Así recibió el premio Nobel la propuesta del hispanista Gerald Martin de contar su historia. Diecisiete años le ha llevado completar la empresa. No ha sido fácil. El resultado es un libro donde aparece el auténtico García Márquez, el más secreto. Por Carlos Manuel Sánchez

«Todos tenemos tres vidas: la pública, la privada y la secreta», le dijo García Márquez a Gerald Martin, su biógrafo. Éste se había armado de valor para preguntarle por Tachia, la novia vasca de los tiempos de parís:«bueno, eso pasó», contestó evasivamente el novelista colombiano.

«¿Podemos hablar del tema?», insistió el biógrafo. «No», le atajó. Y le dio a entender que la vida pública estaba a la vista de todo el mundo; de vez en cuando le daría acceso a su vida privada, pero jamás hablaría de su vida secreta. Gerald Martin no se rindió. Y con la tenacidad para investigar ciertos aspectos en los que sólo «los perros rabiosos y los ingleses» tendrían la imprudencia de ahondar ha escrito Gabriel García Márquez, una vida, que publica Debate, biografía definitiva del premio Nobel. «No, no es una biografía autorizada, es una biografía tolerada», aclara Martin, catedrático emérito por la Universidad de Pittsburgh. «No me ha sido fácil sortear las múltiples versiones que García Márquez ha ido sembrando con los años a propósito de su vida. Le encanta fabular, por no mencionar su deleite con los cuentos chinos. Descubres que ha contado la mayoría de las anécdotas en varias versiones, todas las cuales encierran al menos una parte de verdad».

Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez con 4 años en Aracataca

Conoció al novelista en La Habana, en 1990, donde le habló de su proyecto. «¿Estás enfermo? ¡Aún no me he muerto!», fue la reacción de García Márquez. Martin tardó hora y media y varios güisquis en convencerlo. Con una condición: «No me hagas hacer tu trabajo». El biógrafo reconoce que García Márquez «siempre se ha negado a brindarme la charla íntima con la que sueñan los biógrafos; sin embargo, habré pasado alrededor de un mes en su compañía, en momentos y lugares distintos a lo largo de 17 años. Nunca ha tratado de influirme y siempre me comentaba con el cinismo del periodista nato: ‘Escribe lo que veas, yo seré lo que tú digas que soy’».

Su abuelo y el duelo imaginario

Gabriel García Márquez idolatraba a su abuelo materno, el coronel Nicolás Márquez, veterano de la Guerra de los Mil Días, terrateniente y respetable hombre de familia que en 1908 mató en Barrancas, un pueblo de la zona bananera, a un hombre llamado Medardo, sobrino de un amigo y compañero de armas. La familia del escritor siempre disculpó el asesinato: «Un duelo de honor», «fue en franca lid»… El propio García Márquez dijo: «No sé por qué mi abuelo se enredó en ese asunto, pero eran tiempos difíciles. No le quedó más remedio». Pero no hubo nada heroico. Fue por una cuestión de faldas.

Su abuelo mató a un hombre por un lío de faldas; su padre fue acusado de violación; él fue forzado a perder la virginidad en un prostíbulo… Su educación sexual fue sórdida

El coronel era un mujeriego empedernido. Había seducido a una viuda del pueblo y alardeó de ello. Medardo, el hijo de la agraviada, herido en su orgullo, desafió e insultó a Nicolás en varias ocasiones. Un día de fiesta, Medardo fue abordado en un callejón por Nicolás. «¿Estás armado, Medardo?» «No.» «Bueno, recuerda que te advertí.» Y le disparó uno, quizá dos tiros. Cuando prestó declaración, Nicolás Márquez confesó que lo había matado. «Y si vuelve a la vida, lo mato otra vez.» Amigos influyentes lograron que la pena fuera sólo un año de cárcel.

