ADELE CANTANTE GANADORA DE DOS PREMIOS BRIT AWARDS EN 2012

Estas dos mujeres gobiernan el pop actual con puño de hierro. Y no podrían ser más diferentes. Swift domina las redes sociales y cuida su imagen al detalle. A Adele, armada de una voz prodigiosa, le importa un bledo el qué dirán. Juntas, en todo caso, son la última esperanza de la industria. Por Carlos Manuel Sánchez

Espejito, espejito, ¿Quién es la reina del pop?: ¿Adele o Taylor Swift? ¿La chica de barrio o la niña de papá?

¿La mujer de carne y hueso que ha sufrido por el alcohol, los novios y los kilos; o la Barbie que vive en un selfie perpetuo, cuyas monerías y pucheros son globales en Instagram? Si se atiende a la caja registradora, Adele arrasa. En un negocio donde el triunfo se medía por las ventas en la primera semana, mandan los 3,3 millones de copias de 25, lo nuevo de la británica, que triplicó el récord de 1989, lo último de Swift. Pero si se considera el impacto viral, los 78 millones de seguidores de la estadounidense en Twitter (por 26 millones de Adele) forman una caja de resonancia insuperable. En apariencia, Swift y Adele son muy diferentes. Pero las apariencias engañan. Empezando por la edad. Swift va camino de los 27 años, que cumple en diciembre, y Adele estrenó los 28 en mayo. No hay salto generacional entre ellas, aunque sí en su mentalidad, en sus vivencias y en su público. El de Swift es en su mayoría adolescente; Adele ha conseguido que madres e hijas vayan juntas a sus conciertos.

La voz o la imagen. La gurú del pop Lisa Durden explora las diferencias: «En Swift, todo está diseñado al detalle: cuerpo, pelo, ropa, canciones… Pero la voz de Adele puede competir con las más grandes, como Aretha Franklin o Whitney Houston. El único lugar donde Taylor podría conseguir una excelencia vocal similar es en sus sueños». Ese chorro de voz, que abarca cinco escalas en la tesitura de contralto, es la credencial de Adele, que sobre el escenario admite moverse «como un pato», se olvida a veces de la letra y no teme reírse de sí misma, como cuando contó que fue a los Grammy con varias fajas superpuestas o al realizar esta confesión sobre la noche antes de un concierto en Barcelona: «Me bebí ocho vasos de sangría y me llevé una botella de vino al hotel. Cuando me desperté, creí que las sábanas estaban rojas de sangre. Luego me fijé bien y era una vomitona».

Adele, admite moverse «como un pato» sobre el escenario, se olvida de la letra y no teme reírse de sí misma.

Taylor Swift nació en Pensilvania. Su padre pertenece a una saga de directores de banco, y la madre fue ejecutiva antes de convertirse en ama de casa. Swift fue a un colegio de monjas que sigue el método Montessori, basado en la motivación. Clases de canto, danza y guitarra. Resultado: colección de sobresalientes en el instituto. Un buen día ganó un concurso local, se le metió en la cabeza ser cantante country y la familia se mudó a Nashville para que la niña cumpliese su sueño. Total que a los 17 años ya era una estrella.

“Nunca me metí en líos, ni probé un cigarrillo ni una gota de alcohol. Ni siquiera me teñí el pelo. Además, hubiera tenido problemas si miento a mis padres” confesó Swift, a quien le molesta el sambenito de calculadora, a la revista Rolling Stone. Que me acusen de pensar las cosas antes de decirlas y me preocupe por mi trabajo me resulta ofensivo». Adele, por su parte, se crio en los suburbios de Londres. Su madre, Penny Adkins, la tuvo con 18 años y el padre las abandonó cuando Adele tenía 2, así que no es extraño que lleve al apellido de su madre, que se pluriempleó para sacarla adelante. Adele descubrió en su adolescencia a las grandes voces afroamericanas como Ella Fitzgerald y Roberta Flack. Y pulió su talento en la escuela BRIT de artes escénicas.

