Para los turistas, Maldivas es un paraíso. Para Mohamed Nasheed, su expresidente, un infierno al que no puede volver. La esposa de George Clooney se juega la vida por defenderlo. Advertimos. tras leer este reportaje, es probable que el atractivo de estas islas del Índico ya no resulte tan tentador. Por Julia Llewellyn Smith

Hace sol en Londres, y el antiguo presidente de Maldivas, Mohamed Nasheed, está sentado en la terraza de un hotel. «En nuestra familia tenemos una tradición, la de ser torturados».

«A mi abuelo lo torturaron -prosigue- , a mi padre lo torturaron, a mi tío lo encadenaron a un generador eléctrico; pero a mí me han torturado dos veces, ¡una más que a ellos! -suelta una risita, como si estuviera comentando un episodio de Los Simpson-. No hay que tomárselo a broma. Siguen amenazando a mi familia».

A ver, un momento, ¿estamos hablando de Maldivas? Es decir. lunas de miel, submarinismo, hoteles de superlujo con discotecas submarinas, playas azul turquesa; un paraíso de 1100 islas minúsculas que recibe cada año a 1.300.000 turistas -tres veces la población del país- en pleno océano Índico. Es decir, la imagen que guardamos de este paradisiaco archipiélago, la nación más rica en el sur de Asia, que escapó de la pobreza atrayendo a turistas en masa, no encaja con términos como ‘torturas’ o ‘persecución política’.

La mayoría de los turistas que visitan el país no están al corriente de su historia. Los principales hoteles se hallan en islas deshabitadas y con personal bangladesí, de forma que los visitantes permanecen ajenos a la vida local, como no sea en una visita programada a un espectáculo de percusión tradicional. Nasheed suprimió la ley que prohibía que los turistas visitaran las islas habitadas, pero es raro que estos se mezclen con los maldivos. «Mi consejo es que se visite mi país, pero que te informes antes sobre él», sugiere. Y si alguien puede informarnos es él.

Educado en un colegio privado británico y licenciado por la Universidad en Liverpool, en 2008 fue elegido presidente de Maldivas en las primeras elecciones libres de su historia. Para llegar hasta tan lejos, Nasheed luchó a lo largo de dos decenios, fue encarcelado 16 veces, se perdió el nacimiento de sus dos hijas y acabó designado como preso de conciencia por Amnistía Internacional. Con su victoria en las urnas, puso fin al régimen de Maumoon Abdul Gayoom, que rigió a lo largo de tres décadas los destinos de este antiguo protectorado británico. Tres años después, sin embargo, fue depuesto a punta de pistola en un golpe que llevó al poder al hermanastro de Gayoom.

Acusado de terrorismo, en 2015 fue sentenciado a 13 años -según la ONU, la condena tiene motivaciones políticas y quebranta el derecho internacional- , pero hace unos meses se las arregló para escapar a Londres, donde obtuvo asilo político y se reencontró con su esposa, Laila, y sus dos hijas, Meera, de 18 años, y Zaya, de 14, que ya llevaban un tiempo allí.

El abrazo de Amal Clooney

Nada más llegar al aeropuerto de Heathrow, Nasheed se abrazó calurosamente a una mujer. Su abogada. Su presencia atrajo más atención que la del propio expresidente. Se trataba de Amal Alamuddin Clooney, la letrada de derechos humanos más glamurosa del mundo, y esposa de George Clooney, la superestrella de Hollywood. Amal representa a Nasheed sin cobrar. «Conozco a la madre de Amal desde hace tiempo; es una de las mejores periodistas libanesas -la alaba- . Después del golpe pedimos ayuda a todo el mundo y estoy convencido de que su madre le dijo. ‘Amal, ¿a qué esperas? Tienes que llevar ese caso’. Es muy inteligente y trabajadora. Me pregunto cómo se las arregla para trabajar tanto». ¿Conoce a George? «Sí, es un hombre muy despierto, que sigue la política internacional».

En compañía de sus colegas del bufete Doughty Street Chambers, la señora Clooney, amenazada de muerte por representar a su cliente -un compañero maldivo ya recibió una cuchillada en la cabeza-, clama por sanciones contra los dirigentes del régimen propietarios de hoteles, algunos de ellos responsables de violaciones «sangrantes» de los derechos humanos. «Es la única forma de conseguir que accedan a sentarse y conversar en serio», dice Nasheed.