El padre telegrafista

Gabriel Eligio García, el padre del escritor, llegó a Aracataca como telegrafista y con una carta de recomendación para el párroco. Tocaba el violín y el cura lo invitó a que acompañara al coro de las Hijas de la Virgen. Consumado seductor, fue como meter al zorro en el gallinero. Se encaprichó de Luisa Santiaga, la guapa y mimada hija del coronel Nicolás Márquez. Le hizo una propuesta matrimonial nada galante: «Mire, señorita, anoche me desvelé pensando en que tengo necesidad de casarme. Y la quiero a usted. No crea que me estoy muriendo de amor. Le doy 24 horas para pensarlo. Hay otros peces en el estanque». El coronel y el pretendiente de su hija tenían poco en común, salvo una colección de hijos ilegítimos. Además, el telegrafista no era un buen partido. El coronel decidió cortar la relación y alejar a la joven de Aracataca. Pero ya era tarde. Gabriel Eligio le siguió el rastro y la dejó embarazada poco antes o poco después de la boda (García Márquez siempre jugó a despistar con la fecha de su propio nacimiento). En 60 años, el novelista apenas habló con su progenitor. Sólo poco antes de morir Gabriel Eligio, padre e hijo hablaron francamente. En contra de su costumbre, Gabo asistió a su entierro.

La madre ausente

Luisa Santiaga regresó a casa de sus padres para dar a luz al futuro escritor. Poco después del parto dejó a Gabito al cuidado de los abuelos y volvió con su marido, que ahora trabajaba en Riohacha de telegrafista y más tarde se ganaría la vida con la medicina homeopática, aunque carecía de titulaciones. La ausencia de su madre durante toda su infancia es algo que nunca superó García Márquez.

Cuando nació, su madre lo dejó con sus abuelos en Aracataca para irse con su padre, eso marcó su infancia

«Resulta difícil entender que Luisa dejase a su primer hijo. Antepuso su esposo a su primogénito», explica Martin. El celo de Gabo a la hora de ocultar incluso los detalles más inocentes de su vida está muy enraizado con el intento de cubrir «los sentimientos de pérdida, traición, abandono e inferioridad que heredó de su niñez».

La educación sexual

En los años 40, una mujer denunció al padre de Gabo por haberla violado bajo los efectos de la anestesia y, aunque él negó el cargo de violación, admitió ser el padre del hijo de aquella mujer. Mantener relaciones sexuales con un paciente también infringía la ley, pero se las arregló para salir impune. Durante unas vacaciones escolares, Gabito recibió un mensaje de su padre que lo emplazaba en lo que resultó ser un burdel local. Una mujer lo condujo hasta una habitación en penumbra, lo desnudó y «lo violó», según el escritor. La prostituta le recomendó, además, sin mucho tacto que le pidiera a su hermano menor, un habitual, que le diera algunas lecciones. Fue una experiencia sórdida y humillante. Tenía 14 años.

La trepanación frustrada

Los estudios de Gabito quedaron interrumpidos en 1941 durante unos meses por un trastorno emocional. Su padre, siempre indiscreto, habló de ello en una entrevista cuando el hijo ya era famoso: «Se le presentó una especie de esquizofrenia, con unas rabias tremendas. Le lanzó un tintero a un jesuita». Se comenta que Gabriel Eligio tenía la intención de trepanar la cabeza de su hijo y que sólo la amenaza de Luisa de hacer públicos sus planes lo detuvo. Más tarde, un hermanastro diagnosticó que lo que necesitaba era «una buena pierna» y le abastecía de muchachas jóvenes. Y con 18 años se descarrió por completo. Bebía sin freno y desapareció durante diez días en un prostíbulo con María Alejandrina Cervantes, «con quien perdí la cabeza en la parranda más fragorosa de mi vida».

