Quizá vaya siendo ya hora de establecer, mediante una pedagogía suficiente, una noción básica para servidores públicos. de los puestos y cargos sostenidos por el contribuyente no hay más que un legítimo y exclusivo propietario. la ciudadanía. Esa retórica perversa, pero tan asentada entre nosotros, por la que alguien puede considerarse titular ‘en propiedad’ de una posición de servicio público, se extiende a los cargos políticos que, como nos dice un lector, llegan a creer que son dueños del sillón que coyunturalmente ocupan, como un privilegio personal utilizable incluso en contra de sus representados. Esta idea tóxica está detrás de buena parte de los desmanes acaecidos en los últimos tiempos, y que ahora van a parar en masa ante juzgados y tribunales. Convendría irla dejando en la cuneta.


LA CARTA DE LA SEMANA

Por qué la he premiado…
Por contar una de esas veces en que las generaciones dialogan y se sorprenden recíprocamente (en vez de darse al recelo mutuo).

El hombre de las escaleras.

Un soleado día de septiembre, descansaba yo de mi estudio matutino en las escaleras cercanas a la biblioteca. Un señor mayor llamó mi atención al pasarlas canutas subiendo los ocho escalones que tenía por delante. Le ofrecí mi ayuda, pero la rechazó. «A mis 79 años me encuentro perfectamente, pero las piernas me empiezan a fallar y no quiero acostumbrarlas a depender de alguien». Una vez logrado el reto, me agradeció, sorprendido, que le hubiese ofrecido mi ayuda. «No es muy común. Ver jóvenes educados, digo; lo de mis piernas ya es costumbre». Tras un breve diálogo sobre la juventud y el paso del tiempo, hizo que me preguntase por qué tenemos tan mala imagen los jóvenes hoy. Por qué es más fácil generalizar lo malo, con la cantidad de jóvenes apañados que hay… A pesar de ese pequeño mal sabor de boca, me quedé con que una vez más me hicieron ver la grandeza de los pequeños momentos y, aunque este buen hombre solo sea uno más en la lista de los que nos dicen que el tiempo pasa rápido, su despedida sonó diferente, fue un chute de felicidad plena ante la vida. «Disfruta al máximo, chica, nunca sabes cuándo te van a fallar las piernas». Marta Pino Ondoño (Málaga)


A continuación el resto de las cartas de la semana.

Un día de playa 2.0

Madrugo, hace calor. Nevera llena, solo falta el hielo. El pollo empanado con pimientos ya en la fiambrera y la tortilla de patatas terminando de cuajar. Sombrillas, toallas, prensa… Está todo. nos vamos a la playa. Llegamos pronto, hay sitio en primera línea, milagro. La pequeña cala empieza a llenarse, observo atento. Una joven pareja ocupa la zona de las rocas, despliegan el palo-selfie, comienza el photocall. Poses insinuantes, besitos, carantoñas; todo, inmortalizado. Ridículo. Suena un móvil, un señor moreno y repeinado lo coge, parece preocupado. Conecta el manos libres y, enfadado, saca un ordenador portátil de la mochila. Toca trabajar. Un grupo de adolescentes se zambulle en el agua. De sus cuellos cuelgan unos collares-funda sumergibles para el móvil, mientras que un arnés para la cámara acuática cubre el torso de uno de ellos. Parece que se divierten grabándolo todo, respiro hondo y resoplo. Mi mujer me mira. «Toma, anda, no sufras», cerveza fresquita y bocata de tortilla, gloria bendita. La niña me reclama, toca hacer un castillo de arena. Nos queda precioso y, antes de que el mar se lo trague, un señor graba el derrumbe con una tableta enorme. Mi hija y yo nos miramos y sonreímos. Será que somos nosotros los ‘bichos raros’? Bienvenidos a la playa 2.0. Benito Abadía. Correo electrónico