Los problemas no terminan ahí. Maldivas es el país más llano del mundo -el promontorio más alto está 2,4 metros sobre el nivel del mar- y, si las estimaciones están en lo cierto, muchas de sus islas habrán sido engullidas por el océano a finales de siglo. «Vamos a morir todos. Ya es demasiado tarde -anuncia con su habitual jovialidad antes de añadir entre risas un consejo para turistas- . «¡Aprovechen mientras quedan existencias! Este debería ser nuestro lema».

El auge del radicalismo islámico es otra circunstancia inquietante. Casi 300 familias han abandonado el país para sumarse al Estado Islámico. «El flujo es constante, con un promedio de una familia a la semana», indica. Hasta la fecha ha existido un acuerdo tácito entre el Gobierno y los extremistas. no poner en peligro la gallina de los huevos de oro del turismo. Pero Nasheed no descarta que se produzcan atentados en las playas, siguiendo el patrón tunecino.

«La semana pasada agrega , los fundamentalistas me amenazaron de muerte en un vídeo. La libertad tiene su precio, pero la democracia exige denunciar según qué situaciones, dar la cara y vencer los miedos. A mí me ha pasado de todo. Pero la vida sigue».

Condenado a una isla desierta

Nasheed, de 49 años, creció en el seno de una familia de clase media, de la cual heredó el gen rebelde. «A mi abuelo lo dejaron 40 días en una isla desierta, aprisionado por un cepo. La mujer que vivía en la isla vecina iba a darle de comer una vez por semana. Al final se casó con ella», ilustra.

Durante sus años universitarios, en Liverpool, fue activista de Amnistía Internacional en tiempos de turbulencias en Chile, Sudáfrica o Nicaragua. Ya licenciado, regresó a Maldivas para incorporarse al servicio civil obligatorio y fundó una revista que denunciaba los abusos del régimen. «Nos decíamos que con suerte la leerían 100 personas, pero se convirtió en la publicación más vendida, con una tirada de 7000 ejemplares. Lo nunca visto. Todos nos decían que estábamos locos».

Pasado un año, todos los implicados habían sido detenidos. Nasheed estaba en casa con su futura esposa cuando la Policía se presentó en mitad de la noche. Pasó 18 meses en una celda de metro y medio por un metro y lo torturaron; estuvo 12 días encadenado a una silla, privado de sueño y de agua. «Casi me muero. Dos veces -aunque no se esfuerza por dar detalles- . Pero no me quejo. No dije nada. Una estupidez, por cierto, no le aconsejo hacer lo mismo en una situación así».

Siguieron otros tres años de cárcel que describe con su habitual sarcasmo. «Una gente estupenda. ladrones, asesinos, de todo». Se marchó al Reino Unido primero y a Sri Lanka después, donde trabajó como periodista. «Gayoom me ‘conminó’ a volver, pues mis artículos le ponían de los nervios -explica- . Amenazó a mi familia y me dije que no era justo que otros sufrieran por mi culpa».

De vuelta en Maldivas, se casó y empezó a entrar y salir de la cárcel «tantas veces que resultaba grotesco». Se perdió los nacimientos de sus hijas y llegó a la conclusión de que «era más seguro» formar parte del sistema. En 1999 fue elegido diputado, posición que ejerció en solitario ya que Gayoom había prohibido los partidos alegando que la población «no estaba preparada para la democracia». No duró mucho en el cargo. Lo desterraron a la misma isla que a su abuelo.

Nasheed escuchaba la BBC, cultivaba la tierra y pescaba, hasta que volvió a la capital, Malé, en 2003. La ciudad estaba al borde de una revolución, después de que la madre de un adolescente torturado dejase su cadáver en una plaza pública. Nasheed huyó a Sri Lanka, donde fundó el Partido Democrático de las Maldivas y asumió como «jefe del Gobierno en el exilio». Ya no era un simple rebelde solitario.

El espanto de las Élites

Solicitó asilo en Gran Bretaña y pasó a dirigir la oposición. Bajo las presiones de la comunidad internacional, Gayoom tiró finalmente la toalla y anunció elecciones libres. Nasheed renunció a su condición de refugiado y volvió a casa, donde fue elegido presidente. Abrió la primera universidad del país, introdujo un sistema de pensiones y otro de sanidad pública, así como diversos impuestos para financiar estos servicios para espanto de las élites del país.

«Es imposible hacer este tipo de cosas recurriendo al FMI y el Banco Mundial -comenta- . Cuando finalmente terminas de rellenar todos los impresos, ya no estás en el cargo. Es el mismo problema con que se ha encontrado Aung San Suu Kyi en Birmania».