El año del prostíbulo

García Márquez había descuidado sus estudios de Derecho, obsesionado con la idea de ser escritor. Organizaba partidos de fútbol en los pasillos de la universidad y estaba de juerga permanente. Vivió casi un año en un burdel, donde le alquilaron un cuartucho de tres metros cuadrados. Una prostituta le planchaba pantalones y camisas, otras le prestaban jabón o compartían con él el desayuno. A cambio, García Márquez les escribía cartas. Como su admirado Faulkner, Gabo oyó muchas conversaciones del otro lado del tabique de su habitación y las aprovecharía para sus novelas.

El primer fracaso

En 1952 recibió una carta de la editorial Losada. Fue la mayor desilusión de su vida. Gabo había dado por sentado que le publicarían La hojarasca, y fue un golpe durísimo que rechazasen el libro. Además, el presidente del comité, Guillermo de la Torre, un crítico literario español, le envió una carta demoledora, sugiriéndole que se buscase otra profesión. «Los españoles son muy brutos», lo consoló su amigo Álvaro Cepeda. Pero García Márquez se vio perdido. «Lo salvó su cervantino sentido de la ironía», sugiere su biógrafo. Un agente de Losada lo convenció, tras emborracharlo, para que aceptase un trabajo como vendedor de libros. Y se convirtió en viajante.

Tachia, la novia vasca

En 1956 conoció en París a Concha Quintana (Éibar, 1929), rebautizada Tachia por el poeta Blas de Otero, del que había sido amante. La simpatía de García Márquez la cautivó. Vivieron en pareja durante nueve meses. Gabo por entonces tenía problemas de dinero, pues la revista para la que trabajaba de corresponsal cerró. Dejó una novela aparcada (La mala hora) y comenzó la redacción de El coronel no tiene quien le escriba. Las deudas eran cada vez más abultadas. Al cabo de unas semanas, Tachia y él ni siquiera tenían para comer. Gabo recogía botellas y periódicos por los que le daban unos céntimos en los comercios del barrio. Y llegó a rebuscar entre la basura. Iban a la deriva. Ella, además, se quedó embarazada. Tachia, que en la actualidad vive en París, contó a Martin su versión: «Cuidaba niños y fregaba suelos y, cuando volvía a casa, él no había hecho nada y tenía que ponerme a cocinar. Me decía que era muy mandona, me llamaba “el general”. Pasamos nueve meses peleándonos. Era muy duro. Sin embargo, Gabriel también era muy cariñoso. Cantaba mucho, especialmente vallenatos». A los cuatro meses y medio de embarazo, Tachia tuvo una hemorragia. «Él se quedó horrorizado, no se desmayó de milagro». Perdió al bebé. «Después del aborto los dos sabíamos que todo se había terminado. Me marché. Nos despedimos en la estación de Austerliz. Cuando el tren se puso en marcha, me desmoroné, lloraba tapándome con las manos, contra la ventana. Gabriel comenzó a caminar siguiendo el vagón, hasta que se quedó atrás. Jamás lo he lamentado. Era demasiado informal, y yo no podía tener hijos con un padre así.» Tachia inspirará el personaje de Amaranta Úrsula en Cien años de soledad.

Mercedes Barcha, la esposa fiel

Se fijó por primera vez en ella cuando era una cría: Mercedes tenía nueve años; él, 14. Luego la rondó de adolescente. Era hija de farmacéutico y Gabito se pasaba por la botica con cualquier excusa. En Crónica de una muerte anunciada escribe: «Muchos sabían que en la inconsciencia de la parranda le propuse a Mercedes Barcha que se casara conmigo cuando apenas había terminado la escuela primaria, tal y como ella misma me lo recordó cuando nos casamos 14 años después».

Gabriel García Márquez

Con su mujer, Mercedes, y sus hijos, Gonzalo y Rodrigo, en Barcelona

Sin embargo, la mujer que acapara el aspecto romántico de Gabo en sus memorias, Vivir para contarla, no es Mercedes, ni Tachia, sino Martina, su primer amor, una mujer casada con la que mantuvo una aventura en Barranquilla cuando era un chaval. «Da la impresión de que Gabo es heredero de una cultura en la que los hombres no pueden mantener relaciones sexuales con las mujeres con quien piensan casarse, pero sí con prostitutas y criadas o con las esposas de otros hombres», escribe Martin.

