Este tomate sabe a tomate». Esta frase, que escuchamos (y pronunciamos) en ocasiones, resultaría absurda si no fuera porque responde a una triste realidad: cada vez menos tomates saben a tomate. La causa principal es bien sencilla, nos empeñamos en comerlos durante todo el año cuando el tomate, como cualquier hortaliza, tiene su temporada bien delimitada, entre junio y octubre. La obsesión por la estética de la sociedad actual también influye. Preferimos comprar tomates ‘bonitos’, sin defectos aparentes, pero resulta que los auténticos de huerta tienden a ser feos de aspecto y, además, se conservan peor. Entre las muchas variedades que encontramos en esta época veraniega en España hay dos que sobresalen: el rosa de Barbastro y el ‘huevo de toro’ del valle del Guadalhorce, en Málaga. Estos últimos, llamados así por su forma y su gran tamaño, se están recuperando gracias al esfuerzo de algunos agricultores jóvenes y de restaurantes que los apoyan, como El Lago, de Marbella, que los ofrece durante todo el verano a sus clientes. Tomates aromáticos, de piel muy fina, con vida muy breve, pero con un extraordinario sabor. Para tomar simplemente cortados y con una pizca de sal. En Madrid no se pierdan los de Angelita, cuyos propietarios, la familia Villalón, cultivan personalmente con mimo en su huerta familiar de Zamora. Ya saben, tomates que saben a tomate.