Las diferencias se agudizan en el manejo de las redes sociales. Para Swift son una extensión de su carrera: lanza perfumes y líneas de ropa, sube fotos y escribe comentarios. Acostumbrada a que se mire con lupa si lleva un sujetador con efecto push-up para redondear su figura, no siempre se movió como pez en el agua en el mundo virtual. «Pasé más de un año fuera de Internet. Hasta olvidé mi contraseña de Instagram. Me molestaban las historias que se contaban de mí. Ahora hago un seguimiento de todo lo que se dice”. Tampoco es inmune a los riesgos, como amenazas anónimas o supremacistas blancos que la ensalzan como «la mujer perfecta”.

Tuitera borracha y niña modelo. Sus fotos, por cierto, son más recatadas que las de otros iconos juveniles, como Miley Cyrus o Lindsay Lohan. La periodista musical Cate Meighan explica: “Swift es el equivalente a la chica americana prototípica: quieres ser como ella y si eres padre la verás como un modelo al que seguir para tus hijas”. Adele, sin embargo, ha dejado las redes sociales en manos de su agente. “A veces, tuiteaba borracha y metía la pata». Y en un concierto en Verona le recriminó a una espectadora: “¡Oye, que soy real! ¿Quieres dejar de grabarme con el móvil? Disfruta de la vida real». Adele se retiró una temporada para recuperar la voz, muy castigada porque canta siempre al límite de sus cuerdas vocales. «Estuve nueve días sentada en silencio, con una pizarrita colgada del cuello, como un niño en el rincón de los castigados». Pasó por el quirófano para que le extirparan un pólipo y aprovechó la convalecencia para tener un hijo. Esa autenticidad es una baza para conectar con el público. «Tiene la habilidad de crear un vínculo emocional con gente de 20 a 40 años, y eso es algo muy difícil comenta el locutor de radio Ralphie Aversa. Y la compara con Swift: ambas componen sus propias canciones y comparten un tema universal al que recurren una y otra vez, el desamor y las secuelas de una ruptura”.

Adele y Swift son aliadas en la guerra contra el streaming y, en particular, contra Spotify, por escatimar el pago de royalties.

Se han convertido en la punta de lanza de la industria para reconquistar el terreno perdido. Pero sus ventas millonarias, bajo el modelo de promocionar un álbum y venderlo en formato físico, son un anacronismo para la mayoría de los críticos. John Seabrook analiza en The New Yorker: «Vender CD puede ser rentable, pero las ventas siguen disminuyendo. En 2015 se escucharon 317.000 millones de canciones en streaming. Si se añaden los visionados en YouTube y otras plataformas, la cifra se dispara a billones. El cantante, al menos, gana dinero en las giras, pero el compositor solo tendrá a sus amigos y gente de buen corazón para apoyarlo, porque no podrá vivir de los derechos de autor».


DOS FORMAS DE SER DIVA

Mi vida privada es mía.

Adele, que tiene un hijo de tres años con su pareja el empresario Simon Konecki, nunca ha revelado el nombre de la persona que le rompió el corazón y que sigue inspirando sus canciones. “¿A quién le importa? No es nadie famoso, solo un ex. No salgo con celebrities. No soy la jodida Taylor Swift, no sé si me explico”, le soltó al diario británico The Guardian.

La intimidad compartida

Taylor Swift airea sus relaciones – “aunque sólo he tenido novios formales”, sus periodos de castidad auto impuesta y presume de pandilla de alto perfil. “No tuve amigas en el instituto y por eso hoy mis amigas son tan importantes”. Cuando se pelean, sus rabietas con Katy Perry, Kanye West o Avril Lavigne son trnding topic.


DIFERENCIAS DE PESO

Adele tiene sus adicciones bajo control: la bebida, el azúcar y el tabaco, que ha dejado pensando en su hijo. “Incluso si tuviera una buena figura, no enseñaría las tetas y el culo por nadie», dijo antes de seguir una dieta vegetariana y perder 30 kilos por cuestiones de salud, «no para salir en las portadas”. Swift, anterior-mente niña prodigio del country, pesa 52 kilos, va al gimnasio, corre, practica yoga y cuida al máximo sus apariciones.