El hombre anuncio

Desengañado de la literatura («yo trago tranquilizantes untados en pan y apenas duermo cuatro horas»), con una novela a medias, El otoño del patriarca, y facturas sin pagar, intentó ganarse la vida con la publicidad. Lo contrató Walter Thompson y luego McCann Erickson. «Trabajó para los abanderados del capitalismo monopolizador estadounidense, algo que nunca se ha esforzado mucho por destacar», apunta Martin. Haber trabajado en publicidad le serviría después para la autopromoción. Aunque siempre ha alardeado de no asistir a los lanzamientos de sus libros, «la verdad es que incluso Cien años de soledad fue promocionada desde antes de su aparición. Y con cada nuevo libro el despliegue publicitario crecía. Por todo ello, algunos empezarían a apodarlo García Marketing». En 1965, a Mercedes le esperaba año y medio de sufrimiento: sostener la economía familiar mientras el novelista pasaba ocho horas diarias escribiendo en estado de gracia.

Gabriel García Márquez

Cuando el dinero se acabó, empezó a empeñarlo todo: la tele, la nevera, la radio. Llegaron a comer la comida triturada de Gonzalo, que aún era un bebé. Finalmente empeñaron la licuadora para enviar el manuscrito por correo. Gabo se sentía inseguro: «No sé si tengo una novela o un kilo de papel». Quemó todas las anotaciones. Sus amigos lamentaron que no las conservara para la posteridad. Él adujo su sentido del pudor, diciendo que para él no sería más grato que la gente cribara sus sobras literarias, que husmeara en su basura. Según su biógrafo, se intuye cierta voluntad del artista (o del mago) por proteger los trucos de su oficio.

Andanzas por España

García Márquez se trasladó con su familia a España en 1967. «A muchos, el viaje les pareció una empresa curiosa para un latinoamericano de izquierdas», observa Martin. García Márquez se convirtió en el centro de atención. Un fenómeno exótico, el paladín del boom latinoamericano. Fue subestimado por los críticos. «Pero él era más listo que ellos, los manipulaba.» Su encanto radicaba en que parecía un tipo normal, nada pretencioso. Camen Balcells se convirtió en su agente literaria y la mujer más importante en su vida, después de su madre y su esposa. Visitaba su oficina varias tardes por semana, con el pretexto de dejar las últimas páginas de El otoño del patriarca, pero también para sus tareas confidenciales. «Con esto tal vez le ahorraba a Mercedes enterarse de cosas que hubieran podido molestarla, como las grandes cantidades de dinero que ahora ganaba a espuertas y que su marido decidió donar a asuntos políticos.» Ballcells se convirtió en su confidente. Él la llamaba Superman. En el curso de una conversación telefónica, Gabo le preguntó: «¿Me quieres, Carmen?». Ella contestó: «No puedo responderte. Eres el 36,2 por ciento de mis ingresos».

El ‘lacayo’ de Fidel

Su cercanía acrítica a Fidel Castro lo fue distanciando de amigos escritores. En 1968, Juan Marsé formaba parte del jurado que había premiado en Cuba al poeta contrarrevolucionario Herberto Padilla. Castro lo consideró una provocación y el jurado fue retenido durante seis semanas en La Habana. A su vuelta a Barcelona, Marsé contaba la peripecia de este insólito secuestro literario. Gabo estalló. Recuerda Marsé: «Se puso furioso. Dijo que yo era un idiota. La política era siempre lo primero. No importaba si a nosotros nos ahorcaban a todos». Más tarde, García Márquez intentó ser salomónico y contentar a todos, pero no satisfizo a nadie. Juan Goytisolo se quejó de «su consumada pericia para escurrir el bulto». Y el escritor Reinaldo Arenas hizo notar sus contradicciones: «Amparándose en la libertad del mundo occidental, hace apología al totalitarismo que convierte a los intelectuales en gendarmes». Después del Nobel, García Márquez adoptó un discurso socialdemócrata. Pero Vargas Llosa, con el que ya se había enemistado, lo llamó «lacayo de Fidel Castro» y «oportunista».

