¿Qué nos quieren decir? Nuestro perro no siempre siente lo que creemos. Aquí van seis claves para entenderlos mejor

¿Distinguen el bien y el mal?

La mirada culpable. Bajan la vista, pliegan las orejas y se agachan, pero «en realidad no saben que han hecho algo malo. Lo que hacen es percatarse del enfado de su dueño; es una postura de sumisión ante la inminente reprimenda, pero no se sienten culpables».

¿Quieren quitarnos la cama?

“Okupas”. No es por comodidad. Prefieren nuestras camas porque huelen a nosotros. Regañarlos para que no tomen posesión de ellas es una táctica dudosa. «Se suele enseñar al perro castigándolo cuando lo hace mal, pero es más eficaz recompensarlo si lo hace bien.»

¿Saben engañar?

El gesto mimoso. Tienen una gran habilidad para disimular. El engaño está permitido porque es útil. Aúlla cuando su compañero de juego lo muerde y así gana un segundo para contraatacar. O se acerca, melindroso, y aprovecha nuestra confianza para robarnos la tostada.

¿Les gusta besar?

El falso beso. A los perros les sabe muy bien nuestra boca. Los besos y lametones que nos prodigan no son una muestra de cariño, sino una forma atávica de reclamar comida: así saludan los lobeznos a sus padres al volver de cacería por si regurgitan lo ingerido.

¿Pueden reír?

El jadeo. Sí, se ríen. Su risa es una respiración que suena como un jadear excitado. Una de las formas más eficaces de incitar al perro a que juegue es imitarle ese jadeo. Ellos invitan a jugar inclinándose sobre las patas delanteras, con la boca abierta y la cola levantada.

¿Sueñan?

Aullidos nocturnos. Sueñan y lo hacen muy vívidamente, a juzgar por los movimientos de los ojos, de la cola y los aullidos que profieren. Además de un tiempo de recuperación corporal, los sueños sirven como práctica de futuras acciones sociales y proezas físicas.