Nasheed vendió el yate presidencial, el retrete de oro macizo del palacio, instaló paneles solares en el edificio y se comprometió a conseguir que Maldivas fuera el primer país del mundo no dependiente de combustibles fósiles. Su encanto personal fascinaba a los líderes mundiales, pero en su país se sucedían los problemas.

Pasados tres años, perdió unas nuevas elecciones. Celebró unas terceras y formó un gobierno en minoría, pero sus nuevas reformas fueron bloqueadas por el Poder Judicial, designado por Gayoom. Los militares amenazaron con matarlo a él y a su familia si no dimitía. «Fue aterrador, peor que la amenaza de torturas indica . Me tuvieron prisionero en un cuartel del que la Policía entraba y salía constantemente. Iban armados hasta los dientes y me dijeron que no vacilarían en dispararme».

Muchos países -Estados Unidos, la India, China…- reconocieron al nuevo Gobierno. «Hicieron la vista gorda después de verme en la tele renunciando a la presidencia. Pero lo hice porque estaba obligado, para salvar la vida».

Lo sacaron de palacio en secreto, pero no tardó en sumarse a las protestas. Los policías disolvieron a los manifestantes, arrinconaron a Nasheed en el interior de una tienda y le dieron una somanta de palos. «La escena fue propia de una película de James Bond. Conseguí escapar corriendo y me escondí en una casa segura».

A todo ello, siguieron cinco elecciones. «Todas las que les fueron necesarias para ganar», explica sin perder la sonrisa, hasta que, finalmente, decidió retirarse. «Me di cuenta de que, si queremos cambiar este país, tendremos que conseguir una mayoría descomunal. Sin el 70 por ciento de los votos o más, es mejor dejar que sigan gobernando».

A pesar de sus ocasionales intentos de cooperar con el Gobierno -que fue asesorado por un tiempo por la firma Omnia Strategy, dirigida por Cherie Blair, esposa del ex primer ministro británico-, todos los líderes opositores fueron encarcelados en cuestión de meses, comenzando por el propio Nasheed.

Poco después de ser condenado, en 2015, a 13 años de cárcel por terrorismo, un médico estableció que Nasheed necesitaba ir a Londres para ser operado de una lesión en la columna derivada de la tortura. Tras un largo tira y afloja, las autoridades le permitieron ausentarse durante 30 días, pero una vez en Inglaterra solicitó asilo político. Un día después de su llegada, Nasheed, Laila y Amal Clooney se encontraron en el número 10 de Downing Street con David Cameron, que le concedió el asilo antes de suicidarse políticamente con el referéndum del brexit.

La compensación de sus hijas

Laila ha declarado que en el pasado sus hijas estaban descontentas por el hecho de que Nasheed antepusiera las Maldivas a ellas. «Cuando eres una figura pública, muchas veces tienes que tomar decisiones difíciles -dice al respecto, y su expresión de pronto es mucho más triste que al hablar de la tortura -. He pasado en la cárcel la mitad de mi vida adulta. No tuve ocasión de brindarles el tiempo que se merecían».

Las cosas han cambiado, y sus hijas hoy también son activistas. El año pasado, Meera compareció ante el consejo de derechos humanos de Naciones Unidas para hablar sobre el encarcelamiento de su padre, a quien describió como uno de sus mejores amigos.

En Londres, Nasheed está reuniendo material para su cuarto libro sobre la historia de las Maldivas, a partir de los documentos conservados en los archivos británicos. Espera volver a casa un día. «Pero no sé si para convertirme en presidente. Ya lo he sido antes», bromea. Sin duda, el atractivo de una habitación con vistas al mar y un bufé libre de marisco en una playa de Maldivas ya no resulta tan tentador.

Un dúo combativo

RETRANSMITTED CORRECTING CAPTION FROM UNIDENTIFIED WOMAN TO AMAL CLOONEY Former President of the Maldives Mohamed Nasheed (right) leaves a press conference with Amal Clooney, where he and his lawyers assessed the political situation in the Maldives and highlighted the human rights abuses still ongoing in a country most people associate with tropical paradise.

Amal Clooney y el bufete internacional de abogados al que pertenece defienden a Nasheed de los cargos que aún pesan contra él. El político pudo escapar de su país a principios de este año y vive ahora en Londres.

Un país amenazado por el océano

fotograma 249/cordon press

Nasheed en 2011, cuando era presidente de Maldivas, un país no sólo amenazado por la falta de libertades (abajo) y el avance del islamismo radical. También corre el riesgo de desaparecer a finales de siglo por la subida del nivel del mar. «Vamos a morir todos. Ya es demasiado tarde», sentencia el político.