Los sueños de un niño

Guille es el hijo de unos buenos amigos. A sus tres o cuatro años se veía todos los documentales habidos y por haber sobre el cosmos y el espacio (a lo mejor es lo mismo). Acto seguido nos martirizaba cariñosamente con serias disertaciones sobre los planetas, nebulosas y demás parafernalia. «Que sí, Guille, anda, déjalo ya…». Pero él seguía impertérrito. Hoy, unos veinte años más tarde, Guille viaja con su flamante título de ingeniero aeronáutico rumbo a Kiruna, en el norte de Suecia (muy al norte; más todavía), donde hará un máster de propulsión de satélites. No menospreciemos los sueños de un niño, porque algún día esos sueños se pueden hacer realidad. Con mis mejores deseos… Buen viaje. Manuel Candal Casado (La Coruña)


Responsabilidad social

En un país donde los titulares culpan a un trabajador por cumplir su jornada laboral, y evitar cualquier riesgo ante un posible accidente con cien personas a su cargo, me da que pensar. En un ‘país de camareros’, donde las horas extras no se pagan y el sector de la hostelería es el peor parado, qué culpa tiene parte de la sociedad? Una sociedad en la que es fácil conocer y padecer esas situaciones laborales donde la legalidad no se cumple y en las que a veces solo tenemos la opción de tragar, pero no siempre. Tu momento de ocio, tu «última y me recojo», tu «cerrando bares» es algo seguramente merecido, pero que no te exime de tu responsabilidad social. No puedo bajar en un tren en marcha, no puedo hacer que el jefe cumpla la ley y pague las horas extras (asusta ver el informe de UGT Análisis de las horas de trabajo y jornada laboral en España en el periodo 2008-2014), pero sí puedo levantarme de una terraza para que sus trabajadores puedan cerrar el bar e irse a una hora digna y acordada en su contrato. Levantarnos, pagar la cuenta y hacer bajar ese porcentaje de asalariados (el 56 por ciento, concretamente) que dice haber realizado horas extras sin cobrarlas está en nuestras manos. Teresa López González (Murcia)


Pasado estigmatizante

Muy interesante el reportaje sobre Natascha Kampusch, la niña que estuvo secuestrada por un depredador de libertades y encerrada en lo que se tildó como ‘la casa del horror’ hasta que se escapó de ella. Me parece muy normalizador, sobre todo para la ahora ya joven libre, que no desee ser vista como víctima, sino que se la contemple también como persona fuerte a la que no hay que estar recordándole continuamente su pasado. Normalizar vidas consiste en entenderlas como trámites episódicos que las personas, quizá con mucha ayuda especializada, han podido aparcar y no estar constantemente expuestas al comentario recurrente de quien se topa con ellas. Guillermo Pascual Barlés (Zaragoza)


El síndrome de posesión

«Es mi escaño». La frase lleva rebotándome en la cabeza desde hace días, no por lo enrevesado de su formación, sino por lo que oculta. un síndrome de posesión, no ya del escaño en sí, sino del país. Muchos políticos de la vieja hornada han creído, aún lo creen, que el país les pertenece. Que los españoles se lo hemos regalado para que hagan con él lo que les venga en gana, normalmente esquilmarlo. Nunca me han gustado los mentirosos, pero mucho menos los que juran y perjuran que no lo son. Los que se comportan como verdaderos autócratas cuando tienen la sartén por el mango, pero cuando ven peligrar sus fueros y su posición de poder intentan ocultar lo hecho tras una capa de barniz opaco. Obsceno. A otros ni siquiera les hace falta esconderse, siguen en sus trece aunque se hunda el barco y, cuando la popa se sumerge en el agua, nunca antes, dan el salto al grupo mixto, borrando de un plumazo sus supuestas culpas y desbarres. Dando la oportunidad a sus viejos socios de decir que todo está arreglado. «Ya no milita en nuestras filas, ya nada de lo que hizo o haga tiene que ver con nuestro partido». Para después llamar a su puerta y pedirle el voto. Regeneración lo llaman. Eduardo Fernández López. Villalpando (Zamora)