Ha superado un cáncer de pulmón, pero a los 81 años empieza a perder la memoria y esto lo angustia. «Ya he escrito bastante. No me pueden pedir más, ¿no crees?»

El puñetazo de Vargas Llosa

Su ruptura con Vargas Llosa fue sonada. Eran uña y carne hasta que la política empezó a separarlos. Primero, cuando Gabo decidió dar todo el dinero de un premio literario a una oscura organización revolucionaria. Luego, por un asunto privado que ninguno quiso aclarar. Lo cierto es que el 12 de febrero de 1976 Vargas Llosa viajó a México y se encontró con García Márquez en el vestíbulo de un cine donde ambos asistían a un estreno. Gabo abrió los brazos y exclamó: «¡Hermano!». Pero Vargas Llosa sin mediar palabra lo derribó de un puñetazo. Con García Márquez tendido en el suelo, Mario gritó: «Esto por lo que le dijiste a Patricia». O bien: «Esto por lo que le hiciste a Patricia».

Mercedes sentenció: «Mario es un celoso estúpido». Gabo posó con el ojo morado

Depende de la versión. A los dos días, García Márquez apareció sonriente en unas fotos con un ojo morado. ¿Cuál es el misterio? Un par de años antes, Vargas Llosa se enamoró de una azafata sueca y abandonó a su mujer, Patricia Llosa (eran primos), y a sus hijos. Gabo se convirtió en el paño de lágrimas de Patricia y quizá le recomendó que se separase. O quizá, cuando Vargas Llosa se reconcilió con su esposa, ésta le dijo que tampoco había perdido el tiempo, pues había estado «con tu gran amigo». Sólo los implicados conocen la verdad. Los dos hombres no volverían a encontrarse nunca más.

‘Currándose’ el Nobel

Cuando un amigo le preguntó si había estado antes en Estocolmo, le contestó con una sonrisa burlona: «Sí, aquí estuve hace tres años, cuando vine a intrigarme el premio Nobel». Es una boutade, pero es verdad que realizó varias visitas, incluso contactó con Arthur Lundkvist, el académico progresista cuya influencia sería decisiva. El galardón desencadenó una serie de estampas surrealistas. Tachia, que había retomado la amistad con Gabo, estuvo en la suite 208 del Grand Hotel de Estocolmo, donde se organizó la gran parranda. Mercedes le entregó rosas amarillas para “espantar la pava”, el mal fario. Luego apareció el liquiliqui, el festivo traje blanco caribeño, «lo que supuso que García Márquez llegara a la ceremonia arrugado como un acordeón».

Lagunas de memoria

Superó un cáncer de pulmón y un linfoma en la década de los 90. También comenzó a perder la memoria. Estaba muy preocupado, pero valientemente abordó la escritura del primer tomo de su autobiografía. «El libro contiene su vida pública y su vida falsa, inventada, pero apenas aparecen aspectos de su vida secreta», comenta Martin, que en 2005 visitó a García Márquez en Ciudad de México. Se habían agravado las lagunas de memoria. «Con los apuntes adecuados era capaz de recordar la mayoría de las cosas del pasado distante. En cambio, su memoria a corto plazo era frágil. Y esto lo angustiaba.» Hablaron durante un rato. Luego, en un tono casi lastimero, García Márquez le dijo: «Ya he escrito bastante, ¿no? La gente no puede sentirse defraudada, no me pueden pedir más, ¿no crees?».