Pablo Heras-Casado aprendió de los grandes y ahora él se ha convertido en uno de ellos. Este director de orquesta granadino, marido de la televisiva Anne Igartiburu, es un habitual en auditorios de Nueva York, Berlín, París o Madrid. Por Virginia Drake

Es el director principal de la Orchestra of St. Luke s de Nueva York y principal director invitado del Teatro Real de Madrid. En 2011 dirigió la Filarmónica de Berlín y su nombre se barajó años más tarde como posible conductor de esta; en enero de 2015 debutó al frente de la Filarmónica de Viena y se ha subido al escenario del Metropolitan de Nueva York en más de 30 ocasiones. Su agenda está repleta de compromisos hasta el año 2020 y pasa por ser uno de los grandes directores de orquesta internacionales por su virtuosismo y su amplitud de repertorio: desde música antigua hasta contemporánea.

Pablo Heras-Casado nos recibe en una sala de ensayo del Teatro Real de Madrid el día que se hace público que su mujer, Anne Igartiburu, acaba de tener un niño. Pero él no quiere hablar de su vida privada. «Hoy toca contar mi cita anual más importante: el gran concierto solidario Ayuda en Acción».

XLSemanal. Un proyecto solidario en el que se implica de manera muy especial…

Pablo Heras-Casado. Así es. La recaudación se destinará a ayudar a la infancia y a las familias necesitadas. La crisis económica ha producido muchos daños colaterales que todavía persisten. Hay muchos niños que no tienen acceso a la alimentación básica o a la ayuda médica necesaria. Uno de cada tres niños en España está expuesto a la pobreza.

XL. Se trata de un concierto contra la pobreza infantil en nuestro país.

P.H.C. Sí, sí. Estas cifras las imagina uno en países del Tercer Mundo o en vías de desarrollo, pero lo cierto es que estamos hablando de España. Yo veo que la gente está preocupada por cosas muy superfluas el fútbol, la Eurocopa… y hay que decir que debajo de todo esto miles de niños están en peligro de exclusión.

XL. Nació en Granada y ejerce como tal, aunque viviendo a caballo entre Madrid y Nueva York. El acento lo ha perdido totalmente…

P.H.C. [Ríe]. Es verdad, pero me vuelve en cuanto estoy en Granada dos días seguidos.

XL. Es hijo de policía nacional y de ama de casa y tiene una hermana. Cuando tenía ocho años, se apuntó con su madre a clases de canto…

P.H.C. Fui yo quien la llevó a ella, porque pedí a mis padres que me apuntaran a clases de Música.

XL. ¿Cómo era el barrio donde vivían?

P.H.C. Humilde, era un barrio obrero de Granada.

XL. ¿Tiene ya un carmen en el Albaicín?

P.H.C. ¡Sí!, conseguir esa casa frente a la Alhambra ha sido mi sueño de toda la vida y lo cumplí hace seis años.

XL. ¿Entonces tocó el cielo con los dedos?

P.H.C. En cierto sentido, y no en el material, es así porque consigues cumplir un sueño. Nunca he tenido la cabeza puesta en obtener tal o cual cosa, pero en este caso particular por mi amor tan fuerte a ese barrio del Albaicín y a la Alhambra pienso que, si me retiro aquí, seré el hombre más feliz del mundo.

XL. ¿Es una casa preciosa?

P.H.C. ¡Sí! Allí es todo precioso. Tengo una casa que cuido mucho, con un jardín que también cuido mucho, cuando estoy allí y desde la distancia.

XL. ¿Sus padres tenían como meta que estudiara una carrera?

P.H.C. Mis padres pertenecen a la última generación de ese periodo negro de España que vivió las consecuencias de la guerra, que vivió la dictadura y que, como tantísima gente, sufrió muchas penalidades. Con un sueldo discreto, ellos eran la primera generación que podía ofrecer a sus hijos una educación universitaria, y ese era su gran sueño.

XL. Y, con todo, dejó el conservatorio a medias; se matriculó en Historia del Arte y también abandonó esta carrera sin terminarla…

P.H.C. Iba muy seguro y muy libre por la vida. Sin saber cuál era el objetivo exacto, sí tenía muy clara cuál era la manera de hacer las cosas. si no me gusta, fuera; si pierdo el tiempo, fuera… Un título oficial a mí no me iba a ayudar a dirigir mejor y, sin embargo, me hacía perder el tiempo. En la universidad, me pasaba igual. había ciertas clases que no me aportaban nada y por eso dejé de ir. Dediqué todo mi tiempo a la música, fundé yo mismo un coro, pedí dinero a las tiendas, me imprimí los carteles…

XL. Ha elegido una profesión en la que muy pocos llegan tan alto como usted, y más aún sin estudios previos.

P.H.C. Es una profesión muy vocacional. Yo no sabía hasta dónde iba a llegar, pero una cierta confianza en mí mismo sí que tenía; y lo que sí sabía es la manera en la que quería llevar las cosas.

