal una curva ¡y me di una leche.! Se rompió el acelerador o no sé qué y me la di bien dada. Así que el príncipe no pudo conducirlo. ¡Me miró con una cara.! Yo no sabía dónde meterme. Meses más tarde coincidí con él en una feria y, desde lejos, me hacía gestos divertidos recordando la leche que me di. No puedo decir que soy amigo del Rey, porque eso no lo puede decir nadie, pero sé que él me tiene un gran aprecio y yo a él, un grandísimo respeto».

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En 1986, Ángel Nieto se retiró de forma tajante. Su lema O me caigo o se rompe la moto o gano lo llevó a sufrir más de 500 caídas; lograr 13 veces la copa del mundo; 23 el campeonato de España y cosechar más de 90 grandes premios: el sueño se había hecho realidad. «Lo dejé cuando perdí la ilusión por ganar. Lo vi clarísimo: ya tenía dos hijos y la vida más o menos encarrilada. Tomé la decisión en Austria. Estaba en la parrilla, en primera línea de salida, se fueron los mecánicos, miré para abajo y pensé: ‘¿Qué coño hago yo ya aquí?’. Y me dije a mí mismo: ‘Es el momento. ¡Ya! ¡Esto se ha acabado!’. Al concluir esa carrera, me dirigí al equipo y les anuncié: ‘Me voy al terminar el mundial’. Y así lo hice. Desde entonces no he vuelto a correr».

La velocidad fue su pasión y vivir al límite le provocó las sensaciones más profundas y experiencias inolvidables. Tuvo suerte y, pese a acumular 17 fracturas de hueso, tan sólo en una ocasión pasó por el quirófano por rotura de pelvis y de un hueso del pie: «La única vez que vi que se terminaba la película fue en Benidorm. Me quedé sin frenos en una moto de 750 cc, en un circuito no permanente improvisado por las calles. Iba a 180 o 190 por hora, había que parar la moto prácticamente a cero para entrar en otra calle cuando me quedé sin frenos. Vi venir la caída, había una pared enfrente, y grité dentro del casco: ‘¡Esto se ha acabado!’. La moto rebotó contra una farola, hizo daño a cuatro o cinco personas y terminó chocando contra una ambulancia a la que dejó siniestro total. Con mi pierna le rompí la tibia a ‘un bandera’ que había y a mí no me pasó nada».

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Y como si de una vacuna se tratase, su retirada lo llevó a levantar definitivamente el pie del acelerador, hasta el punto de reconocer que siente pánico por la velocidad: «Correr me da terror ahora, no me gusta nada. Poco después de retirarme, hice un viaje en moto a Jerez bastante deprisa y, al llegar a Sevilla, vi que había hecho el imbécil. Me fui al aeropuerto, alquilé una furgoneta y no volví a viajar en una moto grande nunca más. Conduciendo no paso de 130. Y en moto voy parado. Es más, mis hijos tienen prohibida la moto para andar por carretera». Su escudería se reduce a una pequeña scooter que tiene en Ibiza «para ir al pueblo a hacer algún recado» y un quad con el que da vueltas por el campo sin sobrepasar los 30 km por hora. En Madrid conduce un Smart y atesora un Bentley del año 52 para las grandes ocasiones.

A los 28 años, Ángel se casó con Pepa, su novia de toda la vida, y dos años después nació su primer hijo, Gelete, al que seguiría tres años más tarde Pablo: «No me hizo ninguna ilusión cuando me dijeron que querían correr. Eran estudiantes regularcillos y parecía que tenían afición, así que me tuve que aguantar. Monté una escudería para ayudar a Gelete, mientras a Pablo lo mandamos, primero, a Suiza para que terminase allí el bachillerato. Me equivoqué: un padre no puede ser el jefe de su hijo. Gelete ganó alguna carrera del campeonato de Europa, pero dejó de correr el mundial, porque sólo se debe seguir en esto cuando uno está arriba. Le quise ayudar tanto que lo perjudiqué y lo animé a dejarlo. Pablo sigue corriendo el mundial, donde ha ganado una carrera con Derbi y ha hecho podio tres o cuatro veces más. Le ha ido mejor porque no estuvo nunca en mi equipo».

También en el amor Ángel Nieto se considera un hombre de suerte, pese a que, hace 15 años, se separó de su mujer y lo pasó mal: «Me fui de casa porque me enamoré de Belinda a lo bestia, como un caballo de carreras. En el amor he vivido quizá las cosas más bonitas que me han pasado. Cuando me enamoro, soy probablemente más apasionado que con las motos, pero el amor te da mucha vida y también muchos problemas. A Pepa la quiero mucho y le tengo un gran respeto. Reconozco que soy un poco ‘rebolera’, me gusta divertirme, pasarlo bien, pero siempre respetando todo lo que tengo alrededor y quiero; soy un tío de raíces. Ahora tengo un hijo de cuatro años, Hugo, que es un cañón».

Hace poco, Ángel asistió en Ibiza a la boda de su sobrino Fonsi Nieto y fue testigo del precio de la fama, la venta de exclusivas y el acoso de la llamada ‘prensa rosa’: «Todo ese glamour que ellos tienen no lo cambio por lo bien que me lo he pasado yo. Se ha perdido el calor que había entre todos nosotros en esa época. Además, el precio que pagan no compensa, se divierten la mitad de lo que me he divertido yo».