XL. Tocó techo en Granada, Barcelona se le quedó pequeña y acabó en Alemania.

P.H.C. Soy muy pragmático y para mí lo importante era seguir avanzando y buscar la forma de dar el siguiente paso. Por eso, cuando vi que aquí ya había hecho todo lo que podía hacer, me fui a Alemania y luego a Austria, Suiza, Holanda, París, Nueva York…

XL. Vive casi todo el año entre Nueva York y Madrid, ¿gran contraste?

P.H.C. Mucho. El panorama aquí está muy mal y se sostiene solo porque hay vocación y porque hay demanda de música, de teatro, de ópera y de danza, tanto por parte de los artistas como del público; a pesar del nulo interés político e institucional por este aspecto de la cultura.

XL. En países como Estados Unidos, Alemania o Austria, donde el apoyo a la música es bastante mayor, ¿la sociedad es mucho mejor?

P.H.C. Infinitamente. La música no es un adorno ni un complemento, es parte esencial de cada uno. La música enseña a valorar, a saber escuchar, a respetar… El país que valora su cultura, su historia, su tradición y que se valora a sí mismo es un país mucho mejor a nivel social.

XL. ¿Abandonó la batuta porque dirigir con las manos le resulta menos agresivo?

P.H.C. No. Se puede pensar que la batuta es un simbolismo de la vara de mando, pero no es así. La batuta no es la regla del profesor, es simplemente un instrumento que se empezó a utilizar cuando las orquestas se hicieron más grandes y, visualmente, ayudaba a extender el gesto. En mi caso es solo una elección personal, dirigir con las manos me resulta mucho más natural como canal de comunicación; pero no se trata de acariciar: una mano puede ser un puño y un brazo puede ser muy enérgico.

XL. Después de 20 años, ¿cuál es ahora su objetivo?

P.H.C. El reto siempre es la perfección. Los grandes directores, tipo Karajan o Kleiber, en su última década se obsesionaron con un grupo de obras y de sinfonías que habían dirigido hasta la saciedad, buscando la perfección. Esa perfección que no existe es lo que buscamos todos y lo que hace que la música suene como algo nuevo cada vez.

XL. Le gusta el deporte; corre, monta en bicicleta, practica el brikam yoga y se ha marcado un reto personal antes de cumplir los 40 años. correr una maratón importante.

P.H.C. ¡Sí! Tengo que encontrar tiempo y ser muy constante a la hora de entrenar. Me gustaría mucho correr entera la de Nueva York. Empezaré con alguna otra media maratón si puedo y luego intentaré la de Nueva York, que ya la he vivido tres veces, tres años consecutivos, y lo máximo que he corrido han sido 15 kilómetros seguidos. Pero estoy seguro de que lo conseguiré.

XL. Tiene casa en Nueva York, en la 70 con Broadway, muy cerca del MET; casa en Granada, casa en Madrid…

P.H.C. [Serio]. Yo no tengo que declarar mis bienes como lo hacen los políticos…

XL. Trataba de preguntarle dónde vive más a gusto…

P.H.C. Estoy a gusto donde esté rodeado de gente importante para mí, tanto desde el punto de vista familiar como artístico. Me siento bien en casi todos los sitios porque, esté lejos o cerca de casa, estoy bien acompañado por una familia artística con la que he creado unos lazos fuertes.

XL. En las redes sociales ha manifestado su desagrado respecto a la candidatura de Donald Trump.

P.H.C. Sí, sí. Es algo que me preocupa porque paso gran parte del año en Estados Unidos y conozco bien esa sociedad. Hablo con mucha gente allí que está muy preocupada por lo que supone que Donald Trump pueda ganar las elecciones.

XL. Este domingo se celebran elecciones en España, ¿es optimista con el futuro inmediato?

P.H.C. Con el panorama político que hay no soy muy optimista y menos después de ver el poco interés común y el mucho interés partidista demostrado estos últimos meses. Tanto con los partidos políticos antiguos como con los nuevos, esperanza hay muy poca. Últimamente, cuando vengo a España y pongo la televisión, veo que esto de la política se ha convertido en un patio de vecinas. Llevamos meses y meses viendo los shows que se inventan los políticos sin que consigamos saber qué es lo que les interesa realmente. Pocas esperanzas, la verdad.

XL. Anne Igartiburu y usted se casaron en secreto el pasado 30 de noviembre y nos enteramos de su paternidad con nueve días de retraso. ¡Esto es control absoluto de la situación!

P.H.C. No voy a comentar nada al respecto.

XL. ¿Ni siquiera el nombre del niño, que al final no es Pablo como quería Anne?

P.H.C. No voy a comentar nada más [Pablo dio la bienvenida al mundo en Twitter a su hijo, Nicolás].

XL. Simplemente, díganos si se ha emocionado mucho al cogerlo en brazos.

P.H.C. Estoy muy contento, es muy bonito y cualquier palabra que dijera sería torpe.

XL. ¿Le va a ser difícil compaginar la paternidad con la vida viajera que lleva?

P.H.C. No, si tienes a la gente adecuada que te ayude. Yo siempre he tenido familia y personas importantes para mí alrededor mi hermana, mis padres, mis amigos… . Pero no me lleves por ahí.

XL. No trato de ser indiscreta, pero cuéntenos algo que ha vivido en primera persona: ¿qué hay de cierto en esa incompatibilidad declarada en ‘Ocho apellidos vascos’ entre la chica de genio fuerte del norte y el andaluz?

P.H.C. Cada región de España tiene su cultura, y eso es lo bonito de este país. Vi la película y me pareció muy divertida, pero no me sentí identificado porque el protagonista es de Sevilla y yo soy de Granada. Solo en Andalucía también hay muchas maneras de ser diferentes.

XL. Fuera de España es un artista muy valorado y reconocido, ¿nadie es profeta en su tierra?

P.H.C. No tengo esa sensación. Yo sí me considero profeta en mi tierra: absolutamente. Un director de orquesta, evidentemente, no es un delantero de fútbol, no estamos en la misma dimensión.

XL. Pero, en Alemania, los grandes músicos son semidioses.

P.H.C. En Berlín, sí. Allí, cuando un taxista te lleva a la ópera, te dice que es un privilegio llevarte y que se lo va a contar a su mujer al llegar a casa. Esa es la diferencia. En España faltan décadas de llevar la música a esa parte de la sociedad. Pero, a título personal, ni en Granada ni en Madrid ni en ninguna parte de España tengo queja: todo lo contrario.

XL. Sin embargo, al estar casado con una mujer tan conocida puede que en España mucha gente lo reconozca como ‘el marido de’, ¿le molesta?

P.H.C. Mmmmm… ¿Tú estás casada?

XL. Sí.

P.H.C. Pues tú también eres ‘la mujer de’, como yo soy ‘el marido de’. ¿A ti te molesta?

XL. Si mi carrera profesional fuera tan importante como la suya, me gustaría que me reconociesen por ella.

P.H.C. Yo me siento valorado, ya lo he dicho; y también soy ‘el marido de’ con todo el orgullo, evidentemente. Igual que mi mujer está orgullosa de mí, lo estoy yo de ella.

XL. Terminemos con buen sabor de boca. Cuenta que hay algo que jamás perdona después de un concierto, esté donde esté: una buena cerveza fría.

P.H.C. ¡Eso está en contrato! Si se puede llamar ‘manía de divo’, esta es la única que tengo.


EN PRIVADO 

Nació en 1977 en Granada. Su padre, un policía nacional, estuvo muchos años destinado en Barcelona. Su abuelo era zapatero en el Albaicín.

Su madre le cantaba canciones, a las que él respondía cuando lo llevaba en el carrito. Según cuenta ella, «con dos años ya hablaba perfectamente e incluso cantaba».

Con ocho años le regalaron el Réquiem de Mozart, dirigido por Herbert von Karajan, en casete. Fue la primera grabación importante que escuchó. Un año después, a iniciativa de una profesora, sus padres le compraron un piano a plazos.

Dejó la universidad estudiaba Historia del Arte porque se dio cuenta de que las clases no le interesaban y «que podía hacer más cosas fuera». Habla seis idiomas.

De buen comer, le encantan las sobremesas. Es un incondicional de la paella, del cocido y de las judías con chorizo de su madre.

Virginia Drake